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OTRA IDENTIDAD

 


OTRA IDENTIDAD 


  No sé, o quizás sí, supe cómo he llegado hasta aquí. Y tú, aparentemente atareado en tus asuntos, que resulta también son los míos, los de todos… Te volviste hacia mí como si fuera pura rutina que estuviera ‘al otro lado'. Puede que sea así para ti, pero en mi memoria está borrado. Ahora tienes otro nombre, ambos sabemos que es uno de tantos, mas tras él sigues siendo tú, el de siempre. Sonríes y me dices que tengo que tomar otra identidad, comenzar una nueva vida desde ‘cero'. Aún es pronto, tengo asuntos pendientes. Aunque eso del tiempo es relativo, pero así lo veo desde mi óptica terrenal. Es fácil cuando se contempla el mapa con la ruta e itinerarios previstos, mas cuando el olvido impera lo aún no vivido es pura quimera. Aún así confío. Yo sé, tú sabes, que merece la pena este viaje, y espero que la próxima vez que nos veamos sea en este lado del velo. Te reconoceré, sin importar bajo qué apariencia te muestres.

  Por cierto, bendita la luz que nos envolvió.   

  Gracias, ya sabes por qué.

  Hasta dentro de un rato.

HADA

 



Mis ojos admiraban el lugar al que no sabía cómo había llegado: un frondoso bosque con árboles inmensos que no dejaban pasar más que unos pocos rayos de luz, ardillas saltando de un lado a otro, pequeños arbustos, grandes piedras cubiertas por la hiedra y el musgo. Un paisaje espectacular cubierto por una ligera niebla que daba al lugar un aspecto de cuento de hadas; aunque parecía que el silencio estaba presente no dejaba de escucharse el canto de los pájaros, muy distintos de los que estaba acostumbrado en la ciudad.

Di unos pasos vacilantes entre los arbustos, frente a estos pareció moverse fugazmente una figura humana, pero no podía ser, nadie puede vivir en un lugar como éste, tan alejado de la civilización. Unas risas parecían provenir de todas partes a la vez y la figura rápidamente desapareció, caminé unos pasos en dirección al lugar en que creí ver a ésta, pero nada encontré.

Me senté sobre una piedra observando el singular paisaje. El canto de un ave que me resultó conocido me atrajo la atención, creí reconocer a un ruiseñor. Miré al lugar del que provenía el sonido y contemplé con gran asombro a una niña cubierta con un corto vestido que parecía confeccionado con hojas de árboles. Su rostro, con una sonrisa que le remarcaba los pómulos; unas orejas puntiagudas que le sobresalían del largo pelo color castaño caído por los hombros. Me fijé en su piel, de un ligero tono verdoso; brazos y piernas desnudas, y sus pies descalzos que parecían fundirse con el suelo del lugar. Aquello que me atrajo la atención de una manera particular eran sus ojos, grandes, negros, ligeramente rasgados, con una mirada que parecía atravesar cuanto observaba; se quedaron fijos en mí, parecía examinar mi mente. Me quedé por unos segundos petrificado sin poder mover un solo músculo del cuerpo.

Instantes después comenzó a hablar, aunque no le vi mover un solo músculo de la cara, ni los labios, sin embargo le escuchaba con gran nitidez. Dio un paseo por mi infancia, deteniéndose en ciertos momentos que conservaba con cierta nitidez. Sacó a la luz un viejo temor que aún conservaba: no podía ver y menos tocar ciertas muñecas de porcelana, siempre me parecía que se iban a mover.

Me dijo:

«Ese temor en cierta manera no es infundado, sino producto de los temores que tus ancestros te habían inculcado sobre terribles seres que vivían junto a ti y querían llevarte a no se sabe que terrible mundo. Pero la realidad es muy diferente. ¡Mírame! ¿De verdad provoco miedo en ti? Cuando de pequeño jugabas, en tus horas de aparente soledad, me veías y compartías tus mejores momentos conmigo y yo te hablaba del reino del que provengo. Estamos por todas partes, con niñas y niños, con los adultos que no han perdido su inocencia; muchos de nosotros nos dedicamos a conservar la naturaleza: los ríos, los bosques, los mares, el cielo. Nos habéis puesto muchos nombres: ninfas, sirenas, ondinas, duendes…, hadas. Somos los Elementales de la Naturaleza, llámame simplemente… Hada.

»Lo más importante es que sepas que somos reales como tú. Que nuestro reino está viviendo en el mismo mundo que el tuyo y, deseamos tanto como tú que sigamos progresando juntos. Hacemos todo lo que podemos para arreglar los estropicios que estáis ocasionando con vuestra inconsciente manera de tratar la naturaleza. Si seguís por ese camino acabaréis con toda la vida y la riqueza del planeta. También estamos limitados como vosotros, pero si colaboráis, juntos podremos resolverlo; hay otros reinos que crees que no tienen vida que están dispuestos a ayudarnos. Todo depende del esfuerzo que en común pongamos en marcha, pues, juntos lo lograremos.

»Terminó diciendo: Y recuerda no existen esos malignos seres, éstos sí son producto de tu imaginación y de los que quieren que no avancéis y consigáis ser felices. Muy pronto muchos otros nos verán, no importa cómo nos presentemos, somos la vida misma en una de las múltiples apariencias en que el Amor se presenta. Hasta muy pronto.»

El canto del ruiseñor volvió a resurgir con fuerza, me distrajo y. cuando volví a mirar Hada había desaparecido.

Hada, nunca te he olvidado, lo sabes muy bien.

A los pocos días ―esto ocurrió hace unos años―, paseando por una calle comercial, mirando un escaparate vi, sorprendido, la figura de un hada… era la base de una lámpara. Sin dudarlo la compré… sin lámpara.



RADIO AMOR

 



-No entiendo el por qué de este olvido. Estar aquí, entre vosotros, viejos amigos, debería ser noticia y, sin embargo parece que somos miembros clandestinos de no sé qué grupo desestabilizador, -así abrí lo que mi alma sentía, sin adornos.


-No, amigo, hermano -dijo uno de ellos-, no somos clandestinos. Es mucho más sencillo: simplemente no existimos para el mundo porque no nos ven ni creen siquiera en la posibilidad de que sea posible. Vibramos a una frecuencia que ninguno de sus aparatos es capaz de sintonizar y, lo más gracioso es que estamos presentes en la misma Tierra que ellos pisan.


-Entonces, ¿por qué os veo y, por qué estoy aquí?


«Nos ves y estás aquí por tu sintonía. Has girado el dial lo suficiente para sintonizar ‘Radio Amor'. Como sabrás no eres el único. Sois muchos los que vais y venís con cierta asiduidad.

»Si hoy, ahora, estás aquí es para dar testimonio de nuestra realidad. Los que han abierto lo suficiente los pétalos de su alma buscan aún fuera lo que llevan dentro. Es ahí donde somos reales en vuestro plano de la realidad hasta que por la fuerza de un intenso amor de la humanidad se rasgue el velo que nos separa. Entonces sabréis que siempre estuvimos ahí, aquí, en una misma Realidad.»


-Entonces, ¿por qué está separación? ¿Sabes la sensación de sentirse huérfano, de faltarte algo vital y de vagar por el mundo tras perderlo?


-¡Claro que lo sé! No nací ayer, ni anteayer… Como tú he sufrido la misma ausencia. Sentir que la vida no tiene sentido cuando ves tanto sufrimiento, tanta sinrazón. Me rompí en mil pedazos, no una sino varias veces… Y me reconstruí, átomo a átomo, célula a célula. Así supe que tenía la posibilidad de crearme y recrearme. Tal poder no vino de fuera sino de la voluntad de amar a cuanto me rodeaba. Verlos sufrir, morir y desaparecer para ‘siempre' me mataba estando vivo. Ese amor rompió literalmente mi alma y, entonces contemplé quien era yo. Supe en mi ignorancia de mi eternidad. Existo sin existir, Soy sin ser… Soy el que ES, sin principio ni fin. Todo cuanto ves, cuanto fuiste y serás… SOY YO. 


-¿Cómo puedes tener un cuerpo, un rostro que no es el mío, si tú eres yo y yo soy tú?


-Tú me has creado a tu imagen y semejanza. ¿No lo recuerdas? Tú has creado todo, y cuando digo todo, es TODO. Yo soy tu creación como tú la mía. Por eso me buscas y nos buscan. Soy, somos, vosotros en vuestro futuro, el que estáis imaginando con el Amor que eres, sois, capaces de crear.


-Mi mente estaba confusa…


-¡Aquieta la mente!


Sus palabras las percibí como una orden y… callé mi mente. Al instante me miré los pies… ¡No los tenía! ¿Y mis manos? No estaban. Ni Él, ni ellos… Todo había desaparecido.

Y vi bombas caer… ¿Dónde estaba?


-Estás viendo lo que tú eres. Aunque de un modo algo brusco, estás desintegrando lo que fuiste… Nada temas, porque YA has creado un mundo nuevo, una Tierra virgen donde tú y todos los que tú eres, somos, habitaremos. Ya estamos habitando. Millones de rostros son tu rostro, el mío. En la Realidad YA ES.


Y así como lo viví os lo transmito. No espero que creáis mis palabras. Escuchaos a vosotras, a vosotros, porque tenéis la respuesta.

KARMA

 


Poco antes del alba, me desperté sobresaltada. No sé si fue real o no, pero ahí estaba, fresco en mi mente. 

Llevaba tiempo cuestionándome mi actitud con los demás. Me reía de todos y a todos les amargaba la existencia, hasta el punto de que rehuían acercarse a mí.  Ya les había hecho demasiado daño. La verdad es que los odiaba, tenían lo que yo quiero y no puedo tener. Me sentía superior a ellos. Yo pertenecía a otra clase social por mis progenitores, los demás eran clase baja, escoria.

Mentía sin rubor para destruirlos. Lo peor es que había quien reía mis gracias y me crecí, hasta el punto que confundí la realidad con mis fantasías. Me creía reina y los demás mis súbditos, hasta esta noche…

He vivido en mis carnes lo que les hice. No sé como pero he sido cada uno de ellos. He sufrido su dolor, su angustia, su desazón. ¡Todos, sin excepción! Mis palabras dichas contra ellos rebotaban en ese estado de delirio. No podía soportarlo. Una y otra vez, sin cesar. Gritaba ¡basta ya! Pero no cesaban. Mi corazón parecía estallar y estalló…

Oscuridad y silencio. Tras un tiempo indefinido de no ser -palabra que utilizaba como un cuchillo y clavaba sin compasión- pude respirar y escuché los latidos de mi corazón. ¿Habré muerto?

No lo sé. Si esto es la muerte quiero vivir, salir de aquí, donde sea que esté. 

¿Hay alguien? Grité. No veo nada ni oigo nada. Noté mis pies y empecé a andar en medio de la oscuridad. A tientas intenté tocar algo, pero nada. ¡No había nada!

Todo parecía irme mal en la vida. Mis trabajos los perdía sin cesar, incluso me llamaban ‘gafe'. ¡Yo, que lo he dado todo! Eso creía en mi realidad.

Y, ahora me pregunto: ¿no será que la vida me devuelve cuanto le doy con intereses? Karma, que tontería… Con este pensamiento no me percaté que algo había cambiado alrededor. Una penumbra me permitía ver. ¡Estaba en mi habitación y mi cuerpo ahí, tumbado en mi cama! No podía ser y, sin embargo estaba. Me acerqué y lo toqué. ¡Dios mío! Lo he atravesado! Esto no puede ser real.

Algo noté a mi espalda. Me giré y ¡ahí estaban todos ellos, como fantasmas! Me sonreían. Y uno, al que no reconocí, algo más alto y fornido que el resto, me habló. 

-No eres gafe. La vida, como tú la llamas, tiene sus leyes, que no castigos. No hay más castigo que el  que tú te infringes. Todo cuanto haces tiene consecuencias y lo que das te vuelve multiplicado. Así que tú decides, eres tú propio juez. Has vivido en ti lo que tus ‘victimas' han sufrido. Nada te hicieron, salvo ayudarte. Pero tu soberbia era incapaz de percibirlo.

Bien, ahora es tu decisión cambiar las tornas. Lo que consideras negativo puede desaparecer al instante y dejar de ser ‘gafe'. Ahora, vuelve a tu cuerpo. Despertarás con una viva impresión de lo acontecido. Lo necesitarás para reafirmarte en el giro que vas a dar.

No le hice ni una sola pregunta, ahora me arrepiento. Parecía saberlo todo de todo y de mí. 

Y, aquí estoy, despierta. Algo ha cambiado en mí.


VOCES SOLIDARIAS



Dejé atrás mi tierra, 

la bandada.

¿Dónde vas? Burlándose, me decían.

Cansado de la monotonía,

de sólo vivir para comer. Respondí.

Emprendí mi primer vuelo en soledad, 

elevándome donde nunca antes pude llegar.

El inmenso océano por hogar.

Cansado, 

con sueño,

planeando,

me dejé llevar.

Estoy aprendiendo a vivir

sin ninguna tierra tocar.

Soy hijo del viento,

nadie me puede domar.


Una voz acabó con mi aislamiento.

-¿Dónde vas, casi sin aliento?

-Practicando técnicas de vuelo.

-¿Te puedo acompañar si no molesto?

-¿Por qué no? Vayamos.

-¿Y por qué sola vas?

-No estoy sola,

voy al otro lado del mar.

Allí está mi bandada, 

gaviotas solidarias.

Somos pocas mas vivimos en libertad.

-¿Me aceptáis?

-Conmigo ya estás.

¡Vamos, más allá!


HAY UN PLAN



  Me lo podría inventar. Especular que Tú no eres más que una quimera, el fruto de una mente imaginativa. Pero no, eres real. ¿Pero, quién eres Tú? ¿Cómo es posible que dos mil años no sean nada más que un parpadeo para Ti?
  Cuando de niño escuchaba hablar de Ti, imaginaba que sí era posible tu existencia en el pasado. Leyendo “Los Evangelios” encontré palabras, frases, que estaban cargadas de amor y sabiduría. No podían ser pura fantasía sin más. “Y venció a la muerte”, leía una y otra vez: uno de los temas más controvertidos y cuestionables a lo largo de este tiempo, tanto por los doctos como por el pueblo llano. Supuse que vivirías en un mundo aparte, un Cielo donde la paz y la armonía brillarían más que el Sol. Conjeturé tantas cosas…
  Y los días, meses y años pasaron. La vorágine de la vida me envolvía de un modo que pensar se convertía en un lujo. El agotamiento físico no dejaba nada más. No, no era casual, formaba parte del aprendizaje, del autoconocimiento, del desprendimiento del ego. Había que ponerlo en su sitio.
  Y Tú, en la sombra, en el silencio, trabajabas noche y día. No, no sabía, ni lo intuía. Solamente esperabas con infinita paciencia que la semilla tuviera la suficiente fuerza como para rasgar la tierra y buscar la luz. Han sido tiempos muy difíciles, tanto que la desesperanza asomaba en más de una ocasión. Andar a ciegas, sin saber si dar un paso adelante es lo adecuado o un salto al vacío; cuando gritaba y nadie me escuchaba; cuando me ahogaba en mis propias lágrimas; cuando todo perdía su sentido…
  Y Tú, estabas ahí, aquí. No lo supe. Esperabas que mi “yo” cayera rendido, abatido, sin fuerzas para dar un solo paso. Y llegó el momento, con las manos vacías y solo, con un corazón amante –era esto lo que esperabas‒ por encima de mí mismo, fue como supe que Tú estabas presente.
  No, no vives en ningún Cielo, estás aquí, en este mundo. Un mundo que es mucho más de lo que nuestros limitados ojos perciben. Miramos sin ver, pero no es culpa de nadie, ni nuestra, como no la tiene la semilla que se entierra para después brotar. Hay un plan inscrito en su ADN, un proyecto que se desarrolla por fases hasta que alcanza su cenit. Hay un Plan en nuestro ADN.
  Hace dos mil años despertaste en un hombre. La muerte no fue tu final, sino parte de un proceso necesario, el abandono de una piel que se quedaba pequeña, limitada. Tú, has llegado a un punto en tu crecimiento que parece un sueño, un imposible para nosotros, los mortales…
  Pero no es así. Hoy tienes un cuerpo físico, no es el del gusano, sino el de la mariposa. ¿Cómo le explicas a un gusano que puede volar? Callas y esperas el momento propicio.
¿Cuántas mariposas revolotean en este mundo sin que los gusanos lo perciban? Y, sin embargo, ocurre.

  Un día, unos pocos años atrás, bajo la sombra de un olivo te mostraste. Fue un momento muy particular, vital. Y decidiste darte a conocer...
  Y hablaste, fueron pocas frases. Palabras de confianza, de amor, de entrega, de presente y futuro…
  Y, desapareciste de la vista, pero te quedaste para siempre, donde “el fuego no quema”. Entonces comprendí que nunca te fuiste.


EL MONASTERIO



  Una larga jornada llegaba a su fin. En el horizonte ya podía contemplar el monasterio al que me dirigía.  Tras él, imponentes montañas colmadas de nieve perpetua, su visión me trasladaba al pasado, cuando siendo aún joven traspasé las puertas por última vez creyendo que nunca más volvería al que fue y sigue siendo mi hogar.
  Un alto en el camino hasta el alba… Junto a unas rocas, que me servían de protección ante el viento reinante, decidí pasar la noche. El Sol había desaparecido y poco quedaba para que el silencio nocturno fuera sobrecogedor, como siempre lo es aquí. Pocos caminantes se atreven a atravesar los desfiladeros que te sumergen en esta incógnita región del Himalaya, y aún menos saben de la existencia del monasterio. Éste nunca ha acogido a peregrinos y pocos han sido los monjes que han traspasado sus puertas; no es un centro de aprendizaje al uso, sino más bien el corazón, el alma, de un entramado que se extiende por los confines del mundo de un modo que pasa desapercibido a los ojos humanos.
  Abrí los ojos ante un nuevo amanecer. Buitres revoloteaban en un cielo raso oteando el terreno, esperando que algún animal moribundo les sirviera de festín…, son pacientes. Tras un frugal desayuno emprendí la marcha. Aunque es primavera, el frío calaba los huesos y caminar es un buen modo de calentar el cuerpo. El corazón palpitaba con intensidad. Hacía tiempo que no sentía en mi ser esta agitación. Aceleré el paso, pues quería llegar antes del atardecer, aún quedaba un escollo por salvar y pretendí solventarlo con la luz del día. Llegué, tras horas de marcha, ante una bifurcación que a cualquiera confunde. Por un lado, una ladera escarpada y al fondo un valle que incita a recorrerlo, llevándote nuevamente a la civilización; por otro un muro de piedra infranqueable cuya inmensidad impone. ¿Quién se atrevería en su sano juicio a escalarlo? Nadie… salvo unos pocos locos o quienes saben qué se esconde detrás… Sólo un pálpito hace que uno se arriesgue a intentarlo. Lo hice hace ya tantos años que casi no recuerdo que casi me cuesta la vida y, sin embargo, fue la mejor decisión que tomé. ¿Locuras de juventud? Quizás algo más… 
  Ahora mi cuerpo ya no es el mismo, está enjuto, gastado por los años… Parado frente a la pared tomé aliento. Miré hacia arriba, parecía un guardián receloso ante cualquier forastero. Me senté, mi respiración jadeante poco a poco fue calmándose. Cerré los ojos y esperé… 
  La barrera dejó de existir. Ante mí, dos pilares sostenían un portón con dos hojas colosales policromadas con distintas tonalidades de ocre amarillo, anaranjado y rojizo. Se abrieron de par en par, con un chasquido que helaba la sangre. Nada podía ver excepto la oscuridad. Me incorporé lentamente, como quien se encuentra ante un lugar sagrado, no por reverenciarlo, sino por la pequeñez que mi alma sentía ante lo que escondía. Con paso decidido me adentré, las puertas se cerraron tras de mí. Nada podía contemplar y aun así seguí caminando en línea recta entre tinieblas. Es como adentrarse en las profundidades del alma, en los rincones donde lo inconfesable se manifiesta y… ¡vaya si lo hace! 
  Paré. Volví a percibir cuanto aconteció en mi larga existencia como si estuviera ocurriendo ahora mismo. Esta vez, fue diferente: me sentí como un observador impávido. No, no me dejé arrastrar por las emociones, ni las de otros ni las mías. Comprendí que los hechos no son relevantes, ya que éstos son humo que el viento lleva lejos hasta desaparecer; queda la sabiduría que la experiencia lleva implícita si somos capaces de captarla, o seguir sumidos en la ignorancia de uno mismo hasta una próxima ocasión.
  La luz fue haciéndose dueña del lugar, si es que puede llamarse de este modo al espacio donde me encontraba. Pudiera parecer fruto de la mejor novela fantasiosa -el alma sabe-, mas no lo es. Mi cuerpo dejé de sentirlo, aunque no es el término más adecuado, ya que “mi cuerpo” en este momento de eternidad es todo cuanto haya podido existir, existe o existirá. Duró un segundo tal estado, para nuevamente “recuperar” la forma con la que me identificaba, o eso creía… Toqué con mis manos mi rostro, mis piernas y, aquí estaban.
  Un patio empedrado ante mí me acercaba a una edificación modesta, hecha de madera y piedras, artesanalmente encajadas. Entré en su interior, parecía que todos sus habitantes habían desaparecido, o quizás estaban afanados en otras labores lejos de aquí. De pronto, escuché mi nombre, era una voz lejana que me hizo sonreír. Giré la cabeza y ahí estaba él, mi viejo maestro. Se aproximaba dando grandes zancadas. Estaba contento de verme… Nos abrazamos como sólo lo hacen los amigos de verdad, los hermanos del alma. Una lágrima caía de mi mejilla, de pura alegría. Respiré profundamente queriendo eternizar el tiempo.
  Estaba igual que entonces. No sé cómo lo conseguía, o tal vez sí…
  ‒Voy a preparar un poco de té, ‒me dijo.
  ‒Gracias, aún tengo helado el cuerpo, ‒sonriendo le contesté.
  Un destello de luz atrajo mi atención. Me acerqué. Era un espejo y, cual fue mi sorpresa al verme reflejado en él. ¡Mi rostro no era el mismo y, aun así, me reconocía!
  Llegó él con dos tazas. Me invitó a sentarme.
  ‒¿Te pasa algo? ‒me dijo.
  Me costó pronunciar palabra. Tomé un poco de té y le contesté con una pregunta:
  ‒¿Qué me ha pasado, lo sabes?
  ‒¡Claro! Eres tú, el que siempre has sido, eres y serás. Tienes una apariencia, pues estamos en el universo de las formas. ¿Por qué ésta y no otra?, me dirás. Pues porque es con la que te sientes más identificado, aunque se remonta a un tiempo remoto es la que vas construyendo día a día, existencia tras existencia. Recuerda que todo es cambio y en éste permanecemos inalterables.
  Me guiñó un ojo y siguió tomando el té en silencio. Yo hice lo mismo.
  ‒Ahora descansa. Ha sido un largo día, mañana verás a los demás monjes. Saben de tu llegada y están deseando verte. Hay mucho que hacer… ‒me aseveró.
  Sí, mucho, me dije en silencio.



MI SOLEDAD Y YO



Decidí unos días de soledad, la montaña de mi infancia me esperaba. Cargué mi macuto a la espalda con lo imprescindible.
El tren blanquiazul, tras muchas paradas, me dejó en mi estación de destino.
¿Cuál camino tomar? No importaba, sólo sabía que debíamos de dirigirnos a la cumbre… mi soledad y yo, viejos compañeros que nos llevamos bien. La verdad es que nunca nos sentimos solos, en los peores momentos siempre estamos para ayudarnos en lo que haga falta.
Tomé la ruta de la izquierda, unas casas de piedra daban paso a un camino entre zarzas y moreras, delicia del campo que no desaproveché. 
Comienzo a subir la pendiente saliendo del camino trazado. El olor de las jaras y pinos perfumaba el aire, la  paz llegaba a mis pulmones y la repartí a cada célula de mi cuerpo; la alegría me hacía dar pasos más grandes y decididos. 
Canturreaba alguna melodía escuchada en algún tiempo atrás. 
Los mirlos me silbaban: “¡Qué tal montañero!” Les devolvía el saludo con un silbido, cada uno seguíamos en nuestros pensamientos. 
No había prisa por llegar a ninguna parte, en realidad no iba a ninguna parte, la cumbre era solo un pretexto para engañar a mi cerebro para que no me dejara tirado de cansancio, unas chocolatinas y algunas almendras le servían. La belleza estaba en caminar, en la sensación de sentirme arropado por la naturaleza, percibir todo lo que me rodeaba como una extensión de mí mismo, y yo como su propia prolongación. En mi diálogo con la soledad no dejábamos títeres con cabeza y al final siempre acabábamos hablando de lo mismo: ¿a quién se le ocurrió la brillante idea de la Vida?
Unas horas de caminata nos llevaron a la cumbre de la montaña. Majestuosa la vista, por un lado inmensas montañas aún más altas y, por otro, una puesta de Sol de las que quitan el hipo. 
Mi soledad y yo nos sentamos a contemplar el espectáculo sobre una inmensa roca de granito. Le dije: “Qué, esto no se ve todos los días”.  Me sonrió con su complicidad acostumbrada y siguió contemplando los rayos de luz entre las nubes perdiéndose en el horizonte.
Unas vacas rumiaban apaciblemente ajenas a mi presencia, sabidas de que no había ningún peligro.
Seguí canturreando feliz. Mi soledad le daba el silencio necesario para que fuera armónico el sonido. Saqué mi pequeño libro azul, palabras de un viejo amigo que nunca quiso escribir Él, por algo sería.

Noche cerrada, los grillos parecían bastante alegres esa noche, debían sentirse un poco menos solos al tener un espectador de su concierto. Una cena sobria repartida con las hormigas del lugar y… a sentarme a admirar las estrellas. ¿Algo más que hacer? Era más que suficiente, todo un privilegio. El sueño me fue venciendo, así que le di las buenas noches a mi soledad y me sumergí en el saco de dormir, el mejor techo que se puede desear estaba pintado ante mis ojos.
 Unos ligeros toques sobre el saco me arrancaron de un dulce sueño, al parecer el techo tenía gotera y me invitaba a beber las gotas de lluvia que se colaban por ella. No tenía más refugio que a mí mismo, así que cambié la postura de tumbado por la de  ”tienda de campaña”, o sea, sentado estilo monje budista. Un viejo plástico, que siempre me acompañaba nos cubrió, a mi soledad y a mí. Y así pasamos lo que quedó de noche sentados sobre una roca, sintiéndonos Uno con todo lo que nos rodeaba: las hormigas, los grillos, los pájaros, las vacas, las rocas, la vegetación… 
Todos, empapados de la Vida, amanecimos dando gracias por ver salir el Sol un día más.
Mi soledad y yo continuamos nuestra marcha, como siempre… Nunca solos.



MI TIEMPO



Siete de enero, cinco de mañana.
El frío atenaza en el exterior.
Un grito desgarrador rompe el silencio.
Carreras a uno y otro lado de la habitación.
Se acerca el momento.
Quiero salir, lo necesito, por ella y por mí.
Demasiado tiempo atrapado mi cuerpo en otro cuerpo.

Ya llega la comadrona y el doctor.
Todo está listo, sólo falto yo.
Intento salir pero no puedo.
Veo luz al final de un túnel.
Necesito un empujón.
¡Madre! Grito sin voz.
Un cordón me une a ti...
¡Aprieta! Oigo tras la coraza que me aisla del mundo exterior.
No vengo para quedarme,
ni siquiera para sufrir.

¡Madre! ¡Ya es la hora!
Mi alma desciende el último peldaño.
Doy un paso y... la luz ciega mis ojos.
El primer llanto...
Que no será el último,
presagia el "doc".

¡Olvida! ¡Olvida!
Esta vez la voz sale de mi interior.
Y yo, olvido... quien fui, soy y seré.

Han pasado muchos años,
escribo páginas en blanco,
casi gastado mi tiempo.

Padre, hace frío.
¡Madre, necesito tu calor!

Ahora veo otro tunel...
Doy un paso.
Subo un escalón.
Miro atrás y quien fui no recuerdo.
Al fondo la luz.



CONTIGO



Ya han pasado dos meses desde que te fuiste. Dura batalla la que has vivido hasta que ya, sin fuerzas, decidiste exhalar tu último aliento. Soltaste el aire, el poco que pudiste guardar en tus pulmones gastados tras largos años de resistir los embates de la enfermedad, estando ya inconsciente.
Días atrás mostrabas tus dudas lógicas, de si habría algo más al morir. Te costó abrir tu alma, pues esto significaba que empezabas a aceptar que el final estaba próximo... y no querías. Buscaste aferrarte a la vida ilusionándote con nuevos proyectos. “Voy a hacer…”, decías una y otra vez. Mirabas tras la ventana las montañas y preguntabas: “¿Cuándo voy a salir de aquí?” Yo callaba sabiendo que lo inevitable se acercaba irremediablemente. Lo hice hasta el final. Y, aún hoy sigo en silencio pues los recuerdos de tu larga agonía, innecesaria desde un punto de vista humano, prolongaron los latidos de tu corazón más allá de lo razonable. ¿Qué sentido tiene tal sufrimiento a tu alma? ¿Consecuencia de tu modo de vivir donde la realidad de tu existencia acababa con la muerte? ¿Tenías algo pendiente que hacer que te impedía marchar?
El miedo te atenazaba noche y día. En algún momento intentabas preguntar de soslayo sobre algunas de las experiencias “extrañas” vividas por tu hermana, por mí. Querías creer, pero tu razón negaba una y otra vez la posibilidad de lo “imposible”. No, no había nada que demostrar. Sabíamos que pronto te encontrarías cara a cara con la otra realidad y, lo que tu ser pedía a gritos era… afecto, aquí y ahora.
Tu mano solicitaba las nuestras una y otra vez y, hora tras hora, acompañado de una sonrisa, es cuanto te dimos y aceptaste.
No querías que la muerte te acariciara en soledad y tu deseo fue cumplido… A ambos lados del decorado de la Vida, quienes te amamos, estábamos contigo. Estamos hoy contigo.



¡BAILAD!



Una noche de un día, cuya fecha quedó en el olvido, viniste a darnos un mensaje, unas palabras que entonces carecían de sentido y que sólo años más tarde comprendimos en toda su dimensión: “Bailad juntos”. Tu hija me contó el extraño sueño, no parecía que se refiriera a que nos pusiéramos a bailar en ese momento. Fue años más tarde, cuando, sin ningún tipo de “presión mundana” decidimos firmar un papel que confirmara el compromiso que nuestras almas se dieron tiempo atrás. 
Unas horas antes, noche de luna llena, nuestros cuerpos bailaron al son que nuestras almas les marcaban. No, no hubo testigos, o así lo creímos. Y llegaste tú, amiga de nuestras almas, a poner la “guinda” en el pastel. Cuando el cuerpo reposa y el alma se libera por un momento de su opresión, llegaste ante nosotros y contemplaste, en silencio, cómo nuestras almas, una frente a la otra, abrazadas, bailaban sin cesar, girando como dos derviches en una danza que parecía no tener final. Y sin embargo la tuvo: un reloj marcando las doce y los cuarenta grados de un termómetro, colgados de la pared de una realidad distinta, era cuanto se distinguía aparte de nuestras almas; los dos desaparecimos sin dejar rastro tras una implosión que oscureció aún más la morada. El universo nos recibió, al otro lado del velo, como Uno más.
Horas más tarde dijimos ¡Sí!, rubricando lo que el espíritu unió para siempre en un instante de eternidad.


LA JAULA DE ORO



Gloria pidió ayuda a un anciano amigo: 

«Te hablo desde la desolación. ¿Qué pasa con el enorme dolor de un joven cada día más enfermo? 
»¡Dios! La soberbia me asalta. ¡Se me cruza la vida y la veo como una sombra, un sinsentido!
»Mi cuerpo y mi mente están cansados y no sé ayudar a  consolar. Hoy, las lágrimas brotan sangre.
»Te asalto, anciano. Entro en tu casa desesperada, con miedo, con dudas, con....
»Perdona, no te pertenece mi dolor, pero... me siento incapaz de  ayudar al ser que un día nació de mis entrañas y su pena me parte el alma.»


El anciano amigo escuchaba en el más respetuoso silencio.
Ambos cruzaron sus miradas. Sus ojos lo decían todo. 
Él comenzó a hablarle:

«Un viejo sabio fue a visitar a unos amigos. Le llamaron porque estaban muy afligidos.
»Al llegar, tras el saludo, le contaron que un tiempo atrás, en su jardín, un hermoso pájaro multicolor se posó. Ante tanta belleza le quisieron atrapar. Éste, revoloteaba alegre y ajeno a las intenciones de los habitantes de la casa.
»Una gran jaula dorada con frutas silvestres colocaron junto a un árbol, la puerta estaba abierta.
 »El pájaro se acercó atraído por el brillo de la jaula. Entró y se paseó con  curiosidad. Se aproximó donde la fruta estaba y, en ese momento, la puerta se cerró. Un gran alborozo se escuchó entre los habitantes, ¡habían conseguido su propósito! El más bello pájaro que nunca vieron ya era de ellos.
»Pasaron los días y el pájaro parecía feliz en su nuevo hogar, hasta que un día escuchó el canto de otro pájaro de su especie y sintió deseos de ir con él. Al intentar salir de la jaula  acabó haciéndose heridas en su cuerpo, la puerta estaba cerrada.
»El pájaro cada vez estaba más apenado. La alegría de los habitantes de la casa se tornó en tristeza al verle cómo perdía no sólo su brillo, sino que además, sus plumas iban cayendo sin remedio.
»El viejo sabio les preguntó si habían tenido en cuenta los deseos del pájaro. Ellos, sorprendidos, le comunicaron que ni se les había ocurrido que éste pudiera tener deseos.
¡Preguntadle! –exclamó.
»Así lo hicieron. El pájaro los miró y después observó la puerta de la jaula. »Comprendieron que quería que se la  abrieran.
»Una mujer, con todo el dolor de su corazón, abrió la pequeña portezuela. Tras revolotear por la jaula, el pájaro se posó frente a la puerta y comenzó a volar. Sus alas, con sus pocas plumas, le llevaron ante su “ama”. Se posó en sus manos y le miró a los ojos. Los dos se “entendieron”.
»Un intenso brillo apareció en los ojos de ambos y las alas del pájaro resplandecieron con intensidad. Le crecieron al instante las plumas perdidas.
»Seguidamente emprendió un nuevo vuelo. Esta vez tras escuchar el canto de un pájaro que se posó al otro lado del jardín. Se fue hacia él y los dos desaparecieron en el horizonte… felices.

»Comprendieron  y aceptaron  que la vida es impermanencia y en ella vivimos siempre. No se puede retener ni aprisionar aquello que ha nacido para ser libre… como tu hijo.»

–¡Gracias, viejo amigo!
–De nada, Gloria.




RECUERDO



¿Recuerdas?
Yendo sin destino,
por la gran avenida.
Hablando de la vida y la muerte también.
Sin darnos cuenta que,
con hilos etéreos,
reanudamos un lazo,
tejido y concebido al alba del tiempo.
Nuestros cuerpos,
al caminar,
tropezando uno con el otro…
Nos reíamos,
sin comprender…
Sintiendo.

Tiempo más tarde,
bajo la lluvia otoñal,
por el mismo lugar.
Nuestras manos enlazadas.
Nos mirábamos y sonreíamos.
Sin palabras,
los corazones hablando,
para decirnos que,
es ahora el momento anhelado.
Tú y yo,
cada noche,
cada día,
tejemos un ropaje de amor y luz,
¿Recuerdas?
Recuerdo.


ÁNGELES Y DEMONIOS



Un día me encontré frente a una puerta custodiada por un ser al que no conocía, o eso creía. 
Resulta que éramos “viejos amigos”, él sabía todo de mí y yo nada de él. Creció conmigo acompañándome desde mi primer hálito de Vida ‒sí con mayúsculas, pues me refiero a la que comenzó fruto del amor de unos seres de los que apenas tenemos una mínima conciencia de su existencia‒, y dio lugar a un encadenamiento de encarnaciones donde ambos experimentamos el contacto con la materia densa. Él siempre en la sombra, realizando su labor en silencio, no por ello menos importante que la mía, siendo yo quien daba la cara siempre en cualquier acontecimiento y llevándome tanto los halagos como las reprimendas oportunas. Tanto en la sima, como en la cima de la vida no se despegaba de mí. ¡Y yo sin saberlo! Ahora caigo en la cuenta de ciertos pensamientos que “escuchaba” cuando no estaba ocupado en asuntos mundanos; unas veces me impelían a tomar el camino de la derecha y en otras el de la izquierda, o el “fácil” tanto como el “difícil”, lo que ocasionaba cierta confusión en mí, ya que de seguir el consejo de “la voz silenciosa” iría, en muchas ocasiones, casi con seguridad directo a la hecatombe. Era dejarme llevar por algo considerado ajeno a mí, confiando, sin más apoyo, en el absurdo de lo irracional. 
Durante tiempo lo he llamado “la voz”, sin tener el menor atisbo de qué se encontraba tras esta denominación. He oído hablar sobre ángeles y demonios desde la infancia, incluso rezaba a mi modo para que no me ocurriera nada desagradable cuando no estaba al cobijo de mis padres, llamando a los primeros para que me protegieran de los segundos. Según fui creciendo quedó en el pasado tal actitud que consideraba “infantil”.
Mi personalidad se fue consolidando y me sentía fuerte ante las embestidas de la vida. Era yo quien tomaba las decisiones sin ningún tipo de injerencia externa, cuando en realidad ‒esto lo supe después‒ siempre estuve acompañado. En momentos en que me encontraba abatido, por algún motivo, era él quien me consolaba de un modo que, evidentemente, no achacaría a nada extraordinario, ya que él se esforzaba para que alguien se acercara con la palabra justa para sacarme de tal estado; también era él quien me inducía a “errar”, tentándome a tener una actitud egoísta, claro que la última palabra siempre era la mía.

Todo formaba parte de un “juego” en el que él era el artífice de ambos papeles aparentemente antagónicos con un objetivo muy definido: provocar en mí una pronta revolución ante la senda lenta de la evolución. Y resulta que era yo quien había dicho “sí” a este reto. ¡Ahora entiendo el cúmulo de sinsabores a los que he tenido que enfrentarme durante esta encarnación! No eran fruto del azar ni de ningún karma negativo. No, ahora comprendo que la negatividad no tiene una entidad real, que tras el caos, el miedo, el sufrimiento, no se encuentra ningún dios iracundo deseoso de saciar su apetito, sino que es la consecuencia de la resistencia a crecer, a madurar, a revolucionar, del ser que somos.

Y es así como un día alguien pronunció mi nombre. No, no ocurrió en este plano de la realidad, pero no por ello fue menos real. Como tampoco fueron irreales los acontecimientos que lo precedieron…
Sin saber cómo me encontré con sucesos que escapaban a la lógica más racional. Alguien había pretendido que cayera en una trampa bien urdida ya que tenía información que sólo yo disponía. ¿Cómo iba a saberlo él? La manipulación de la materia era para éste un juego de niños, así como influenciar sobre ciertas mentes. Todo fue preparado para que cayera en la “tentación”. Actuaba tanto de protector ‒esto lo supe más tarde‒ como de agresor. En una ocasión fui calumniado injustamente en un blog, me confundieron con otra persona que había vertido comentarios ofensivos bajo un seudónimo, pensaron que era yo quien estaba detrás. Al día siguiente de la acusación pública, los comentarios de este blog que me calumniaban aparecieron como una “sopa de letras”, totalmente ininteligibles.  Publicaba en aquel tiempo un blog, algunas entradas fueron alteradas en su orden, teniendo en su nueva disposición una razón de la que no tuve antes conciencia. Cuando acabé de escribir la última, salí a dar un paseo, quedando mi ordenador apagado. A la vuelta lo abrí y vi con sorpresa la modificación, pensé que era un fallo general, pero no. Solamente fueron esas entradas, escritas en distintos días. En un principio este era su orden por título ‒explícito de su contenido‒: ”La blanca paloma”, ”La oración en el huerto”, “Háblame”, “Resurrección”. La entrada de “La blanca paloma” pasó a ocupar el último puesto, tras “Resurrección”. Curiosamente este sería el puesto lógico ya que el episodio de "La blanca paloma" ocurrió cuarenta días tras la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret.
Una persona fue informada, a más de diez mil kilómetros de donde resido, sobre ciertas vivencias que desconocía de mí. ¿Por quién? ¿Quién se lo susurró al oído? Nadie lo sabía. Algo que no era de este mundo andaba por medio. Me confundió. Su intención no era, lo supe después, todo lo bondadosa que parecía. Y, como siempre, era yo quien tenía la última palabra, la “tentación” era atractiva. Me encontré ante la disyuntiva de elegir entre dos caminos, tras una larga travesía por el desierto. La decisión correcta, ¿cuál sería? Marcaría un antes y un después en mi vida. Opté por el olvido de mis deseos más sublimes. Lo consideré un fracaso, pero estaba dispuesto a acatarlo, quizás en un futuro volvería a tener otra oportunidad…
Sin saberlo, había tomado la decisión correcta. La “prueba” había sido culminada con éxito.

En el interior de la Tierra, en una sala inmensa… La voz que me llamó correspondía a un ser que, vestido con un traje negro, impoluto, salía de un portón tiznado, consecuencia de antiguas llamaradas procedentes del otro lado. Alrededor mío se encontraban algunas personas conocidas y otras no. Aunque me hice el remolón, acabé yendo hacia él. Me di cuenta que yo estaba vestido con pantalón negro y camisa blanca, al igual que quien se encontraba a mi lado; otros vestían completamente de negro; algunos, su apariencia era occidental, como la mía, y otros, oriental. Tras pasar el umbral ‒de esto tomé conciencia mucho más tarde, pues permanecía bloqueado‒ me encontré con un repaso de mi Vida. Es así como estuve al corriente de la realidad y función de lo que en mi infancia llamaba “ángeles y demonios”, de quien me acompañaba y susurraba en silencio, quien ponía tanto los obstáculos como los puentes en mi vida, pues correspondía a la “otra polaridad” de mi ser: él, el que me llamó. Frente a mí contemplé a “ese ser”, era también “yo”, y ambos nos hicimos uno, lo que siempre fuimos. Y ahora, ya siendo uno solo, di un paso adelante hacia un fuego consumidor con el que me fundí.
Al salir, tras la noche oscura del alma, la Luna llena iluminaba el paisaje.

A. Stéphanos

AVISTAMIENTO OVNI


El doce de septiembre del año 2009, al anochecer, cenábamos mi esposa, una amiga que llegó el día anterior ―viene una vez al año a vernos, ya que vivimos lejos― y yo. Estábamos en el solárium, así que teníamos el cielo por tejado. Mi esposa y yo mirando al mar, al este, y nuestra amiga hacia el oeste.

Hacía poco que había anochecido. De pronto, nuestra amiga exclamó: “¿Qué es eso?” Señalando el cielo al oeste, justo sobre unas casas. Nos volvimos y vimos una esfera de luz, al principio roja, del tamaño de la Luna llena (éstas eran mis palabras al intentar describir el tamaño), era como un fuego. Fue tornándose anaranjada rodeada de destellos de luz blanca, semejante a la del Sol. Venía en dirección oeste-este, al llegar a nuestra altura se detuvo, suelen pasar aviones hacia el aeropuerto y su altura era aún más baja. Avisamos a mi yerno y mi hija, que no subió por temor (y eso que hace unos ocho años ellos vieron tres luces formando un triángulo en el cielo nocturno). Él subió un móvil con cámara y grabó lo que pudo. Cuando comenzó a grabar ya había empezado a ascender la esfera alejándose hacia el espacio exterior, reduciendo su tamaño debido a la distancia, y colocándose finalmente como si fuera una estrella más junto a la Osa Mayor, formando un triángulo entre algunas de éstas. Tanto el principio del avistamiento, como el final no están grabados; primero porque aún no había cámara y después porque aunque se apreciaba a simple vista, la cámara no lo recogió, por lo que aun siendo su duración de más de cuatro minutos, el video está recortado.

Al analizar las imágenes en el p.c. en el video se ve una luz pequeña en movimiento, pero al extraer y ampliar los fotogramas se perciben los giros y cambios constantes de colores.
Video:





Estas son algunas de las imágenes extraídas:
  












Fotomontaje del principio y final del avistamiento:





Esa misma noche... veinte minutos después:
OVNI's grabados en Inglaterra: "Este 12 de Septiembre (2009) sobre la ciudad de Maidstone (Inglaterra) un testigo logra grabar éstas imágenes. El avistamiento de los OVNI's aparecieron alrededor de las 8:40PM (aquí 21.40) en forma de bolas color naranja. Inicialmente observó dos pero cuando regresó con su cámara había tres más, que inclusive pareciesen adquirir una interesante formación. Los OVNI's se desvanecieron en el horizonte."
Video:


Y en el mes de agosto del año 2010, en la misma zona que vimos el ovni, se han grabado estas imágenes de dos avistamientos ovni y publicadas en youtube por BruntonspainEl día 16 de agosto:

Y el día 17 de agosto:



TRAS LA MUERTE… ¡ESTOY VIVO!



Una trombosis le llevó al hospital, a los pocos días otra le acabó paralizando todo el cuerpo. Sólo sus ojos podían hablar. Así pasaban los días sin ninguna mejora. Sus hijos repartidos por el mundo se enteraron de modo distinto de su situación. Una hija en particular, María, no necesitó una llamada telefónica: él, su padre, apareció ante ella cuando se encontraba en el salón, lejos de asustarse se acercó a él…, entonces desapareció ante su vista. Ella supo que algo grave pasaba a unos miles de kilómetros.

Esperamos la llegada al hospital de varios hijos, entre ellos María. La situación era estable dentro de la gravedad, aunque en cualquier momento se podría producir un cambio no deseado.

La muerte no es igualmente entendida, asimilada, aceptada por todos. Para unos es un final, para otros queda la esperanza de una nueva vida aun sin saber cómo se produce ésta. Estos pensamientos rondaban en la mente de más de uno, también las vivencias del pasado en común. Demasiados sentimientos se estaban acumulando haciendo que las lágrimas cayeran en silencio… Llega la noche, un “Hasta mañana” se escucha…

Nos quedamos dos con él, como otra de tantas y tantas noches, acompañándole. El calor de una mano se unía a otra. Qué se puede decir cuando habla el corazón… Nada. Sólo sentir y aceptar. Cuando los pasillos están vacíos, las habitaciones habitadas por mundos dentro de un mundo mayor, el silencio de adueña de todo y de todos. Pasan los minutos, las horas… ¡Cuánto da de sí la mente hasta que ésta también se aquieta!

Una fuerte respiración nos saca del sopor. Todo el cuerpo entra en alerta máxima preguntándose: ¿qué va a ocurrir? Sus ojos nos miran queriendo decir tantas y tantas cosas… No era necesario. Tres corazones empezaban a latir al unísono hasta que uno de ellos cambió el ritmo lentamente. Se fue apagando hasta que dejó de latir. Las manos seguían entrelazadas. “No estás solo” –decían.

Y no, no estaba solo. Sabía su alma qué debía hacer: recorrió los kilómetros que le separaban de sus otros hijos que en ese momento descansaban preparándose para un nuevo día. Ella, María, despierta, nuevamente vio a su padre ante ella. No necesitó palabras, sus miradas se cruzaron diciéndolo todo. Supo que su alma había abandonado definitivamente el cuerpo que tantos años le sirvió de posada. Con su presencia le había dejado el mejor de los mensajes: “Estoy vivo”.

Un instante después llamo por teléfono para comunicar lo sucedido. Cada alma, cada ser, supo que no era por azar lo que estaba pasando. Cada uno aprendimos ese día algo que nunca olvidaremos.

Quizás la duda, el miedo, vuelva a surgir de muchas maneras ante la pregunta: ¿qué hay tras la muerte? No pretendo nada más que dar un testimonio real, que seguro no te dejará indiferente.




TODOS LOS SERES ESTAMOS CONECTADOS


Madrid, cuatro de Octubre de 1989, festividad de San Francisco de Asís. 

Un sueño en la noche del 3 al 4: Llaman a la puerta a altas horas de la noche, nos inquietamos pues no sabemos quién será. Abro la puerta y varios “policías” preguntan por mí. Dicen que tengo que acompañarles, pues tengo una información que necesitan. Cuentan que llevan años controlándome. Les digo que no voy con ellos. Insisten y acepto, con la condición de que me digan qué es lo que buscan. Me apuntan que a través de mí pueden ver acontecimientos que ocurrirán en la Tierra, entonces me doy cuenta que no son policías sino seres de otra dimensión. Les acompaño. Me encuentro en una sala tumbado sobre una cama de operaciones. No sé lo que hacen en mí. Cuando acaban me indican que va a ocurrir una catástrofe. Al momento me despierto y le cuento el sueño a mi esposa. Y ahí queda todo, aparentemente.

 Paloma (una amiga) llega a casa el sábado día 7 al mediodía y ya de entrada nos dice: "He tenido un sueño con Ángel el día cuatro un poco extraño". Intrigados, nos sentamos y comienza a relatarlo:

 «Me encontraba en el campo, cuando veo que una nave que estaba suspendida en el aire, frente a mí, se acerca. Aterrizó a pocos metros de mí. Tenía forma de dos platos unidos. De pronto una puerta se abrió, salieron dos seres. Llevaban un traje ajustado al cuerpo, plateado, cubriéndoles desde el cuello hasta los pies; su cara estaba descubierta, sus ojos eran rasgados, tipo oriental, el pelo era rubio y les llegaba hasta los hombros. »Me quedé paralizada de miedo. Se acercaron y me preguntaron: "Dónde está Ángel". Les contesté que no sabía dónde estaba (mentí pues sí lo sabía). La siguiente escena que vi era como te introducían en la nave, los tres a pie; de pronto me vi dentro de ésta, flotando. Tú (Ángel), estabas en una mesa de operaciones con muchos cables por el cuerpo. Había muchas pantallas parecidas a las de la televisión. Vi como te marcaban en la frente un triángulo con el vértice hacia arriba. Me miraron y me dijeron que tenías un cuerpo que no valía mucho, pero que la mente sí valía. También me dijeron que el día 17 habría una catástrofe. Pregunté de qué tipo y dónde, pero no me lo dijeron.»
El sueño acabó. Le conté el mío.

Nos sentamos a almorzar casi sin hablar. Después pusimos la televisión ―estaba sintonizada en el canal de Telemadrid―, comenzaba una película titulada: “Encuentros en la tercera fase". ¡Qué casualidad! 

Pasan los días… y llega el 17 de Octubre sin que nada fuera de lo común ocurra. Llega la noche. Me voy a la cama, duermo... De pronto, me despierto con una sensación de angustia horrible. Empiezo a sentir en mí el sufrimiento de mucha gente, me llegaba como si yo lo estuviera viviendo. Miré el reloj, pasaban muy pocos minutos de las 2 de la madrugada del 18 de Octubre. No volví a dormir en toda la noche. Por la mañana, como de costumbre, conecté la radio, escuché que un terremoto ocurrió en San Francisco, a las 17,04 horas del día 17, aquí ya 18 (hay 9 horas de diferencia). La hora coincidía. Comencé a encajar las piezas… Mi amiga nos llamó por teléfono aturdida, contándonos… que había tenido la misma experiencia que yo tuve por la noche. 

Pasan unos meses. En un canal de tv. emitían varios capítulos de una serie sobre fenómenos paranormales: “En busca del misterio” (Jiménez del Oso y J.J. Benítez). Los grabé. Poco a poco los fui viendo. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi uno grabado en un desierto de Méjico (La zona del silencio). La descripción de los seres que vieron, con un detalle: tenían en la frente, los dos seres, un triángulo con el vértice hacia arriba y un círculo en el centro. Nos quedamos de piedra.

Creo que todos los seres estamos conectados en el mundo en el que vivimos, así como entre las diversas dimensiones que componen la Realidad de la que formamos parte. Y vamos despertando poco a poco a una nueva forma de entenderla. Todo es Vida y Una, e infinitas sus manifestaciones.


SIN NOMBRE



Sé que estás ahí. Tú sabes que estoy aquí.
Puede que no fuera una casualidad. Quizás los acontecimientos estuvieran encadenados para que ocurriera el encuentro.
Mi memoria lo ha ocultado. Cuesta cualquier esfuerzo por recordar y, sin embargo, sé que tú estabas allí. Mi razón te niega. Mi alma te anhela.
No eres otro, sé que soy yo quien se encontró consigo mismo. ¿Locura? ¿Imaginación? ¿Realidad? No, no estoy para dar una respuesta. El alma sabe.
No ocurrió en un instante, en un lugar concreto, a una hora determinada. Fue un proceso paulatino. Años de ir encajando piezas sueltas, formar con ellas posibilidades que al poco tiempo eran descartadas una y otra vez. Puede que esperaras el momento propicio en que yo estuviera atento, sin distracciones; o puede que esperaras que ya nada deseara, que abandonara la búsqueda. Llevas años insinuándote, apareciendo y desapareciendo, dando toques de atención. ¿Es ahora? ¿Ya fue?
¿Cómo traducir en palabras lo que escapa a la razón, lo que no ha ocurrido en este espacio temporal y, a pesar de ello, tan real…? Todo juicio me lleva a un callejón sin salida.
Tú sabes, yo sé.
Llevo tiempo intentando comprender qué pasó aquel día y, sobre todo, por qué.
No voy a obtener respuesta, no es eso lo que buscas. Pues tú, yo, sabemos. No se trata de alcanzar ninguna cima. Se trata del alma humana, de conseguir que se inflame y, esto solamente sucede paso a paso, peldaño a peldaño. Ni ascendiendo ni descendiendo, sino yendo al centro, donde todos los caminos se encuentran, donde tú y yo dejamos de existir separadamente.
Antes del primer día, de la primera noche  ya éramos, mejor dicho “soy”. Mi morada, no está en un lugar determinado y, a pesar de ello, tengo donde refugiarme, donde reposar cuando cansado estoy. Tengo una apariencia que me distingue de otros, no para reforzar una personalidad, sino para multiplicar las de todos eternamente.
Soy desde un principio que nunca existió y, aun así, renazco una y otra vez. Ni siquiera espero que la muerte me lleve, lo hago en cada momento en que soy más consciente de quien soy. Hoy, una vez más, cual recién nacido, me he llevado en brazos, con amor, al otro lado. Tú has muerto, yo he muerto; tú has renacido, yo también.
Te conocen por muchos apelativos, muchos hablan de ti. Yo callo tu nombre.
No eres sólo una palabra más o menos hermosa, una ensoñación, una quimera. No eres sin más la luz y la oscuridad, sino la causa y final de ambas. Hoy, aquí y ahora, vives en todo corazón que palpita. Tomas innumerables rostros como tuyos; sueños como tuyos. Despiertas en cuantos lo solicitan, y esperas, pacientemente, el alba de un nuevo día para quienes sueñan aún. Despiertos o dormidos, nada es diferente de ti, pues tú no distingues una mano de otra, ambas son tu creación, en ellas te manifiestas por igual.
Ahora sé lo que mi razón no comprende.
Más allá del tiempo y el espacio, donde éste se crea y recrea, esperas, pacientemente, que la chispa se convierta en llama, la llama en fuego y el fuego en incendio que extinga el alma y la fusione con el sol que no quema.
Hoy, llevaba en mis brazos un recién nacido,  sin nombre. Luce como el sol.


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