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EL ENEMIGO



 Para vencer a tu enemigo

mírate dentro, 

ahí vive el más implacable. 

No luches contra él,

 arrópale con amor,

porque de nada te sirve ganar una guerra

 si no estás en paz contigo mismo... 

Resurgirá indefinidamente.

Tus demonios nacen y mueren en ti.


VOCES SOLIDARIAS



Dejé atrás mi tierra, 

la bandada.

¿Dónde vas? Burlándose, me decían.

Cansado de la monotonía,

de sólo vivir para comer. Respondí.

Emprendí mi primer vuelo en soledad, 

elevándome donde nunca antes pude llegar.

El inmenso océano por hogar.

Cansado, 

con sueño,

planeando,

me dejé llevar.

Estoy aprendiendo a vivir

sin ninguna tierra tocar.

Soy hijo del viento,

nadie me puede domar.


Una voz acabó con mi aislamiento.

-¿Dónde vas, casi sin aliento?

-Practicando técnicas de vuelo.

-¿Te puedo acompañar si no molesto?

-¿Por qué no? Vayamos.

-¿Y por qué sola vas?

-No estoy sola,

voy al otro lado del mar.

Allí está mi bandada, 

gaviotas solidarias.

Somos pocas mas vivimos en libertad.

-¿Me aceptáis?

-Conmigo ya estás.

¡Vamos, más allá!


LA BÚSQUEDA DE KAMALINI



  Caminaba Kamalini por las intrincadas callejuelas de la gran urbe, a la que entraba por primera vez. Le hablaron de un yogui que había trascendido su alma del mundo de maya, quería ver y escuchar de primera mano el mensaje de un buda viviente. Al contrario de lo que pensaba, y a pesar de su insistencia, nadie sabía darle indicaciones de dónde se encontraba tan singular personaje, como mucho le referían sobre diferentes templos con imágenes budistas, pero nada sobre un Buda viviente. Hasta llegó a pensar si todo habría sido el fruto de un sueño.

  Pasaron varios días de búsqueda infructuosa. Había recorrido la urbe palmo a palmo y nada, ni rastro del ser que buscaba.
  Una noche, dormida Kamalini sobre el banco de un parque, se le acercó un mendigo. 
―Por favor –le dijo con voz pausaba y cansada–, ¿puedo pasar la noche aquí? Señalando con su mano, arrugada por el paso obligado de los años, el banco en el que reposaba Kamalini.  
 Ella, un tanto sorprendida, miró a su alrededor y vio que otros bancos estaban vacíos, algunos incluso tenían pedazos de cartones abandonados por algún vagabundo. Se sentó y le cedió parte del banco, dejando aún calientes los cartones sobre los que había dormido. El mendigo se tumbó dándole las gracias. Dejó una bolsa desvencijada y vacía a sus pies, quedándose profundamente dormido.

  Kamalini no consiguió cerrar sus ojos, pasó la noche observando al mendigo. Su cuerpo estaba enjuto, marcado posiblemente por una vida dura; su pelo, canoso y escaso, le llegaba a los hombros, y junto a una exigua barba le daban un porte algo singular. 
Debía de tener al menos setenta años, por las arrugas de su semblante     –se decía Kamalini.
  ¿Qué hace que una persona pase, quizás sus últimos días, abandonado en un lugar como este parque? ¿Habría encontrado el sentido de su vida o, ésta sería un auténtico fracaso? ¿Acabaré del mismo modo mis días? Y así, con estas y otras preguntas semejantes de Kamalini, el alba de un nuevo día llegó.

  El mendigo abrió sus ojos. Mirando a Kamalini, metió sus manos en la pequeña bolsa que portaba y sacó un pedazo de pan, partió dos pedazos iguales. 
 ―Toma –le dijo el mendigo–, comparto contigo aquello que he encontrado en mi bolsa. 
 Ella un tanto sorprendida, pues vio claramente que en la bolsa antes no había nada, aceptó con agrado el pan. En silencio, ambos, sin ninguna prisa, acabaron su ligero desayuno…, quizá fuera lo único que saborearían a lo largo del día.

  El mendigo preguntó a Kamalini el porqué de su estancia en la ciudad, pues por sus facciones sabía que no era del lugar. Ella le contó sus motivaciones, él escuchaba atentamente sin pestañear. Kamalini se dio cuenta que la expresión del rostro del mendigo no correspondía a la que había visto minutos antes, su piel se encontraba tersa y el brillo de sus ojos desprendían una serenidad sin igual. Casi sin darse cuenta, el mendigo extrajo de su bolsa un saquito con semillas de trigo y puso un grano en la mano de Kamalini. Ella miró su mano y le miró a él, no comprendía.
  El mendigo sonrió. 
 ―¿Buscas a Buda vivo? –le dijo. 
  Kamalini asintió con la cabeza.
  ―Guarda el grano de trigo en esta bolsa –continuó el mendigo–, ofreciéndole la suya.  
  Siguió hablándole el mendigo: 
  ―Todo aquello que pides con humildad, busca en la bolsa y lo obtendrás; más antes has de dar, compartir con los demás, algo tuyo hasta que ya nada poseas. Todo deseo lleva consigo el apego y la posesión.  Querrás defender aquello que crees que te pertenece llegando incluso a hacer daño al prójimo razonando con argumentos “válidos” tal actitud. Nada justifica el más mínimo daño a tu hermano. 

 El mendigo se levantó, miró a los ojos a Kamalini.
 ―Recuerda –le dijo–, que la energía nunca ha de detenerse, de hecho nunca se detiene. Todo es energía viva, luz, tú y yo, todos. Le sonrió y se alejó dando la espalda a Kamalini, con un “volveremos a vernos”.

  Ella se fijó en el rastro de luz que el mendigo iba dejando tras de sí. En un instante, todo su ser se convirtió en un haz luminoso hasta, poco a poco, hacerse imperceptible en la lejanía.
  Kamalini se levantó abrumada por lo acontecido. Abrió la bolsa. Metió la mano sacando el grano de trigo y, cuál fue su sorpresa, al ver que éste brillaba con una luz que no era de este mundo.

   Una paloma se acercó a Kamalini, con un giro de su cabeza parecía pedirle un poco de comida.  Kamalini sonriendo se arrodilló, posó su mano junto al suelo, la abrió y la paloma suavemente con su pico tomó el grano. Retrocedió y se marchó volando, dejando una estela de luz en el aire.

 Kamalini continuó su marcha, esta vez alejándose de la ciudad, sin deseo y con una bolsa vacía. Sin darse cuenta, su cuerpo brillaba como el Sol que nos alumbra cada día.


DAD UN PASO



No me busquéis entre los muertos, mirad en vuestros corazones, ahí estoy Yo.
Estoy hecho de la misma naturaleza que vosotros, nada me distingue salvo… unos pocos pasos más en el camino andado.
Unos pasos que nada son, pues tomáis el relevo de otros que hollaron antes la misma senda.

Dad un paso, no os preocupéis si erráis, pues Yo sé qué hay en vuestros corazones.
Sé que os empuja un viento cuya fuerza procede de la Luz que ilumina vuestras almas, la misma que la mía.

Dad otro paso y si os pesan las alforjas, dejadlas a un lado del camino y continuad sin ellas.
Dad uno más y si vuestras ropas os incomodan, caminad desnudos.
Os proporcionaré una nueva vestimenta hecha con la esencia del Sol.

Caminad, caminad siempre, no os detengáis. Y si lo hacéis, cansados, doloridos, hastiados..., entregádmelo, os devolveré la paz y la esperanza que necesitáis.
Si la noche no os deja ver el camino, caminad a ciegas. La llama que arde en vuestro interior os guiará, en ella están todos, estoy Yo.
Sois, somos… Uno.



LA NATURALEZA DE BUDA



Caminaba Buda ensimismado en la contemplación de un pajarillo intentando sacar una semilla de la vaina, cuando se le acercó un joven discípulo. Buda le miró y con un gesto de su mano le rogó silencio y quietud. Señaló al pajarillo. El joven miraba intentando comprender qué debería aprender de tal acontecimiento.
Buda y el joven, sentados, esperaron que el pajarillo acabara de extraer la semilla. Tras los movimientos insistentes de su cabeza, de un lado a otro, consiguió sacarla y ponerla en su pico. Mirando a su alrededor, extendió sus alas y emprendió el vuelo rumbo al nido en el que se encontraban sus crías. Repitió el proceso varias veces hasta que todas sus crías saciaron su hambre.
Buda  le dijo al joven: “Así es la naturaleza de Buda”.
“No entiendo”, –dijo él.
–“Buda es la semilla que te alimenta, en su germen lleva ya al Buda realizado en la forma que sueñas, sólo has de dejarla crecer. Si eres una cría de pajarillo, llevas en ti al gran pájaro-Buda; si eres un niño, llevas en ti al hombre-Buda. Buda existe desde siempre, únicamente has de dejar que sea en ti lo que desde siempre ES”.
El joven se levantó agradeciendo a Buda su enseñanza. 
Buda hizo lo mismo. Según se alejaba su cuerpo envejecía tan deprisa que el joven se asustó al ver cómo, a poca distancia, se convirtió en polvo. Tomó éste, lo apartó del camino dejándolo en tierra; alcanzó una semilla de un árbol y la posó junto al polvo, enterrándolo todo en un pequeño agujero. Trajo un poco de agua que dejó caer suavemente en él.
Se alejó por el camino y, al volver la vista atrás, vio un brote surgir donde antes no había más que una diminuta semilla. Unos pasos más y sus ramas se alzaban por encima de la copa de otros árboles. Unos pajarillos revoloteaban posándose y anidando en él.
“Así es la naturaleza de Buda”, –pensó.


EL RÍO


Le preguntó el discípulo al maestro: “¿Cuándo alcanzaré tu sabiduría? Ambos hemos nacido a la vez, vivido en la misma aldea, andado las mismas sendas, abandonado una vida placentera a cambio de convertirnos en mendigos. ¿Dónde me quedé rezagado?”
El maestro le contestó: “No soy tu maestro. Soy, como tú, un viajero, un peregrino, en busca de la verdad. Es cierto que nuestras vidas han sido paralelas. Los dos decidimos el mismo día salir rumbo a lo desconocido. Hemos escuchado las enseñanzas de Buda en boca de grandes hombres y practicado éstas según nuestra comprensión durante años. Siempre me has visto como a un hermano mayor. Te he tendido la mano cuando flaqueabas. En la enfermedad te he cuidado. Abrigado cuando tenías frío. En cierto modo me he hecho responsable de ti. Todo ello me ha enseñado que la práctica budista está siempre ante nosotros, a nuestra disposición. Tú sí has sido un verdadero maestro para mí. No estoy ni un paso por delante de ti, ambos somos las dos orillas de un mismo río: desde un lado queremos llegar al otro, cuando la liberación, la iluminación, es convertirse en el mismo río. Esto es lo que me has enseñado: tú y yo somos un solo ser con dos ojos para ver”.


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