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OTRA IDENTIDAD

 


OTRA IDENTIDAD 


  No sé, o quizás sí, supe cómo he llegado hasta aquí. Y tú, aparentemente atareado en tus asuntos, que resulta también son los míos, los de todos… Te volviste hacia mí como si fuera pura rutina que estuviera ‘al otro lado'. Puede que sea así para ti, pero en mi memoria está borrado. Ahora tienes otro nombre, ambos sabemos que es uno de tantos, mas tras él sigues siendo tú, el de siempre. Sonríes y me dices que tengo que tomar otra identidad, comenzar una nueva vida desde ‘cero'. Aún es pronto, tengo asuntos pendientes. Aunque eso del tiempo es relativo, pero así lo veo desde mi óptica terrenal. Es fácil cuando se contempla el mapa con la ruta e itinerarios previstos, mas cuando el olvido impera lo aún no vivido es pura quimera. Aún así confío. Yo sé, tú sabes, que merece la pena este viaje, y espero que la próxima vez que nos veamos sea en este lado del velo. Te reconoceré, sin importar bajo qué apariencia te muestres.

  Por cierto, bendita la luz que nos envolvió.   

  Gracias, ya sabes por qué.

  Hasta dentro de un rato.

DE LA MANO

   




Olas, una tras otra acarician la orilla del mar. Varias gaviotas ajenas a su vaivén otean la superficie buscando saciar el hambre, hoy al igual que hace miles de años.

  Una silueta humana se adentra lentamente rompiendo una ola, otra, hasta perderse en el horizonte. ¿Encontrará lo que busca al otro lado atraída por la luz de un sol misterioso tras el horizonte? ¿Volverá para desvelarnos sus secretos? Quizás…

  Mientras espero, cierro mis ojos, el susurro adormecedor de las olas mece mi alma inquieta. Silencio, quietud, vacío…

  Mi corazón alarga su cadencia lentamente hasta ser imperceptible.

  Abro mis ojos, el paisaje ha cambiado, aún estando a la orilla de ¿otro mar?. Un ser sale de sus aguas, me saluda. Le saludo.

  -¿Dónde estoy? -me pregunta. He realizado una larga travesía hasta llegar aquí.

  Le sonrío sin dar respuesta. Yo, tampoco lo sé.

  -¿Queríais saber qué esconde la luz? -Una voz surge a nuestra espalda-. Pues bien, vuestro origen y destino.

  ¿Quién pronunciaba tales palabras? Me volví y, quien parecía ser un anciano, nos sonreía, asintiendo.

  Al acercarse, su tez rejuvenecía por momentos. Tuve que frotarme los ojos.

  -Soy tú, soy ella. Soy vosotros. Soy todo cuanto veis y soñáis. Soy la luz y la sombra que proyectáis, vuestro pasado y futuro. Y, sobretodo, vuestro presente allá dónde estéis.

  Me atraía la profundidad de sus ojos. Su rostro mostraba un secreto: su androginia.

  -¿Eres nosotros, nuestra fusión?

  -Soy eso y mucho más. Lo iréis descubriendo poco a poco. Dejad un espacio vacío, una abertura a lo imposible en vuestras mentes inquietas. Y, no olvidéis lo más importante: caminad juntos, de la mano.


  Las olas rompen el silencio. Las gaviotas graznan surcando el cielo. La otra orilla parece lejana…

  Nos alejamos del mar, adentrándonos en la cotidianidad. Nos espera un nuevo día en esta realidad, juntos, de la mano, una vez más.





RADIO AMOR

 



-No entiendo el por qué de este olvido. Estar aquí, entre vosotros, viejos amigos, debería ser noticia y, sin embargo parece que somos miembros clandestinos de no sé qué grupo desestabilizador, -así abrí lo que mi alma sentía, sin adornos.


-No, amigo, hermano -dijo uno de ellos-, no somos clandestinos. Es mucho más sencillo: simplemente no existimos para el mundo porque no nos ven ni creen siquiera en la posibilidad de que sea posible. Vibramos a una frecuencia que ninguno de sus aparatos es capaz de sintonizar y, lo más gracioso es que estamos presentes en la misma Tierra que ellos pisan.


-Entonces, ¿por qué os veo y, por qué estoy aquí?


«Nos ves y estás aquí por tu sintonía. Has girado el dial lo suficiente para sintonizar ‘Radio Amor'. Como sabrás no eres el único. Sois muchos los que vais y venís con cierta asiduidad.

»Si hoy, ahora, estás aquí es para dar testimonio de nuestra realidad. Los que han abierto lo suficiente los pétalos de su alma buscan aún fuera lo que llevan dentro. Es ahí donde somos reales en vuestro plano de la realidad hasta que por la fuerza de un intenso amor de la humanidad se rasgue el velo que nos separa. Entonces sabréis que siempre estuvimos ahí, aquí, en una misma Realidad.»


-Entonces, ¿por qué está separación? ¿Sabes la sensación de sentirse huérfano, de faltarte algo vital y de vagar por el mundo tras perderlo?


-¡Claro que lo sé! No nací ayer, ni anteayer… Como tú he sufrido la misma ausencia. Sentir que la vida no tiene sentido cuando ves tanto sufrimiento, tanta sinrazón. Me rompí en mil pedazos, no una sino varias veces… Y me reconstruí, átomo a átomo, célula a célula. Así supe que tenía la posibilidad de crearme y recrearme. Tal poder no vino de fuera sino de la voluntad de amar a cuanto me rodeaba. Verlos sufrir, morir y desaparecer para ‘siempre' me mataba estando vivo. Ese amor rompió literalmente mi alma y, entonces contemplé quien era yo. Supe en mi ignorancia de mi eternidad. Existo sin existir, Soy sin ser… Soy el que ES, sin principio ni fin. Todo cuanto ves, cuanto fuiste y serás… SOY YO. 


-¿Cómo puedes tener un cuerpo, un rostro que no es el mío, si tú eres yo y yo soy tú?


-Tú me has creado a tu imagen y semejanza. ¿No lo recuerdas? Tú has creado todo, y cuando digo todo, es TODO. Yo soy tu creación como tú la mía. Por eso me buscas y nos buscan. Soy, somos, vosotros en vuestro futuro, el que estáis imaginando con el Amor que eres, sois, capaces de crear.


-Mi mente estaba confusa…


-¡Aquieta la mente!


Sus palabras las percibí como una orden y… callé mi mente. Al instante me miré los pies… ¡No los tenía! ¿Y mis manos? No estaban. Ni Él, ni ellos… Todo había desaparecido.

Y vi bombas caer… ¿Dónde estaba?


-Estás viendo lo que tú eres. Aunque de un modo algo brusco, estás desintegrando lo que fuiste… Nada temas, porque YA has creado un mundo nuevo, una Tierra virgen donde tú y todos los que tú eres, somos, habitaremos. Ya estamos habitando. Millones de rostros son tu rostro, el mío. En la Realidad YA ES.


Y así como lo viví os lo transmito. No espero que creáis mis palabras. Escuchaos a vosotras, a vosotros, porque tenéis la respuesta.

SOY YO, MI ALMA

 


Busco mi alma como la noche anhela el día.

¿Por qué te ocultas?

« Siempre estoy ante ti. Te digo más, estoy en ti. No me reconoces porque aún dudas de mí… De ti.

»Eres fuego, agua, viento, tierra… Y mucho más.

»Soy yo quien en un instante de eternidad olvido para recordar. Me pierdo para encontrarme… en ti. Muero para vivir. Vivo para morir. 

»¿No ves que tu razón es mi sinrazón? Te desequilibro para que rompas esquemas caducos. Si saltas al vacío no es para que seas un héroe sino simplemente un ser humano, un amante de la vida. 

»No, no te pido que confíes, que creas sin ver. Quiero que sientas tus descalzos pies embarrarse hasta que se fundan con la tierra que te vio nacer. Si caes, tienes el poder de levantarte. Si mueres serás uno con el barro que moldearás una vez más.

»Día y noche, ¿qué son en realidad? Hay otro sol que te ilumina. No lo busques.»


EL MENSAJE ORIGINAL

 


En tiempos de Jesucristo, unos dos mil años atrás, todo parecía sencillo para quienes buscaban la verdad. Sabían de las leyes judaicas, del intrincado entramado donde se dictaba cómo era una vida recta a ojos de los rabinos, donde sólo cabía acatarlas. Unos pocos rebeldes, movidos por un espíritu renovador, tuvieron la valentía de enfrentarse a ellos. El poder omnipotente estaba en el invasor romano, y dejaban los asuntos religiosos del pueblo judío sometido en sus propias manos… 

Siempre y cuando no fueran contra Roma.

“Jóvenes inquietos, no son peligrosos”, decían.

“Sencillez, sin leyes ni comedias”. Su mensaje calaba en el pueblo llano, cansado de la hipocresía de los fariseos y saduceos. 

Éstos se repartían los cargos del poder religioso y político en su propio beneficio. Eran una casta privilegiada.

¿Cambiar el sistema de vida? Vana ilusión. Y estos pocos locos de corazón creyeron lo imposible.

Hablaban al gentío, les llegaban al corazón: “Amaos". 

¡Radicales! Comenzaron a atacarles cuando despertaron a las conciencias dormidas. Cuestionar a quien tenía la verdad absoluta y el privilegio de ser interlocutor de Yahvé, era traspasar el límite. 

Sí, eran radicales, pues iban a la raíz. En cada uno estaba vivo el espíritu de Dios, ¿por qué no despertarlo, escucharlo y seguir el propio dictado? 

El Poder vio peligrar su régimen. Una cuestión era que los esenios vivieran retirados en el desierto siendo inofensivos y otra que éstos y zelotes, atraídos por un líder que nunca lo quiso ser, apoyarán su causa. 

Había que tomar medidas drásticas. Dar un escarmiento.

Arrestado el líder, Rabí le llamaban, fue sometido a un juicio sumarísimo. Sentenciado a muerte sin dilación, fue crucificado como un ladrón. Un poco sí lo era, les robó un pueblo dormido. 

Tras su muerte, los verdaderos ladrones siguieron su vida en el poder. 

Pasaron los siglos…

Otros fariseos ocuparon su lugar. Creando, modificando, actualizando, leyes religiosas para adaptarse a los tiempos. 

Pero poco, en el fondo, ha cambiado. Sus normas son como una tela de araña, sólo atrapa a pequeños insectos, los grandes se la saltan. 

El dinero mueve montañas y el poder terrenal relega la espiritualidad al último lugar. Si tienes posibles, serás como esos insectos grandes, formarás parte de la casta. 

¿Hace falta recordarles a los doctos de la Iglesia por qué están ahí?  Atrapados en su propia tela de araña han olvidado que un día fueron jóvenes rebeldes. ¿En qué os habéis convertido? No seáis hipócritas, sobran leyes y condenas.

Ama, es sencillo.




KARMA

 


Poco antes del alba, me desperté sobresaltada. No sé si fue real o no, pero ahí estaba, fresco en mi mente. 

Llevaba tiempo cuestionándome mi actitud con los demás. Me reía de todos y a todos les amargaba la existencia, hasta el punto de que rehuían acercarse a mí.  Ya les había hecho demasiado daño. La verdad es que los odiaba, tenían lo que yo quiero y no puedo tener. Me sentía superior a ellos. Yo pertenecía a otra clase social por mis progenitores, los demás eran clase baja, escoria.

Mentía sin rubor para destruirlos. Lo peor es que había quien reía mis gracias y me crecí, hasta el punto que confundí la realidad con mis fantasías. Me creía reina y los demás mis súbditos, hasta esta noche…

He vivido en mis carnes lo que les hice. No sé como pero he sido cada uno de ellos. He sufrido su dolor, su angustia, su desazón. ¡Todos, sin excepción! Mis palabras dichas contra ellos rebotaban en ese estado de delirio. No podía soportarlo. Una y otra vez, sin cesar. Gritaba ¡basta ya! Pero no cesaban. Mi corazón parecía estallar y estalló…

Oscuridad y silencio. Tras un tiempo indefinido de no ser -palabra que utilizaba como un cuchillo y clavaba sin compasión- pude respirar y escuché los latidos de mi corazón. ¿Habré muerto?

No lo sé. Si esto es la muerte quiero vivir, salir de aquí, donde sea que esté. 

¿Hay alguien? Grité. No veo nada ni oigo nada. Noté mis pies y empecé a andar en medio de la oscuridad. A tientas intenté tocar algo, pero nada. ¡No había nada!

Todo parecía irme mal en la vida. Mis trabajos los perdía sin cesar, incluso me llamaban ‘gafe'. ¡Yo, que lo he dado todo! Eso creía en mi realidad.

Y, ahora me pregunto: ¿no será que la vida me devuelve cuanto le doy con intereses? Karma, que tontería… Con este pensamiento no me percaté que algo había cambiado alrededor. Una penumbra me permitía ver. ¡Estaba en mi habitación y mi cuerpo ahí, tumbado en mi cama! No podía ser y, sin embargo estaba. Me acerqué y lo toqué. ¡Dios mío! Lo he atravesado! Esto no puede ser real.

Algo noté a mi espalda. Me giré y ¡ahí estaban todos ellos, como fantasmas! Me sonreían. Y uno, al que no reconocí, algo más alto y fornido que el resto, me habló. 

-No eres gafe. La vida, como tú la llamas, tiene sus leyes, que no castigos. No hay más castigo que el  que tú te infringes. Todo cuanto haces tiene consecuencias y lo que das te vuelve multiplicado. Así que tú decides, eres tú propio juez. Has vivido en ti lo que tus ‘victimas' han sufrido. Nada te hicieron, salvo ayudarte. Pero tu soberbia era incapaz de percibirlo.

Bien, ahora es tu decisión cambiar las tornas. Lo que consideras negativo puede desaparecer al instante y dejar de ser ‘gafe'. Ahora, vuelve a tu cuerpo. Despertarás con una viva impresión de lo acontecido. Lo necesitarás para reafirmarte en el giro que vas a dar.

No le hice ni una sola pregunta, ahora me arrepiento. Parecía saberlo todo de todo y de mí. 

Y, aquí estoy, despierta. Algo ha cambiado en mí.


UNA INTENSA LUZ

 




UNA INTENSA LUZ


Las aguas frías arropaban mi cuerpo enjuto.

Me dejé mecer vencido, agotado.

El fin, es el final, me repetía.

Recordé a quienes amaba, casi podía sentirlos, tocarlos.

Quisiera estar lejos, volver al lugar donde nací y viví, con los míos. ¿Es tanto pedir?

Poco a poco dejé de sentir, pensar. Me costaba respirar.

Se acabó…

¿Dónde estoy? ¿Estoy muerto? ¡Imposible! ¡Mis manos! ¡Veo mis manos! Reí, no sé si de nervios o felicidad. ¡Estoy vivo!

Una intensa luz me atrae. Cierro mis ojos. Vuelvo a mirar. ¿Qué o quién es?

Una silueta humana. ¿Te conozco? ¿Me conoces?

-Claro que te conozco y también me conoces, -una dulce voz escucho dentro de mí.

-¿Quién eres?

-Soy tú, el que siempre ES.

Me estoy volviendo loco. No puede ser verdad, es una alucinación.

-No lo es, respondió.

-¿Lees mi mente?

-Por qué no, si somos el mismo ser.

-No entiendo.

-Es que no va de entender, sino de sentir, de amar.

-Has cumplido con creces tu objetivo, tu misión.

-¿Qué misión? Extrañado le pregunté.

-Crecer en el amor. Este es tu objetivo, sólo necesitabas voluntad, la de entregarte en cuerpo y alma a los demás.

-Pero si no he hecho nada especial.

-¿Te parece poco tu esfuerzo cada día, poniéndote en último lugar, con tus hijos, tu esposa y con los demás?

-Nunca he pensado en mí, eso es cierto. Y querer a la familia es lo normal.

-Sí, es lo normal. Pero no es lo mismo querer que amar. “Yo quiero". ¿Entiendes? “Yo". Éste implica, aún sin saberlo, que el ego aún manda. Amar es desprendimiento, vacuidad. Pero no te preocupes, ya entenderás. Donde vamos, donde vas, es lo habitual.

-¿No vuelvo a casa?

-¿Y, dónde crees que estás?

-¿Y ellos?

-Están allí y están acá… Como tú ahora estás.

Unos pasos en un suelo que no sentí y, allí estaban ellos, mis padres, mi esposa, mis hijos… ¡Dios, qué felicidad!

-Así es, este es Dios, el de verdad.

Todos somos Él… Nosotros, más allá del tiempo y el espacio, aquí y ahora.


HAY UN PLAN



  Me lo podría inventar. Especular que Tú no eres más que una quimera, el fruto de una mente imaginativa. Pero no, eres real. ¿Pero, quién eres Tú? ¿Cómo es posible que dos mil años no sean nada más que un parpadeo para Ti?
  Cuando de niño escuchaba hablar de Ti, imaginaba que sí era posible tu existencia en el pasado. Leyendo “Los Evangelios” encontré palabras, frases, que estaban cargadas de amor y sabiduría. No podían ser pura fantasía sin más. “Y venció a la muerte”, leía una y otra vez: uno de los temas más controvertidos y cuestionables a lo largo de este tiempo, tanto por los doctos como por el pueblo llano. Supuse que vivirías en un mundo aparte, un Cielo donde la paz y la armonía brillarían más que el Sol. Conjeturé tantas cosas…
  Y los días, meses y años pasaron. La vorágine de la vida me envolvía de un modo que pensar se convertía en un lujo. El agotamiento físico no dejaba nada más. No, no era casual, formaba parte del aprendizaje, del autoconocimiento, del desprendimiento del ego. Había que ponerlo en su sitio.
  Y Tú, en la sombra, en el silencio, trabajabas noche y día. No, no sabía, ni lo intuía. Solamente esperabas con infinita paciencia que la semilla tuviera la suficiente fuerza como para rasgar la tierra y buscar la luz. Han sido tiempos muy difíciles, tanto que la desesperanza asomaba en más de una ocasión. Andar a ciegas, sin saber si dar un paso adelante es lo adecuado o un salto al vacío; cuando gritaba y nadie me escuchaba; cuando me ahogaba en mis propias lágrimas; cuando todo perdía su sentido…
  Y Tú, estabas ahí, aquí. No lo supe. Esperabas que mi “yo” cayera rendido, abatido, sin fuerzas para dar un solo paso. Y llegó el momento, con las manos vacías y solo, con un corazón amante –era esto lo que esperabas‒ por encima de mí mismo, fue como supe que Tú estabas presente.
  No, no vives en ningún Cielo, estás aquí, en este mundo. Un mundo que es mucho más de lo que nuestros limitados ojos perciben. Miramos sin ver, pero no es culpa de nadie, ni nuestra, como no la tiene la semilla que se entierra para después brotar. Hay un plan inscrito en su ADN, un proyecto que se desarrolla por fases hasta que alcanza su cenit. Hay un Plan en nuestro ADN.
  Hace dos mil años despertaste en un hombre. La muerte no fue tu final, sino parte de un proceso necesario, el abandono de una piel que se quedaba pequeña, limitada. Tú, has llegado a un punto en tu crecimiento que parece un sueño, un imposible para nosotros, los mortales…
  Pero no es así. Hoy tienes un cuerpo físico, no es el del gusano, sino el de la mariposa. ¿Cómo le explicas a un gusano que puede volar? Callas y esperas el momento propicio.
¿Cuántas mariposas revolotean en este mundo sin que los gusanos lo perciban? Y, sin embargo, ocurre.

  Un día, unos pocos años atrás, bajo la sombra de un olivo te mostraste. Fue un momento muy particular, vital. Y decidiste darte a conocer...
  Y hablaste, fueron pocas frases. Palabras de confianza, de amor, de entrega, de presente y futuro…
  Y, desapareciste de la vista, pero te quedaste para siempre, donde “el fuego no quema”. Entonces comprendí que nunca te fuiste.


DONDE ME PERDÍ



El cuerpo desangelado.
El alma con la mirada perdida en el horizonte.
Recordando, olvidando.
Nubes vienen y van…
De paso, siempre de paso.
¿Qué hay más allá?
Quizás nada,
puede que todo.
¿Quién sabe?
¿Tú lo sabes?
¿Lo sé yo?
No basta creer…,
alcanzar la línea y cruzarla.
Un paso más y seguir,
hasta llegar donde me perdí,
donde tú estás
y yo no comprendí.



COMO TU PADRE



Nací en las entrañas de mi tierra,
milenios hace.
Crecí con el calor del Sol.
Mis raíces en ti, Madre.
Con tus elementos me adornaste,
mas un día,
me revelaste,
un tesoro escondido en mi interior,
joya de diamante.
Me susurraste:
“Susténtalo, un día serás como tu Padre”.





LA BÚSQUEDA DE KAMALINI



  Caminaba Kamalini por las intrincadas callejuelas de la gran urbe, a la que entraba por primera vez. Le hablaron de un yogui que había trascendido su alma del mundo de maya, quería ver y escuchar de primera mano el mensaje de un buda viviente. Al contrario de lo que pensaba, y a pesar de su insistencia, nadie sabía darle indicaciones de dónde se encontraba tan singular personaje, como mucho le referían sobre diferentes templos con imágenes budistas, pero nada sobre un Buda viviente. Hasta llegó a pensar si todo habría sido el fruto de un sueño.

  Pasaron varios días de búsqueda infructuosa. Había recorrido la urbe palmo a palmo y nada, ni rastro del ser que buscaba.
  Una noche, dormida Kamalini sobre el banco de un parque, se le acercó un mendigo. 
―Por favor –le dijo con voz pausaba y cansada–, ¿puedo pasar la noche aquí? Señalando con su mano, arrugada por el paso obligado de los años, el banco en el que reposaba Kamalini.  
 Ella, un tanto sorprendida, miró a su alrededor y vio que otros bancos estaban vacíos, algunos incluso tenían pedazos de cartones abandonados por algún vagabundo. Se sentó y le cedió parte del banco, dejando aún calientes los cartones sobre los que había dormido. El mendigo se tumbó dándole las gracias. Dejó una bolsa desvencijada y vacía a sus pies, quedándose profundamente dormido.

  Kamalini no consiguió cerrar sus ojos, pasó la noche observando al mendigo. Su cuerpo estaba enjuto, marcado posiblemente por una vida dura; su pelo, canoso y escaso, le llegaba a los hombros, y junto a una exigua barba le daban un porte algo singular. 
Debía de tener al menos setenta años, por las arrugas de su semblante     –se decía Kamalini.
  ¿Qué hace que una persona pase, quizás sus últimos días, abandonado en un lugar como este parque? ¿Habría encontrado el sentido de su vida o, ésta sería un auténtico fracaso? ¿Acabaré del mismo modo mis días? Y así, con estas y otras preguntas semejantes de Kamalini, el alba de un nuevo día llegó.

  El mendigo abrió sus ojos. Mirando a Kamalini, metió sus manos en la pequeña bolsa que portaba y sacó un pedazo de pan, partió dos pedazos iguales. 
 ―Toma –le dijo el mendigo–, comparto contigo aquello que he encontrado en mi bolsa. 
 Ella un tanto sorprendida, pues vio claramente que en la bolsa antes no había nada, aceptó con agrado el pan. En silencio, ambos, sin ninguna prisa, acabaron su ligero desayuno…, quizá fuera lo único que saborearían a lo largo del día.

  El mendigo preguntó a Kamalini el porqué de su estancia en la ciudad, pues por sus facciones sabía que no era del lugar. Ella le contó sus motivaciones, él escuchaba atentamente sin pestañear. Kamalini se dio cuenta que la expresión del rostro del mendigo no correspondía a la que había visto minutos antes, su piel se encontraba tersa y el brillo de sus ojos desprendían una serenidad sin igual. Casi sin darse cuenta, el mendigo extrajo de su bolsa un saquito con semillas de trigo y puso un grano en la mano de Kamalini. Ella miró su mano y le miró a él, no comprendía.
  El mendigo sonrió. 
 ―¿Buscas a Buda vivo? –le dijo. 
  Kamalini asintió con la cabeza.
  ―Guarda el grano de trigo en esta bolsa –continuó el mendigo–, ofreciéndole la suya.  
  Siguió hablándole el mendigo: 
  ―Todo aquello que pides con humildad, busca en la bolsa y lo obtendrás; más antes has de dar, compartir con los demás, algo tuyo hasta que ya nada poseas. Todo deseo lleva consigo el apego y la posesión.  Querrás defender aquello que crees que te pertenece llegando incluso a hacer daño al prójimo razonando con argumentos “válidos” tal actitud. Nada justifica el más mínimo daño a tu hermano. 

 El mendigo se levantó, miró a los ojos a Kamalini.
 ―Recuerda –le dijo–, que la energía nunca ha de detenerse, de hecho nunca se detiene. Todo es energía viva, luz, tú y yo, todos. Le sonrió y se alejó dando la espalda a Kamalini, con un “volveremos a vernos”.

  Ella se fijó en el rastro de luz que el mendigo iba dejando tras de sí. En un instante, todo su ser se convirtió en un haz luminoso hasta, poco a poco, hacerse imperceptible en la lejanía.
  Kamalini se levantó abrumada por lo acontecido. Abrió la bolsa. Metió la mano sacando el grano de trigo y, cuál fue su sorpresa, al ver que éste brillaba con una luz que no era de este mundo.

   Una paloma se acercó a Kamalini, con un giro de su cabeza parecía pedirle un poco de comida.  Kamalini sonriendo se arrodilló, posó su mano junto al suelo, la abrió y la paloma suavemente con su pico tomó el grano. Retrocedió y se marchó volando, dejando una estela de luz en el aire.

 Kamalini continuó su marcha, esta vez alejándose de la ciudad, sin deseo y con una bolsa vacía. Sin darse cuenta, su cuerpo brillaba como el Sol que nos alumbra cada día.


EL MONASTERIO



  Una larga jornada llegaba a su fin. En el horizonte ya podía contemplar el monasterio al que me dirigía.  Tras él, imponentes montañas colmadas de nieve perpetua, su visión me trasladaba al pasado, cuando siendo aún joven traspasé las puertas por última vez creyendo que nunca más volvería al que fue y sigue siendo mi hogar.
  Un alto en el camino hasta el alba… Junto a unas rocas, que me servían de protección ante el viento reinante, decidí pasar la noche. El Sol había desaparecido y poco quedaba para que el silencio nocturno fuera sobrecogedor, como siempre lo es aquí. Pocos caminantes se atreven a atravesar los desfiladeros que te sumergen en esta incógnita región del Himalaya, y aún menos saben de la existencia del monasterio. Éste nunca ha acogido a peregrinos y pocos han sido los monjes que han traspasado sus puertas; no es un centro de aprendizaje al uso, sino más bien el corazón, el alma, de un entramado que se extiende por los confines del mundo de un modo que pasa desapercibido a los ojos humanos.
  Abrí los ojos ante un nuevo amanecer. Buitres revoloteaban en un cielo raso oteando el terreno, esperando que algún animal moribundo les sirviera de festín…, son pacientes. Tras un frugal desayuno emprendí la marcha. Aunque es primavera, el frío calaba los huesos y caminar es un buen modo de calentar el cuerpo. El corazón palpitaba con intensidad. Hacía tiempo que no sentía en mi ser esta agitación. Aceleré el paso, pues quería llegar antes del atardecer, aún quedaba un escollo por salvar y pretendí solventarlo con la luz del día. Llegué, tras horas de marcha, ante una bifurcación que a cualquiera confunde. Por un lado, una ladera escarpada y al fondo un valle que incita a recorrerlo, llevándote nuevamente a la civilización; por otro un muro de piedra infranqueable cuya inmensidad impone. ¿Quién se atrevería en su sano juicio a escalarlo? Nadie… salvo unos pocos locos o quienes saben qué se esconde detrás… Sólo un pálpito hace que uno se arriesgue a intentarlo. Lo hice hace ya tantos años que casi no recuerdo que casi me cuesta la vida y, sin embargo, fue la mejor decisión que tomé. ¿Locuras de juventud? Quizás algo más… 
  Ahora mi cuerpo ya no es el mismo, está enjuto, gastado por los años… Parado frente a la pared tomé aliento. Miré hacia arriba, parecía un guardián receloso ante cualquier forastero. Me senté, mi respiración jadeante poco a poco fue calmándose. Cerré los ojos y esperé… 
  La barrera dejó de existir. Ante mí, dos pilares sostenían un portón con dos hojas colosales policromadas con distintas tonalidades de ocre amarillo, anaranjado y rojizo. Se abrieron de par en par, con un chasquido que helaba la sangre. Nada podía ver excepto la oscuridad. Me incorporé lentamente, como quien se encuentra ante un lugar sagrado, no por reverenciarlo, sino por la pequeñez que mi alma sentía ante lo que escondía. Con paso decidido me adentré, las puertas se cerraron tras de mí. Nada podía contemplar y aun así seguí caminando en línea recta entre tinieblas. Es como adentrarse en las profundidades del alma, en los rincones donde lo inconfesable se manifiesta y… ¡vaya si lo hace! 
  Paré. Volví a percibir cuanto aconteció en mi larga existencia como si estuviera ocurriendo ahora mismo. Esta vez, fue diferente: me sentí como un observador impávido. No, no me dejé arrastrar por las emociones, ni las de otros ni las mías. Comprendí que los hechos no son relevantes, ya que éstos son humo que el viento lleva lejos hasta desaparecer; queda la sabiduría que la experiencia lleva implícita si somos capaces de captarla, o seguir sumidos en la ignorancia de uno mismo hasta una próxima ocasión.
  La luz fue haciéndose dueña del lugar, si es que puede llamarse de este modo al espacio donde me encontraba. Pudiera parecer fruto de la mejor novela fantasiosa -el alma sabe-, mas no lo es. Mi cuerpo dejé de sentirlo, aunque no es el término más adecuado, ya que “mi cuerpo” en este momento de eternidad es todo cuanto haya podido existir, existe o existirá. Duró un segundo tal estado, para nuevamente “recuperar” la forma con la que me identificaba, o eso creía… Toqué con mis manos mi rostro, mis piernas y, aquí estaban.
  Un patio empedrado ante mí me acercaba a una edificación modesta, hecha de madera y piedras, artesanalmente encajadas. Entré en su interior, parecía que todos sus habitantes habían desaparecido, o quizás estaban afanados en otras labores lejos de aquí. De pronto, escuché mi nombre, era una voz lejana que me hizo sonreír. Giré la cabeza y ahí estaba él, mi viejo maestro. Se aproximaba dando grandes zancadas. Estaba contento de verme… Nos abrazamos como sólo lo hacen los amigos de verdad, los hermanos del alma. Una lágrima caía de mi mejilla, de pura alegría. Respiré profundamente queriendo eternizar el tiempo.
  Estaba igual que entonces. No sé cómo lo conseguía, o tal vez sí…
  ‒Voy a preparar un poco de té, ‒me dijo.
  ‒Gracias, aún tengo helado el cuerpo, ‒sonriendo le contesté.
  Un destello de luz atrajo mi atención. Me acerqué. Era un espejo y, cual fue mi sorpresa al verme reflejado en él. ¡Mi rostro no era el mismo y, aun así, me reconocía!
  Llegó él con dos tazas. Me invitó a sentarme.
  ‒¿Te pasa algo? ‒me dijo.
  Me costó pronunciar palabra. Tomé un poco de té y le contesté con una pregunta:
  ‒¿Qué me ha pasado, lo sabes?
  ‒¡Claro! Eres tú, el que siempre has sido, eres y serás. Tienes una apariencia, pues estamos en el universo de las formas. ¿Por qué ésta y no otra?, me dirás. Pues porque es con la que te sientes más identificado, aunque se remonta a un tiempo remoto es la que vas construyendo día a día, existencia tras existencia. Recuerda que todo es cambio y en éste permanecemos inalterables.
  Me guiñó un ojo y siguió tomando el té en silencio. Yo hice lo mismo.
  ‒Ahora descansa. Ha sido un largo día, mañana verás a los demás monjes. Saben de tu llegada y están deseando verte. Hay mucho que hacer… ‒me aseveró.
  Sí, mucho, me dije en silencio.



SOY EN EL NO-SER




Contemplo mi vida, con sus alegrías y tristezas. 
Cuando veo el camino transcurrido, siempre acabo mirando el agua serena del lago. Veo a quien no es y sin embargo ahí está. Lo toco y se disgrega, volviendo instantes después a mostrarse como antes. 
Me levanto y sigo mi camino. ¿Habrá desaparecido mi rostro con mi partida, o algo de mí permanece en el lago para siempre?
Levanto la vista hacia la bóveda celeste. En la despejada noche, elevo mi mano hasta “tocar” una estrella con un dedo. ¿Qué nos separa, qué nos une? 
Soy en el No-ser. 
Sigo caminando, eterno peregrino.


“ABAJO”, AL OTRO LADO.



Intranquilo y dubitativo ante la responsabilidad que acarreaba una nueva inmersión en el “barro” ‒tiempo hacía de mi última vez‒, andaba de un lado a otro. Decir “sí” implicaba olvidarme nuevamente de mi “paraíso”, de mis amigos, de una paz y comprensión inigualables. Es mi alma quien así meditaba en silencio. Claro que mi mutismo era leído por cualquiera, pero me permitía esta licencia muy “humana” adquirida al otro lado de la Vida ‒el reino donde nada permanece inalterable‒, muy al contrario del lugar en que me hallo, donde el fuego interno es la luz infinita en la que soy, somos… pura y eterna conciencia. Cuando me vaya me la llevaré conmigo. Es la joya que me calmará cuando sumergido en las agitadas aguas de mis emociones sienta ahogarme; la claridad, cuando mi mente sea arrastrada a las sombrías profundidades de mi alma; el calor, cuando el frío contacto con mi ego me haga olvidar quien soy.

‒¡Hola! 
Levanto la vista, aún ensimismado en mis pensamientos. Sonrío. Levanto mi mano, devolviendo el saludo. Una vieja amiga se acerca. Ella ya ha decidido la fecha de su partida, será unos pocos años antes que la mía, lo cual si seguimos el plan trazado, nos reencontraremos “allá abajo”. Esta vez será un encuentro breve, mas ambos sabremos que somos viejos amigos del alma.
‒¿Aún dudas? ‒me dice.
‒No es la duda la causa de mis “males”, sino si seré capaz de soportar la fuerte atracción de la materia, si podré domesticar a tan brutal contrincante o seré absorbido por ésta. Sé que el fracaso no existe, que cualquier decisión que tome será comprendida dada la dificultad de mi objetivo. También sé muy bien que no estaré solo, tú y otros ya hemos acordado ayudarnos mutuamente allanando un poco el camino cuesta arriba que nos espera.
‒¿Temes que te ocurra como en el pasado sucedió? No estés preocupado, cuanto pasaste ha sentado una base inalterable en tu alma. Ya sabes de qué estás hecho, y esto no se olvida nunca. Te aferrarás a ello cuando te sientas abandonado, vacío. Recordarás. Escucharás, sin palabras, cómo fluye la Vida y te dejarás llevar, del mismo modo en que un recién nacido es mecido en los brazos de su madre amante. Sólo sentir, nada más.
‒¿Cuándo partes? ‒le pregunté.
‒Al alba de un nuevo día en la Tierra que me verá nacer. Ya sabes que nuestro tiempo aquí nada tiene que ver con el de “abajo”: un día son mil años y mil años, un día. Es “ya”, cuando así lo sienta mi Ser Profundo, mientras tanto, disfruto de mi estancia. Hasta pronto. Nos veremos cuando así lo deseemos.
‒Hasta dentro de un rato, ‒le contesté sonriendo.
Su alma es pura alegría, por donde pasa deja su estela que tarda en disolverse…
Ni siquiera aquí existe la casualidad. Sus palabras han calado en mí. La decisión está tomada. Acepto el riesgo.

Todo cuanto me rodeaba está desapareciendo:  casas, gentes, paisaje…, todo.
Ahora la nada. Es aquí, donde el alma pierde su nombre, ni arriba ni abajo, nada donde asirme. Es la Voz del silencio la que me habla, sin palabras. “Sí”, es todo cuanto me atrevo a pronunciar. Una cálida luz me envuelve. Soy la luz, es cuanto necesito saber.
Al fondo, un punto oscuro me atrae irremediablemente. Un llanto, el mío, rompe el silencio. Tanta luz me ciega. Cuesta adaptarse a la oscura luz de “abajo”.


UN NUEVO COMIENZO



Caminé en la oscuridad absorto en mis pensamientos sin un rumbo fijo. Me senté en un banco de un parque sin nombre. El silencio se palpaba. A lo lejos, algunos  viandantes en busca de su destino, ¿quién sabe qué les ocurriría al día siguiente? Ahora, el tiempo parecía haberse detenido… Alguien me dijo que ocurriría y que sabría, llegado el momento, qué  acontecimiento marcaría un nuevo comienzo en mi vida. Parece que la vida es una suma de acontecimientos donde da la sensación que acaban superponiéndose unos con otros, en mi mente se amontonan como si todos pasaran al mismo tiempo. Pasado, presente, futuro…, ¿qué son en realidad?
Y vi, ante mí, cómo aquel vagabundo se acercó decidido, parecía como si se encontrara con un viejo amigo. 
¡Hola! –me dijo. 
Del mismo modo respondí, aunque sin ningún ánimo en especial. 
Se sentó a mi lado. Sacó  de una bolsa un pequeño paquete. De reojo veía sus movimientos, como no queriendo darle importancia. Era un bocadillo bien envuelto en papel de aluminio. 
–Me lo acaban de regalar –me dijo, sonriendo. 
Lo partió por la mitad. 
–¿Quieres un poco?
–No, gracias. No tengo hambre.
–¿Has observado que la oscuridad no es tal cuando se adapta tu visión pasados unos minutos? –continuó hablando–. Mira los árboles. ¿Ves aquella rama que sobresale de aquel, la luz que la rodea? La señaló con un dedo. 
En realidad no me fijé en la rama que señalaba, sino en el dedo que lo indicaba. Era su dedo índice el que parecía tener un brillo centelleante, un suave dorado. No me atreví a decírselo. Me fijé en la rama, aunque sí la veía con más nitidez que al principio, pero nada fuera de lo normal. No sabía qué hacer, ni qué decir, tampoco es que yo fuera un gran interlocutor. Nada tenía que perder, pensé.
–No he visto nada en particular en la rama, pero sí me ha llamado la atención el dedo que la señalaba.
–¿Qué has visto?
–Una luz que lo envolvía.
–¿Y?
–Pues que nunca había visto nada igual, aunque no sé por qué tampoco me sorprende.
–Quizás no te sorprenda porque no sea del todo desconocido para ti. Puede que en algún rincón de tu memoria esté presente.
–¡Mi memoria! ¡Si casi no recuerdo qué hice ayer!
–Lo que se ha vivido queda registrado, ¡absolutamente todo!
–Pues será en otra vida –entre risas le contesté.
–Aquello que necesitas recordar, no dudes que de un modo u otro, se hará presente para ti. Todo lo vivido no es fútil, ni caprichoso. Responde a una necesidad de tu ser que quiere adquirir experiencia, desarrollarse y  expandirse sin fin. El recorrido de tu alma no es arbitrario y cuando dejas a “medias” alguna lección en el “pasado”, la retomas en cualquier tiempo “presente”. Es aquí cuando sale a la luz de tu memoria las herramientas que necesitas para continuar la lección “abandonada” tiempo atrás.
Absorto le escuchaba, como cuando de chaval atendía a las clases de historia –quería conocer todo de nuestro pasado.
–¿Qué rondaba tu mente está tarde?, –continuó.
–Nada en particular, –le respondí.
–¿Estás seguro?
Parecía que quería sondear lo más profundo de mi ser. Hice un muro hace tiempo para protegerme; para no hacerme daño, ni hacérselo a los demás. Pero él, un vagabundo a quién no conocía, estaba dispuesto a derribarlo.
–Hay veces –empecé a quitar “ladrillos”– en que dudo de mí, de quién soy, de qué “pinto” en este mundo donde solamente parece haber sufrimiento; donde las alegrías parecen un suspiro nada más. Siento impotencia ante el horror, cada vez que enciendo la televisión, abro un periódico… Quiero evadirme, pero no puedo. Busco una explicación lógica y no la encuentro. ¡No sé! Es todo cuanto sé.
–¿Y crees que los demás “saben”? ¿Crees que tras las máscaras de quienes te rodean hay felicidad? Si estás, estáis, en este tiempo presente es para acabar de una vez por todas con tal sufrimiento.
–Es fácil decirlo –le dije–, pero ponerlo en práctica no lo es. Te entregas con todo tu alma por una causa y, vayas donde vayas, acabas cansado de ver el egoísmo que escondido de bondad parece rodearte. He vivido los oscuros intereses tildados de grandilocuencia solidaria…
–Veo que rezumas negatividad. ¿Sabes que de ese modo alimentas la negatividad? Ya te he dicho que todo cuanto ocurre permanece, y permanece, porque tiene vida. ¡Todo es vida! Y la vida también es movimiento. De hecho la vida es eterno movimiento, vibración continua. Caminamos entre dos fuerzas que se atraen y repelen. Dos fuerzas que tienen un origen y un destino común… Pero no quiero complicarte la vida, –sonrió al tiempo que lo decía.
Tenía razón, no estaba ahora para complicaciones.
«Pero, como no quiero que te quedes en un estado pleno de negatividad…, de  ti depende que una u otra polaridad sea la que circule libremente o, que ambas “trabajen” bajo tus “ordenes”.
»Habrás oído más de una vez sobre la efectividad de la oración. Ésta no es más que la colaboración entre quien ora y la energía en la que vivimos. Dicha energía es como el alimento que toma el bebé que vive en el interior de una mujer embarazada. Él “pide” y su madre le “da”. Ella, su madre, toma a su vez la energía necesaria para su vida del “Ser” en el que vive y en el que tú también vives. Puedes tomar un alimento sano o en mal estado, depende en gran parte de los pensamientos que emites, emitimos todos, continuamente… de su polaridad y sobre todo del Ser en el que vivimos. La energía en sí, no es ni positiva ni negativa, nosotros creamos, más bien la materializamos, dándole “polaridad” según nuestra capacidad de ser “uno”. En ti viven muchas vidas… Todos los seres estamos conectados en una escala infinita donde principio y fin se confunden en un eterno presente… Mas tiempo pasado, presente y futuro dependen del lugar en que se posiciona el observador. 
»Piensa que la situación de crisis en la que se encuentra este mundo la hemos creado entre todos y entre todos podemos darle la vuelta, convertirla en una oportunidad de crecimiento del ser que somos en el mejor de nuestros sueños. Traerlo a esta realidad es tan factible como tú seas capaz de imaginarlo. La aparente polaridad negativa actual, en el “pasado” fue positiva, mas al querer esta humanidad crecer, aquello que creamos y nos alimentó, ahora se está convirtiendo en un lastre capaz de impedirlo. La clave consiste en envolver de luz cada pensamiento creado, imaginado… en cualquier tiempo.
»La luz que has percibido en mi dedo la has visto porque estabas dispuesto. Tu mente ya está cansada de viajar por pensamientos que no te satisfacen. Has andado tanto que te has parado en medio de ninguna parte y ya no te importa. Estás listo porque tu alma aún ansía libertad. La luz que has visto en mí es consecuencia del acuerdo, el pacto que hice contigo. Vendría a tu encuentro cuando estuvieras preparado, cuando pidieras un nuevo alimento, cuando oraras con humildad…»
No sabía muy bien dónde estaba. Las palabras que había escuchado con atención me habían transportado a un “cielo” que creía desaparecido para siempre. Era un estado que sentía muy mío y muy real, pero que no podía localizar en ningún tiempo, ya no sé si pasado o futuro. No me importaba y quería perpetuar tal estado…
Con estos pensamientos volví a la cruda realidad… Pero el vagabundo seguía ahí sentado, junto a mí. ¡Era real! Y me fijé en su rostro, sus facciones. No parecía el vagabundo de hace tan solo unos segundos, se había transfigurado en otro ser; estaba majestuoso, imponente.
Se levantó y me volvió a ofrecer la mitad de su bocadillo. Esta vez sí lo acepté. Sentía hambre… 
–Tenías hambre y te di de comer. Tuve sed y me diste de beber –me dijo.
–¿Cuándo te di de beber, si nunca antes te vi? –le contesté.
–Cuando tuve sed… Recuerda.
Di el primer bocado, embebido en su sabor, recordé.
Le miré a los ojos y en ellos me sumergí y supe quién era él y supe quién era yo.
–Uno. Somos Uno –me repetía a mí mismo.
Pasado, presente y futuro… ¿qué son en realidad?
Me tendió su mano, la acepté. Volví a percibir la luz en su mano y ésta se extendió hasta envolvernos por completo. Sonreímos.
Se alejó por donde vino, pienso si hacia un lugar más allá del tiempo…



LOS PIES EN LA TIERRA


Hace falta mucha humildad para seguir teniendo los pies en la tierra. Saberse parte integrante del Ser que somos todos, unido al sufrimiento en que muchas veces se convierte nuestro paso por este mundo, puede hacer que nos despeguemos e incluso no nos guste estar aquí, pero no tenemos que olvidar que no es por azar que estamos en esta Tierra. Hemos nacido en ella porque así lo solicitamos, para unir "cielo y tierra". Dotarla de una cualidad que antes no tenía y seguir, así, extendiendo el amor por el Universo. Y no estamos solos en esta labor, como no está sola una célula en nuestro cuerpo, pues en cada una de ellas hay una "memoria" que nos susurra al oído que "Todo ya Es". Tenemos esa certeza que nos ayuda a seguir con los pies en la tierra.



ESTOY VIVO



¿Por qué me buscáis entre los muertos?
Es incuestionable que muchos me buscan y no me encuentran, pero es más cierto que hay quienes aun sin buscarme me han encontrado. Estoy vivo en sus corazones, pues estos, también como el mío, han sufrido su propia transformación, e incluso han experimentado su propia “muerte”, mas después de ésta ha seguido latiendo… Ninguna muerte puede 
con quienes son capaces de amar. Este amor ha nacido en sus entrañas, expandiéndose poco a poco, no sin dificultades, ni sinsabores; sabiendo comprender que son dignos de ser llamados hijas e hijos de Dios. No un dios lejano e inalcanzable, sino de Aquel que muestra su rostro humano; de Aquel que tiende su mano cuando la necesitas; del que ha nacido del seno de la Tierra llevando a ésta al estado de dignidad que le corresponde. Sólo quien experimenta la vida es capaz de entregarse por completo a su creación con conocimiento. No soy el dios iracundo del Antiguo Testamento sino el que se ha lanzado al mar de la vida, el que vive en cada una, en cada uno, de los seres que habitan en cualquiera de los universos imaginados o por imaginar. Vivo en ti aunque no lo sepas aún. He despertado en este mundo en multitudes y lo seguiré haciendo al ritmo de vuestros corazones. Os mostraré una y otra vez que la muerte no es nada, nada más que la ignorancia de vuestra esencia. He hablado por boca de tantos y tantos hijas e hijos… de vuestro hermano Jesús de Nazaret,  con él habéis podido descubrir el valor de vuestra dignidad… ¡Os he devuelto la libertad tras milenios de esclavitud! ¡No pertenecéis a nadie, no tenéis más dueño que vosotros mismos!
Levanta tu rostro, no para mirar al cielo esperando verme, sino para fijarte en el rostro de tu hermana, de tu hermano… de quien te necesita y desea en el fondo de su alma caminar contigo en esta senda hacia la felicidad que tanto ansiáis. Ahí estoy… ¡muy vivo!


RESURRECCIÓN


...Y se cumplió su voluntad.
Mi ser lo entregué por completo a mi Padre.
Después del sufrimiento,
el vacío y la paz.
Dos ángeles llegaron junto a mí,
me descendieron 
con el amor que sólo ellos pueden ofrecer,
trasladando mi cuerpo inerte
a la sala de resurrección,
donde desperté rodeado por mis hermanos.
Una voz escuché: 
"Desciendo para quedarme en tu hogar
y traigo LUZ para iluminarlo".

NO ME BUSQUES LEJOS


EL QUE ES



  Caminaba por las calles de mi ciudad sin un rumbo fijo, abstraído en mis pensamientos. Los escaparates no conseguían distraerme, ni siquiera los miraba como ayer. La gente parecía ir a un ritmo muy diferente, me sentía parado y todo a mí alrededor giraba como en una noria.  No, no era otro día más, éste era particularmente inolvidable. 
  Un momento antes, quizás una hora o dos, la verdad no sabría decirlo, se me acercó una persona cuyo aspecto me sorprendió. Vestía un traje negro, impecable; sombrero de ala ancha del mismo color; alto, sus ojos eran penetrantes, negros; sus facciones marcadas y a la vez dejando translucir una dulzura indescriptible.  
  En un principio se me quedó mirando fijamente sin articular palabra alguna. Seguí en mi pequeño mundo, comencé a andar y él siguió mis pasos en silencio. Ciertamente no me incomodaba, al contrario, resultaba extrañamente agradable. 
  Llegué a una plaza en cuyo centro había un pequeño jardín, me atrajo la atención la placa clavada en una pared con el nombre de ésta: “Plaza del Encuentro”. 
  Tomé asiento en un desvencijado banco. Me distraje con el transitar de los vehículos. Unos niños jugaban junto a un columpio, gritando y saltando, los veía felices.  Los árboles estaban repletos de gorriones, oteando la plaza en busca de un poco de alimento. 
  Mi “acompañante” se sentó a mi lado. Me fijé en sus manos, largas; sus dedos reflejaban años de trabajo, una cicatriz en el dedo índice de su mano izquierda me resultaba familiar, aunque no recordaba porqué. 
 Un sonido, al principio imperceptible, surgió de él. Silbaba, enseguida lo reconocí, era una melodía que solía escuchar cuando era niño, allá en la pequeña aldea donde nací, en la montaña.  
  La canción describía un mundo perdido más allá del horizonte rodeado de montañas inaccesibles, donde habitaban seres angelicales, éstos se mezclaban entre las gentes de este mundo un día particular del año. En la luna llena de géminis “volaban”, apareciéndose a los humanos y comunicándoles la realidad de su mundo. De cómo cada uno buscaba a un humano en particular año tras año. Durante siglos, milenios, volvía hasta que por fin lo encontraba.  La señal era una pequeña luz que cada humano emitía, una vibración en particular, con un color y una tonalidad concreta, ninguna igual a otra. No había posibilidad de equivocarse y, al mismo tiempo, una melodía única aseguraba y confirmaba el encuentro entre el ser angelical y el humano.  El encuentro se producía en cada caso de una manera muy particular, según la idiosincrasia de ambos. 
 Contaba la canción cómo un ángel se apareció a un náufrago. Después de una tormenta, éste llevaba tres días perdido en una pequeña balsa en la inmensidad del mar. El ángel lo encontró, arropándole con su cuerpo. Dándole calor, el náufrago se durmió. Despertó en una playa cercana a su hogar, transfigurado en un nuevo ser. Cualidades que desconocía de sí mismo surgían en él, saliendo a la luz. Los restantes días de su vida los dedicó a la sanación de sus congéneres. 
  Acabado el recuerdo en mi mente, miré a mi alrededor buscando a mi acompañante. Me quedé sorprendido, éste no estaba junto a mí en el banco. Miré por todas partes, me levanté con preocupación buscándole por toda la plaza. 
  Me acerqué a un escaparate de una tienda cercana, puse mis manos junto a mis ojos para percibir mejor el interior. Miré a través del cristal por si acaso se encontraba en el local.  No le vi, no obstante, al cambiar el enfoque de mis ojos me fijé en mi mano izquierda. Reparé en la cicatriz de mi dedo índice. Todo mi cuerpo fue sacudido por un temblor interno, me alejé del escaparate aturdido dando un paso atrás. Me vi reflejado en la vidriera. ¡Portaba un traje negro y un sombrero de ala ancha, también negro, sobre mi cabeza!
  La melodía volvió al presente en mi interior y una voz le acompañaba: “No busques a ´El Que Es´fuera de ti”.



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