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AL OTRO LADO DEL TÚNEL



  Sabía que faltaba poco para abandonar el cuerpo que me sirvió con fidelidad durante décadas. En ocasiones te dejaba mas siempre volvía, mi alma anhelaba mi Hogar, aquel en el que reposaba y tomaba nuevo aliento ante las dificultades que conllevaba fusionarse con la densa materia.

  Mi corazón palpitaba agitado queriendo enviar con celeridad la savia de la vida hasta la última de mis células. Sentí una punzada en mi pecho, el ritmo cardíaco desaceleraba hasta ser imperceptible. Es la hora...

  De pronto oscuridad, silencio, abandono, el mismo de la hoja mecida por el viento con rumbo incierto.

  Me dejé llevar, libre, sin atadura. Miré por última vez a mi viejo traje. Gracias, le dije.

  Mi atención se centró en comprender dónde estaba. Una luz tenue me 'llamaba'. No tenía intención de ir hacia ella, quería explorar mi nuevo mundo...

  Sin saber cómo la luz me rodeaba, mi voluntad poco ha podido hacer para impedirlo. Parece que un poder inconmensurable guiaba mi ser. Dejé hacer...

  Nuevamente la negrura más absoluta. Paz, sólo paz. Sin cuerpo, sin forma. Nada me preocupaba. Necesitaba descansar y entré en un profundo sueño.

  No sé cuanto tiempo transcurrió, ¿un segundo, siglos? Me hallo ahora en un túnel  pegajoso, donde mi piel se adhiere. Estoy despertando, percibo luz al fondo, está vez es distinta. No me llama, no es necesario. Quiero ir. 

  Una fuerza tras de mí me empuja hacia la luz. Ahora soy consciente de que estoy en un cuerpo, sin darme tiempo a más me siento absorbido por algo. Mi alma la siento empequeñecer y escucho un palpitar, ¿un corazón? Sigo su ritmo. Ahora otro...

  El llanto de un niño. El mío. ¿Dónde estoy?

  Una voz me susurra: “Estás al otro lado del túnel. Bienvenido de nuevo al mundo terrenal. Has olvidado todo lo ocurrido al otro lado del velo, tu Hogar. Así lo has decidido".

  Pero, ¿si hace un instante que abandoné mi viejo cuerpo?

 - “Ya sabes que el tiempo no es nada al otro lado. Aquí han pasado varios años. Ha habido cambios drásticos y el mundo está sumido en una disyuntiva existencial. Es necesario que todo el potencial espiritual disponible se ‘embarre' para elevar las almas encarnadas hasta un punto de no retorno. Que las viejas leyes humanas caducas se diluyan como un azucarillo en agua y sean sólo un recuerdo, uno más. Que algo más que esperanza se materialice ante el desánimo. Has olvidado, mas llevas grabado a fuego qué has de hacer. Mira dentro de ti. Ahí está cuanto necesitas para conseguirlo.”

  ‘Olvido'. Otra vez. Difícil permanecer en este mundo si la nostalgia nos acecha. Entiendo y sé que el Fuego Eterno anida en cada alma. Si todas sintiéramos su calor qué fácil sería que éste ascendiera por nuestro cuerpo. Sólo el Amor lo puede conseguir...

De esto se trata: llevar Amor, nada más. Todas las almas estamos llamadas y el potencial es tan grande... La ocasión es única. Escuchar en el silencio... está al alcance.

   Miré fijamente a mi madre. Ambos corazones entonaban al unísono un canto de Amor. Tomé mi primer sorbo de leche materna.

  A éste y el otro lado del túnel el Fuego Eterno alimenta nuestras almas. Es hora de compartirlo. El tiempo es Ahora.

 


OTRA IDENTIDAD

 


OTRA IDENTIDAD 


  No sé, o quizás sí, supe cómo he llegado hasta aquí. Y tú, aparentemente atareado en tus asuntos, que resulta también son los míos, los de todos… Te volviste hacia mí como si fuera pura rutina que estuviera ‘al otro lado'. Puede que sea así para ti, pero en mi memoria está borrado. Ahora tienes otro nombre, ambos sabemos que es uno de tantos, mas tras él sigues siendo tú, el de siempre. Sonríes y me dices que tengo que tomar otra identidad, comenzar una nueva vida desde ‘cero'. Aún es pronto, tengo asuntos pendientes. Aunque eso del tiempo es relativo, pero así lo veo desde mi óptica terrenal. Es fácil cuando se contempla el mapa con la ruta e itinerarios previstos, mas cuando el olvido impera lo aún no vivido es pura quimera. Aún así confío. Yo sé, tú sabes, que merece la pena este viaje, y espero que la próxima vez que nos veamos sea en este lado del velo. Te reconoceré, sin importar bajo qué apariencia te muestres.

  Por cierto, bendita la luz que nos envolvió.   

  Gracias, ya sabes por qué.

  Hasta dentro de un rato.

MIRANDO AL MAR

 



“Mirando al mar soñé que estabas junto a mí…”.

-¿Qué, cantando?

-Canturreando, más bien. Y, ¿cómo tú por aquí, también viendo las olas que vienen y van?

-Viendo la vida pasar.

-Hacía tiempo que no sabía de ti.

-Eso es porque andas distraído, siempre estoy a la vista.

-Pues benditos los ojos que te ven. Tendré que ir al oculista.

-Más bien a un buen psicólogo que te ayude a ordenar tu mente y desechar tanta ‘basura mental'. Mírate con los ojos del alma ante un espejo y verás que no ves nada.

-Dejé de mirarme en el espejo…

-¿Ya no confías en ti, en mí?

-Como creación mental está bien, como realidad independiente de mí ya es otro tema. Dejé de creer en dioses y demonios…

-¿Me vas a decir que soy fruto de tu mente? Pues es fácil, desconecta y se acabó, ¿dejaré de existir? Prueba.

-Pues mira, lo voy a intentar, así me libro de ti y tus laberintos existenciales.

-Ja, ja, ja…

-“Mirando al mar soñé que estabas junto a mí… 

Mirando al mar yo no sé que sentí que acordándome de ti lloré…

La dicha que perdí yo sé que ha de volver cuando yo esté mirando al mar…”


RADIO AMOR

 



-No entiendo el por qué de este olvido. Estar aquí, entre vosotros, viejos amigos, debería ser noticia y, sin embargo parece que somos miembros clandestinos de no sé qué grupo desestabilizador, -así abrí lo que mi alma sentía, sin adornos.


-No, amigo, hermano -dijo uno de ellos-, no somos clandestinos. Es mucho más sencillo: simplemente no existimos para el mundo porque no nos ven ni creen siquiera en la posibilidad de que sea posible. Vibramos a una frecuencia que ninguno de sus aparatos es capaz de sintonizar y, lo más gracioso es que estamos presentes en la misma Tierra que ellos pisan.


-Entonces, ¿por qué os veo y, por qué estoy aquí?


«Nos ves y estás aquí por tu sintonía. Has girado el dial lo suficiente para sintonizar ‘Radio Amor'. Como sabrás no eres el único. Sois muchos los que vais y venís con cierta asiduidad.

»Si hoy, ahora, estás aquí es para dar testimonio de nuestra realidad. Los que han abierto lo suficiente los pétalos de su alma buscan aún fuera lo que llevan dentro. Es ahí donde somos reales en vuestro plano de la realidad hasta que por la fuerza de un intenso amor de la humanidad se rasgue el velo que nos separa. Entonces sabréis que siempre estuvimos ahí, aquí, en una misma Realidad.»


-Entonces, ¿por qué está separación? ¿Sabes la sensación de sentirse huérfano, de faltarte algo vital y de vagar por el mundo tras perderlo?


-¡Claro que lo sé! No nací ayer, ni anteayer… Como tú he sufrido la misma ausencia. Sentir que la vida no tiene sentido cuando ves tanto sufrimiento, tanta sinrazón. Me rompí en mil pedazos, no una sino varias veces… Y me reconstruí, átomo a átomo, célula a célula. Así supe que tenía la posibilidad de crearme y recrearme. Tal poder no vino de fuera sino de la voluntad de amar a cuanto me rodeaba. Verlos sufrir, morir y desaparecer para ‘siempre' me mataba estando vivo. Ese amor rompió literalmente mi alma y, entonces contemplé quien era yo. Supe en mi ignorancia de mi eternidad. Existo sin existir, Soy sin ser… Soy el que ES, sin principio ni fin. Todo cuanto ves, cuanto fuiste y serás… SOY YO. 


-¿Cómo puedes tener un cuerpo, un rostro que no es el mío, si tú eres yo y yo soy tú?


-Tú me has creado a tu imagen y semejanza. ¿No lo recuerdas? Tú has creado todo, y cuando digo todo, es TODO. Yo soy tu creación como tú la mía. Por eso me buscas y nos buscan. Soy, somos, vosotros en vuestro futuro, el que estáis imaginando con el Amor que eres, sois, capaces de crear.


-Mi mente estaba confusa…


-¡Aquieta la mente!


Sus palabras las percibí como una orden y… callé mi mente. Al instante me miré los pies… ¡No los tenía! ¿Y mis manos? No estaban. Ni Él, ni ellos… Todo había desaparecido.

Y vi bombas caer… ¿Dónde estaba?


-Estás viendo lo que tú eres. Aunque de un modo algo brusco, estás desintegrando lo que fuiste… Nada temas, porque YA has creado un mundo nuevo, una Tierra virgen donde tú y todos los que tú eres, somos, habitaremos. Ya estamos habitando. Millones de rostros son tu rostro, el mío. En la Realidad YA ES.


Y así como lo viví os lo transmito. No espero que creáis mis palabras. Escuchaos a vosotras, a vosotros, porque tenéis la respuesta.

SOY YO, MI ALMA

 


Busco mi alma como la noche anhela el día.

¿Por qué te ocultas?

« Siempre estoy ante ti. Te digo más, estoy en ti. No me reconoces porque aún dudas de mí… De ti.

»Eres fuego, agua, viento, tierra… Y mucho más.

»Soy yo quien en un instante de eternidad olvido para recordar. Me pierdo para encontrarme… en ti. Muero para vivir. Vivo para morir. 

»¿No ves que tu razón es mi sinrazón? Te desequilibro para que rompas esquemas caducos. Si saltas al vacío no es para que seas un héroe sino simplemente un ser humano, un amante de la vida. 

»No, no te pido que confíes, que creas sin ver. Quiero que sientas tus descalzos pies embarrarse hasta que se fundan con la tierra que te vio nacer. Si caes, tienes el poder de levantarte. Si mueres serás uno con el barro que moldearás una vez más.

»Día y noche, ¿qué son en realidad? Hay otro sol que te ilumina. No lo busques.»


KARMA

 


Poco antes del alba, me desperté sobresaltada. No sé si fue real o no, pero ahí estaba, fresco en mi mente. 

Llevaba tiempo cuestionándome mi actitud con los demás. Me reía de todos y a todos les amargaba la existencia, hasta el punto de que rehuían acercarse a mí.  Ya les había hecho demasiado daño. La verdad es que los odiaba, tenían lo que yo quiero y no puedo tener. Me sentía superior a ellos. Yo pertenecía a otra clase social por mis progenitores, los demás eran clase baja, escoria.

Mentía sin rubor para destruirlos. Lo peor es que había quien reía mis gracias y me crecí, hasta el punto que confundí la realidad con mis fantasías. Me creía reina y los demás mis súbditos, hasta esta noche…

He vivido en mis carnes lo que les hice. No sé como pero he sido cada uno de ellos. He sufrido su dolor, su angustia, su desazón. ¡Todos, sin excepción! Mis palabras dichas contra ellos rebotaban en ese estado de delirio. No podía soportarlo. Una y otra vez, sin cesar. Gritaba ¡basta ya! Pero no cesaban. Mi corazón parecía estallar y estalló…

Oscuridad y silencio. Tras un tiempo indefinido de no ser -palabra que utilizaba como un cuchillo y clavaba sin compasión- pude respirar y escuché los latidos de mi corazón. ¿Habré muerto?

No lo sé. Si esto es la muerte quiero vivir, salir de aquí, donde sea que esté. 

¿Hay alguien? Grité. No veo nada ni oigo nada. Noté mis pies y empecé a andar en medio de la oscuridad. A tientas intenté tocar algo, pero nada. ¡No había nada!

Todo parecía irme mal en la vida. Mis trabajos los perdía sin cesar, incluso me llamaban ‘gafe'. ¡Yo, que lo he dado todo! Eso creía en mi realidad.

Y, ahora me pregunto: ¿no será que la vida me devuelve cuanto le doy con intereses? Karma, que tontería… Con este pensamiento no me percaté que algo había cambiado alrededor. Una penumbra me permitía ver. ¡Estaba en mi habitación y mi cuerpo ahí, tumbado en mi cama! No podía ser y, sin embargo estaba. Me acerqué y lo toqué. ¡Dios mío! Lo he atravesado! Esto no puede ser real.

Algo noté a mi espalda. Me giré y ¡ahí estaban todos ellos, como fantasmas! Me sonreían. Y uno, al que no reconocí, algo más alto y fornido que el resto, me habló. 

-No eres gafe. La vida, como tú la llamas, tiene sus leyes, que no castigos. No hay más castigo que el  que tú te infringes. Todo cuanto haces tiene consecuencias y lo que das te vuelve multiplicado. Así que tú decides, eres tú propio juez. Has vivido en ti lo que tus ‘victimas' han sufrido. Nada te hicieron, salvo ayudarte. Pero tu soberbia era incapaz de percibirlo.

Bien, ahora es tu decisión cambiar las tornas. Lo que consideras negativo puede desaparecer al instante y dejar de ser ‘gafe'. Ahora, vuelve a tu cuerpo. Despertarás con una viva impresión de lo acontecido. Lo necesitarás para reafirmarte en el giro que vas a dar.

No le hice ni una sola pregunta, ahora me arrepiento. Parecía saberlo todo de todo y de mí. 

Y, aquí estoy, despierta. Algo ha cambiado en mí.


UNA INTENSA LUZ

 




UNA INTENSA LUZ


Las aguas frías arropaban mi cuerpo enjuto.

Me dejé mecer vencido, agotado.

El fin, es el final, me repetía.

Recordé a quienes amaba, casi podía sentirlos, tocarlos.

Quisiera estar lejos, volver al lugar donde nací y viví, con los míos. ¿Es tanto pedir?

Poco a poco dejé de sentir, pensar. Me costaba respirar.

Se acabó…

¿Dónde estoy? ¿Estoy muerto? ¡Imposible! ¡Mis manos! ¡Veo mis manos! Reí, no sé si de nervios o felicidad. ¡Estoy vivo!

Una intensa luz me atrae. Cierro mis ojos. Vuelvo a mirar. ¿Qué o quién es?

Una silueta humana. ¿Te conozco? ¿Me conoces?

-Claro que te conozco y también me conoces, -una dulce voz escucho dentro de mí.

-¿Quién eres?

-Soy tú, el que siempre ES.

Me estoy volviendo loco. No puede ser verdad, es una alucinación.

-No lo es, respondió.

-¿Lees mi mente?

-Por qué no, si somos el mismo ser.

-No entiendo.

-Es que no va de entender, sino de sentir, de amar.

-Has cumplido con creces tu objetivo, tu misión.

-¿Qué misión? Extrañado le pregunté.

-Crecer en el amor. Este es tu objetivo, sólo necesitabas voluntad, la de entregarte en cuerpo y alma a los demás.

-Pero si no he hecho nada especial.

-¿Te parece poco tu esfuerzo cada día, poniéndote en último lugar, con tus hijos, tu esposa y con los demás?

-Nunca he pensado en mí, eso es cierto. Y querer a la familia es lo normal.

-Sí, es lo normal. Pero no es lo mismo querer que amar. “Yo quiero". ¿Entiendes? “Yo". Éste implica, aún sin saberlo, que el ego aún manda. Amar es desprendimiento, vacuidad. Pero no te preocupes, ya entenderás. Donde vamos, donde vas, es lo habitual.

-¿No vuelvo a casa?

-¿Y, dónde crees que estás?

-¿Y ellos?

-Están allí y están acá… Como tú ahora estás.

Unos pasos en un suelo que no sentí y, allí estaban ellos, mis padres, mi esposa, mis hijos… ¡Dios, qué felicidad!

-Así es, este es Dios, el de verdad.

Todos somos Él… Nosotros, más allá del tiempo y el espacio, aquí y ahora.


EL ENEMIGO



 Para vencer a tu enemigo

mírate dentro, 

ahí vive el más implacable. 

No luches contra él,

 arrópale con amor,

porque de nada te sirve ganar una guerra

 si no estás en paz contigo mismo... 

Resurgirá indefinidamente.

Tus demonios nacen y mueren en ti.


VOCES SOLIDARIAS



Dejé atrás mi tierra, 

la bandada.

¿Dónde vas? Burlándose, me decían.

Cansado de la monotonía,

de sólo vivir para comer. Respondí.

Emprendí mi primer vuelo en soledad, 

elevándome donde nunca antes pude llegar.

El inmenso océano por hogar.

Cansado, 

con sueño,

planeando,

me dejé llevar.

Estoy aprendiendo a vivir

sin ninguna tierra tocar.

Soy hijo del viento,

nadie me puede domar.


Una voz acabó con mi aislamiento.

-¿Dónde vas, casi sin aliento?

-Practicando técnicas de vuelo.

-¿Te puedo acompañar si no molesto?

-¿Por qué no? Vayamos.

-¿Y por qué sola vas?

-No estoy sola,

voy al otro lado del mar.

Allí está mi bandada, 

gaviotas solidarias.

Somos pocas mas vivimos en libertad.

-¿Me aceptáis?

-Conmigo ya estás.

¡Vamos, más allá!


HAY UN PLAN



  Me lo podría inventar. Especular que Tú no eres más que una quimera, el fruto de una mente imaginativa. Pero no, eres real. ¿Pero, quién eres Tú? ¿Cómo es posible que dos mil años no sean nada más que un parpadeo para Ti?
  Cuando de niño escuchaba hablar de Ti, imaginaba que sí era posible tu existencia en el pasado. Leyendo “Los Evangelios” encontré palabras, frases, que estaban cargadas de amor y sabiduría. No podían ser pura fantasía sin más. “Y venció a la muerte”, leía una y otra vez: uno de los temas más controvertidos y cuestionables a lo largo de este tiempo, tanto por los doctos como por el pueblo llano. Supuse que vivirías en un mundo aparte, un Cielo donde la paz y la armonía brillarían más que el Sol. Conjeturé tantas cosas…
  Y los días, meses y años pasaron. La vorágine de la vida me envolvía de un modo que pensar se convertía en un lujo. El agotamiento físico no dejaba nada más. No, no era casual, formaba parte del aprendizaje, del autoconocimiento, del desprendimiento del ego. Había que ponerlo en su sitio.
  Y Tú, en la sombra, en el silencio, trabajabas noche y día. No, no sabía, ni lo intuía. Solamente esperabas con infinita paciencia que la semilla tuviera la suficiente fuerza como para rasgar la tierra y buscar la luz. Han sido tiempos muy difíciles, tanto que la desesperanza asomaba en más de una ocasión. Andar a ciegas, sin saber si dar un paso adelante es lo adecuado o un salto al vacío; cuando gritaba y nadie me escuchaba; cuando me ahogaba en mis propias lágrimas; cuando todo perdía su sentido…
  Y Tú, estabas ahí, aquí. No lo supe. Esperabas que mi “yo” cayera rendido, abatido, sin fuerzas para dar un solo paso. Y llegó el momento, con las manos vacías y solo, con un corazón amante –era esto lo que esperabas‒ por encima de mí mismo, fue como supe que Tú estabas presente.
  No, no vives en ningún Cielo, estás aquí, en este mundo. Un mundo que es mucho más de lo que nuestros limitados ojos perciben. Miramos sin ver, pero no es culpa de nadie, ni nuestra, como no la tiene la semilla que se entierra para después brotar. Hay un plan inscrito en su ADN, un proyecto que se desarrolla por fases hasta que alcanza su cenit. Hay un Plan en nuestro ADN.
  Hace dos mil años despertaste en un hombre. La muerte no fue tu final, sino parte de un proceso necesario, el abandono de una piel que se quedaba pequeña, limitada. Tú, has llegado a un punto en tu crecimiento que parece un sueño, un imposible para nosotros, los mortales…
  Pero no es así. Hoy tienes un cuerpo físico, no es el del gusano, sino el de la mariposa. ¿Cómo le explicas a un gusano que puede volar? Callas y esperas el momento propicio.
¿Cuántas mariposas revolotean en este mundo sin que los gusanos lo perciban? Y, sin embargo, ocurre.

  Un día, unos pocos años atrás, bajo la sombra de un olivo te mostraste. Fue un momento muy particular, vital. Y decidiste darte a conocer...
  Y hablaste, fueron pocas frases. Palabras de confianza, de amor, de entrega, de presente y futuro…
  Y, desapareciste de la vista, pero te quedaste para siempre, donde “el fuego no quema”. Entonces comprendí que nunca te fuiste.


CLARA Y FRANCISCO… EN EL CORAZÓN



Se conocían Clara y Francisco desde niños. No se relacionaban directamente aunque sus corazones latían fuertemente al cruzarse por las calles de Asís, pero aún no era el momento. Pasaron muchos años, tiempo de madurar y encontrar un lugar, un sentido y un por qué en el mundo que les tocó vivir. Francisco quería convertirse en un caballero, un noble… pero la nobleza no se gana con sangre. Vivió la sinrazón de la guerra y sus consecuencias. Y cuando ya se encontraba hundido, cuando todo estaba acabado para él, encerrado en una prisión, pidió al cielo un poco de luz. La luz llegó a él en forma de librillo. Un librillo prohibido escrito en su lengua: el Evangelio. Se lo “bebió” y dejó que su ser se impregnara de su esencia. Comprendió la futilidad de su vida hasta ese instante. 

ÉL se dijo… “hoy he vuelto a nacer”. Y así fue, el destino, su cambio interno, su alma, hizo que saliera con vida de las mazmorras que le comían día a día. Ya no era el mismo, sus amigos no le reconocían… sus ojos tenían un brillo que no era de este mundo. Habló con su padre, que no le comprendió, pues tenía bien claro qué quería para él… insistía en que fuera un noble a pesar de lo pasado. Pero el sueño de Francisco estaba bien lejos de tal propósito… Su vida sería un compromiso con la sencillez, la humildad y la entrega al fuego que se había encendido en su corazón. Su madre conectaba con él, aunque no le alcanzaba a comprender del todo… y le dejó hacer.

Piedra a piedra junto a los desarrapados, los despreciados, los parias, los más pobres, empezaron a reconstruir la iglesia de Cristo.  Esa casa era sólo un símbolo de lo que él quería, no se aferraba a ninguna piedra, a ninguna imagen, sabía que sólo el cambio en los corazones era lo auténticamente necesario para entrar en la verdadera “casa” de Dios. Era una llamada de atención ante el cristianismo instituido y corrompido que rodeaba la vida de su ciudad y del resto de la cristiandad.

Clara no era ajena a estos sucesos. Los vivía en silencio y con gran alegría. Ella no dejaba de ayudar a quienes necesitaban alimento espiritual y físico, pero también sintió en su ser la “llamada”. Y Francisco tampoco era ajeno a los sentimientos de Clara. Ambos decidieron en su silencio crecer como auténticos amantes. Y su amor lo sublimaron convirtiéndolo en un fuego que quemaba toda impureza en sus almas. Supieron en sus carnes la realidad del Espíritu.

 Y un buen día Clara le dijo a Francisco que ya estaba preparada para pasar por el umbral de la “Casa”. Él le dijo: “Bienvenida a tu casa, nuestra casa, la de todos. Nada poseemos, nada nos pertenece y aun así lo damos todo por nuestras hermanas y hermanos”. Sin más, ambos se unieron a los que poco a poco, como gotas de agua, estaban formando un hogar lleno de vida. No querían estructuras para sostenerse, les bastaba lo que cada día Dios les ofrecía… Otros no siguieron este camino de sencillez, mas a pesar de ello sentaron una base que aun hoy en día siguen escuchando corazones inquietos e insatisfechos, deseosos de amar por encima de todo, incluso de ellos mismos. Hoy están más vivos que nunca donde la llama sigue iluminando: en el corazón.


COMO TU PADRE



Nací en las entrañas de mi tierra,
milenios hace.
Crecí con el calor del Sol.
Mis raíces en ti, Madre.
Con tus elementos me adornaste,
mas un día,
me revelaste,
un tesoro escondido en mi interior,
joya de diamante.
Me susurraste:
“Susténtalo, un día serás como tu Padre”.





LA BÚSQUEDA DE KAMALINI



  Caminaba Kamalini por las intrincadas callejuelas de la gran urbe, a la que entraba por primera vez. Le hablaron de un yogui que había trascendido su alma del mundo de maya, quería ver y escuchar de primera mano el mensaje de un buda viviente. Al contrario de lo que pensaba, y a pesar de su insistencia, nadie sabía darle indicaciones de dónde se encontraba tan singular personaje, como mucho le referían sobre diferentes templos con imágenes budistas, pero nada sobre un Buda viviente. Hasta llegó a pensar si todo habría sido el fruto de un sueño.

  Pasaron varios días de búsqueda infructuosa. Había recorrido la urbe palmo a palmo y nada, ni rastro del ser que buscaba.
  Una noche, dormida Kamalini sobre el banco de un parque, se le acercó un mendigo. 
―Por favor –le dijo con voz pausaba y cansada–, ¿puedo pasar la noche aquí? Señalando con su mano, arrugada por el paso obligado de los años, el banco en el que reposaba Kamalini.  
 Ella, un tanto sorprendida, miró a su alrededor y vio que otros bancos estaban vacíos, algunos incluso tenían pedazos de cartones abandonados por algún vagabundo. Se sentó y le cedió parte del banco, dejando aún calientes los cartones sobre los que había dormido. El mendigo se tumbó dándole las gracias. Dejó una bolsa desvencijada y vacía a sus pies, quedándose profundamente dormido.

  Kamalini no consiguió cerrar sus ojos, pasó la noche observando al mendigo. Su cuerpo estaba enjuto, marcado posiblemente por una vida dura; su pelo, canoso y escaso, le llegaba a los hombros, y junto a una exigua barba le daban un porte algo singular. 
Debía de tener al menos setenta años, por las arrugas de su semblante     –se decía Kamalini.
  ¿Qué hace que una persona pase, quizás sus últimos días, abandonado en un lugar como este parque? ¿Habría encontrado el sentido de su vida o, ésta sería un auténtico fracaso? ¿Acabaré del mismo modo mis días? Y así, con estas y otras preguntas semejantes de Kamalini, el alba de un nuevo día llegó.

  El mendigo abrió sus ojos. Mirando a Kamalini, metió sus manos en la pequeña bolsa que portaba y sacó un pedazo de pan, partió dos pedazos iguales. 
 ―Toma –le dijo el mendigo–, comparto contigo aquello que he encontrado en mi bolsa. 
 Ella un tanto sorprendida, pues vio claramente que en la bolsa antes no había nada, aceptó con agrado el pan. En silencio, ambos, sin ninguna prisa, acabaron su ligero desayuno…, quizá fuera lo único que saborearían a lo largo del día.

  El mendigo preguntó a Kamalini el porqué de su estancia en la ciudad, pues por sus facciones sabía que no era del lugar. Ella le contó sus motivaciones, él escuchaba atentamente sin pestañear. Kamalini se dio cuenta que la expresión del rostro del mendigo no correspondía a la que había visto minutos antes, su piel se encontraba tersa y el brillo de sus ojos desprendían una serenidad sin igual. Casi sin darse cuenta, el mendigo extrajo de su bolsa un saquito con semillas de trigo y puso un grano en la mano de Kamalini. Ella miró su mano y le miró a él, no comprendía.
  El mendigo sonrió. 
 ―¿Buscas a Buda vivo? –le dijo. 
  Kamalini asintió con la cabeza.
  ―Guarda el grano de trigo en esta bolsa –continuó el mendigo–, ofreciéndole la suya.  
  Siguió hablándole el mendigo: 
  ―Todo aquello que pides con humildad, busca en la bolsa y lo obtendrás; más antes has de dar, compartir con los demás, algo tuyo hasta que ya nada poseas. Todo deseo lleva consigo el apego y la posesión.  Querrás defender aquello que crees que te pertenece llegando incluso a hacer daño al prójimo razonando con argumentos “válidos” tal actitud. Nada justifica el más mínimo daño a tu hermano. 

 El mendigo se levantó, miró a los ojos a Kamalini.
 ―Recuerda –le dijo–, que la energía nunca ha de detenerse, de hecho nunca se detiene. Todo es energía viva, luz, tú y yo, todos. Le sonrió y se alejó dando la espalda a Kamalini, con un “volveremos a vernos”.

  Ella se fijó en el rastro de luz que el mendigo iba dejando tras de sí. En un instante, todo su ser se convirtió en un haz luminoso hasta, poco a poco, hacerse imperceptible en la lejanía.
  Kamalini se levantó abrumada por lo acontecido. Abrió la bolsa. Metió la mano sacando el grano de trigo y, cuál fue su sorpresa, al ver que éste brillaba con una luz que no era de este mundo.

   Una paloma se acercó a Kamalini, con un giro de su cabeza parecía pedirle un poco de comida.  Kamalini sonriendo se arrodilló, posó su mano junto al suelo, la abrió y la paloma suavemente con su pico tomó el grano. Retrocedió y se marchó volando, dejando una estela de luz en el aire.

 Kamalini continuó su marcha, esta vez alejándose de la ciudad, sin deseo y con una bolsa vacía. Sin darse cuenta, su cuerpo brillaba como el Sol que nos alumbra cada día.


DEL HOMO SAPIENS AL HOMO SPÍRITUS



Mucho hemos andado desde que el primer ser pensante se irguió sobre esta Tierra. Millones de años nos separan y sin embargo para la historia de nuestro Universo quizás sea como un segundo.

¿Fuimos nosotros mismos los que vivimos entonces luchando simplemente por sobrevivir? ¿También los mismos que decidieron formar grupos, clanes, tribus… para en común, uniendo fuerzas y, por qué no, inteligencia, poder perdurar como una familia, donde ancianos, jóvenes, mujeres y niños convivían en paz? ¿Quizás también fuimos los que un día exploraron tierras inhóspitas buscando respuestas que en la tribu no encontrábamos?

¿Fuimos nosotros los que nos preguntamos si la vida es algo más que sobrevivir, algo más que vegetar… hace, también, millones de años?
¿La vida es sólo una sucesión de vidas y muertes a lo largo de las edades? ¿Trascendemos a tal destino? ¿Hay algo que une todo cuanto ha acontecido, acontece y acontecerá en este mundo?
¿Procedemos originariamente de esta tierra o somos semilla de estrellas? ¿Estamos aislados, desconectados, de la realidad de cuanto acontece en el Universo?

En el desarrollo de nuestra capacidad de pensamiento hemos encontrado muchas respuestas encaminadas a hacernos la vida más placentera. Si miramos atrás, ha habido un gran avance tecnológico en muy poco tiempo. Objetivamente, es un milagro lo que estamos viviendo si lo comparamos con sólo, doscientos años atrás. ¿Qué pensaría uno de aquellos habitantes con lo que encontraría hoy, caminando por las calles, entrando en una vivienda de una gran cuidad…?

Hay algo que no parece haberse desarrollado a la par: las respuestas a las preguntas esenciales… ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?

Desde el albor de los tiempos estas preguntas nos acompañan, generación tras generación. Muchas respuestas, pero, ¿cuántas han convencido a todos? ¿Cuántas han degenerado acabando siendo grandes mentiras que han servido para que una casta se haya erigido en los únicos intérpretes y poseedores de la “verdad” manteniendo a la inmensa mayoría en la ignorancia, por no decir también oprimidos socialmente?

Hoy, el ser humano, está capacitado para encontrar por sí mismo respuestas. Hoy no necesitamos que nadie nos lleve de la mano. Hoy, tras muchos fracasos, errores, callejones sin salida, podemos encontrar, no la gran verdad, sino, si somos capaces, una pequeña verdad que nos sirva para dar un paso, un gran paso, en nuestro desarrollo espiritual.

Cuando hemos tenido la muerte ante nosotros, no hay uno solo que no se acongoje, no se inquiete y seguramente sienta temor. ¿Cuántos hemos tenido alguna experiencia que trascienda esta realidad cotidiana? Muchas y muchos. Hay una realidad que convive con nosotros desde que el tiempo es tiempo y nos toca, ya es hora, darle nuestra interpretación sin temor a equivocarnos.

Nos toca, con humildad, del mismo modo en que nuestro cerebro se ha ido incrementando y siendo más inteligente, desarrollar más nuestra “alma”, nuestra capacidad de sentirnos unidos a toda la vida que nos rodea, empezando por lo más cercano y abarcando la más lejana estrella.

Quizás sea dentro de cada uno donde encontremos la senda de nos une al Universo. Quizás nuestra alma no tenga un órgano donde residir… porque abarque la totalidad.

Quizás, solo quizás, seamos los artífices de cuanto existe. Pero es algo que cada uno debemos descubrir, que nadie nos puede enseñar.
La espiritualidad, posiblemente, sea el camino. Como dijo alguien hace unos dos mil años: “Ama al prójimo como a ti mismo”. Suena a palabras sencillas, lógicas. ¿Por qué complicarlo?
Empezamos hace eones a pensar, nos autoproclamamos “homo sapiens”, toca ahora sentir, convertirnos en “homo spíritus”.


EL MONASTERIO



  Una larga jornada llegaba a su fin. En el horizonte ya podía contemplar el monasterio al que me dirigía.  Tras él, imponentes montañas colmadas de nieve perpetua, su visión me trasladaba al pasado, cuando siendo aún joven traspasé las puertas por última vez creyendo que nunca más volvería al que fue y sigue siendo mi hogar.
  Un alto en el camino hasta el alba… Junto a unas rocas, que me servían de protección ante el viento reinante, decidí pasar la noche. El Sol había desaparecido y poco quedaba para que el silencio nocturno fuera sobrecogedor, como siempre lo es aquí. Pocos caminantes se atreven a atravesar los desfiladeros que te sumergen en esta incógnita región del Himalaya, y aún menos saben de la existencia del monasterio. Éste nunca ha acogido a peregrinos y pocos han sido los monjes que han traspasado sus puertas; no es un centro de aprendizaje al uso, sino más bien el corazón, el alma, de un entramado que se extiende por los confines del mundo de un modo que pasa desapercibido a los ojos humanos.
  Abrí los ojos ante un nuevo amanecer. Buitres revoloteaban en un cielo raso oteando el terreno, esperando que algún animal moribundo les sirviera de festín…, son pacientes. Tras un frugal desayuno emprendí la marcha. Aunque es primavera, el frío calaba los huesos y caminar es un buen modo de calentar el cuerpo. El corazón palpitaba con intensidad. Hacía tiempo que no sentía en mi ser esta agitación. Aceleré el paso, pues quería llegar antes del atardecer, aún quedaba un escollo por salvar y pretendí solventarlo con la luz del día. Llegué, tras horas de marcha, ante una bifurcación que a cualquiera confunde. Por un lado, una ladera escarpada y al fondo un valle que incita a recorrerlo, llevándote nuevamente a la civilización; por otro un muro de piedra infranqueable cuya inmensidad impone. ¿Quién se atrevería en su sano juicio a escalarlo? Nadie… salvo unos pocos locos o quienes saben qué se esconde detrás… Sólo un pálpito hace que uno se arriesgue a intentarlo. Lo hice hace ya tantos años que casi no recuerdo que casi me cuesta la vida y, sin embargo, fue la mejor decisión que tomé. ¿Locuras de juventud? Quizás algo más… 
  Ahora mi cuerpo ya no es el mismo, está enjuto, gastado por los años… Parado frente a la pared tomé aliento. Miré hacia arriba, parecía un guardián receloso ante cualquier forastero. Me senté, mi respiración jadeante poco a poco fue calmándose. Cerré los ojos y esperé… 
  La barrera dejó de existir. Ante mí, dos pilares sostenían un portón con dos hojas colosales policromadas con distintas tonalidades de ocre amarillo, anaranjado y rojizo. Se abrieron de par en par, con un chasquido que helaba la sangre. Nada podía ver excepto la oscuridad. Me incorporé lentamente, como quien se encuentra ante un lugar sagrado, no por reverenciarlo, sino por la pequeñez que mi alma sentía ante lo que escondía. Con paso decidido me adentré, las puertas se cerraron tras de mí. Nada podía contemplar y aun así seguí caminando en línea recta entre tinieblas. Es como adentrarse en las profundidades del alma, en los rincones donde lo inconfesable se manifiesta y… ¡vaya si lo hace! 
  Paré. Volví a percibir cuanto aconteció en mi larga existencia como si estuviera ocurriendo ahora mismo. Esta vez, fue diferente: me sentí como un observador impávido. No, no me dejé arrastrar por las emociones, ni las de otros ni las mías. Comprendí que los hechos no son relevantes, ya que éstos son humo que el viento lleva lejos hasta desaparecer; queda la sabiduría que la experiencia lleva implícita si somos capaces de captarla, o seguir sumidos en la ignorancia de uno mismo hasta una próxima ocasión.
  La luz fue haciéndose dueña del lugar, si es que puede llamarse de este modo al espacio donde me encontraba. Pudiera parecer fruto de la mejor novela fantasiosa -el alma sabe-, mas no lo es. Mi cuerpo dejé de sentirlo, aunque no es el término más adecuado, ya que “mi cuerpo” en este momento de eternidad es todo cuanto haya podido existir, existe o existirá. Duró un segundo tal estado, para nuevamente “recuperar” la forma con la que me identificaba, o eso creía… Toqué con mis manos mi rostro, mis piernas y, aquí estaban.
  Un patio empedrado ante mí me acercaba a una edificación modesta, hecha de madera y piedras, artesanalmente encajadas. Entré en su interior, parecía que todos sus habitantes habían desaparecido, o quizás estaban afanados en otras labores lejos de aquí. De pronto, escuché mi nombre, era una voz lejana que me hizo sonreír. Giré la cabeza y ahí estaba él, mi viejo maestro. Se aproximaba dando grandes zancadas. Estaba contento de verme… Nos abrazamos como sólo lo hacen los amigos de verdad, los hermanos del alma. Una lágrima caía de mi mejilla, de pura alegría. Respiré profundamente queriendo eternizar el tiempo.
  Estaba igual que entonces. No sé cómo lo conseguía, o tal vez sí…
  ‒Voy a preparar un poco de té, ‒me dijo.
  ‒Gracias, aún tengo helado el cuerpo, ‒sonriendo le contesté.
  Un destello de luz atrajo mi atención. Me acerqué. Era un espejo y, cual fue mi sorpresa al verme reflejado en él. ¡Mi rostro no era el mismo y, aun así, me reconocía!
  Llegó él con dos tazas. Me invitó a sentarme.
  ‒¿Te pasa algo? ‒me dijo.
  Me costó pronunciar palabra. Tomé un poco de té y le contesté con una pregunta:
  ‒¿Qué me ha pasado, lo sabes?
  ‒¡Claro! Eres tú, el que siempre has sido, eres y serás. Tienes una apariencia, pues estamos en el universo de las formas. ¿Por qué ésta y no otra?, me dirás. Pues porque es con la que te sientes más identificado, aunque se remonta a un tiempo remoto es la que vas construyendo día a día, existencia tras existencia. Recuerda que todo es cambio y en éste permanecemos inalterables.
  Me guiñó un ojo y siguió tomando el té en silencio. Yo hice lo mismo.
  ‒Ahora descansa. Ha sido un largo día, mañana verás a los demás monjes. Saben de tu llegada y están deseando verte. Hay mucho que hacer… ‒me aseveró.
  Sí, mucho, me dije en silencio.



MI ESTACIÓN




Con mi bastón, ligero de equipaje. Sin mapa ni guía.
Sin trayecto trazado voy  caminando.

El día llegando a su fin.
El cansancio haciendo mella.
A la vera del camino me siento.
Parada forzada.

Una bandada de pájaros guiados por las estrellas sigue su rumbo.
Conocen su ruta para subsistir. Las estaciones sus vidas van marcando.
La primavera florecida, el verano reluciente, el otoño dorado, el invierno gélido.

Así, cavilando, el sueño me va venciendo.
El Sol emerge.
Me levanto, doy unos pasos y sigo caminando.
Y me voy preguntando…
¿Cuál estación marca mi tiempo?
Qué importa,
ni el futuro ni el pasado...
Sólo sigo la estela de los pájaros.



LIBRE… EN TI



Te vi,
vi la vida pasar en ti.
¡No te alejes!
Déjame sentirte una vez más,
escuchar tus mudas palabras.
Alma,
al trasluz te muestras espléndida.
¡Vuela! ¡Vuela!

Alma mía,
dejo atrás el dolor,
la aflicción…
¡Soy libre!
¡Siempre lo he sido!
Hoy lo descubrí.

Tú, ya no eres diferente a mí.
Te busqué lejos,
no te hallé en los templos,
ni siquiera en el desierto.
Escuché la voz de maestros,
reflexioné sus enseñanzas
hasta que sus palabras se disolvieron en la nada.
Entonces apareciste tú, desnuda.
Y supe que siempre era yo quien me señalaba siempre el camino.

Soy el sonido de una oración silenciosa.
Te siento,
alma mía,
callada,
como la llama que nunca se apaga en mí.
¡Vuelo!
Libre… en ti.



¡BAILAD!



Una noche de un día, cuya fecha quedó en el olvido, viniste a darnos un mensaje, unas palabras que entonces carecían de sentido y que sólo años más tarde comprendimos en toda su dimensión: “Bailad juntos”. Tu hija me contó el extraño sueño, no parecía que se refiriera a que nos pusiéramos a bailar en ese momento. Fue años más tarde, cuando, sin ningún tipo de “presión mundana” decidimos firmar un papel que confirmara el compromiso que nuestras almas se dieron tiempo atrás. 
Unas horas antes, noche de luna llena, nuestros cuerpos bailaron al son que nuestras almas les marcaban. No, no hubo testigos, o así lo creímos. Y llegaste tú, amiga de nuestras almas, a poner la “guinda” en el pastel. Cuando el cuerpo reposa y el alma se libera por un momento de su opresión, llegaste ante nosotros y contemplaste, en silencio, cómo nuestras almas, una frente a la otra, abrazadas, bailaban sin cesar, girando como dos derviches en una danza que parecía no tener final. Y sin embargo la tuvo: un reloj marcando las doce y los cuarenta grados de un termómetro, colgados de la pared de una realidad distinta, era cuanto se distinguía aparte de nuestras almas; los dos desaparecimos sin dejar rastro tras una implosión que oscureció aún más la morada. El universo nos recibió, al otro lado del velo, como Uno más.
Horas más tarde dijimos ¡Sí!, rubricando lo que el espíritu unió para siempre en un instante de eternidad.


PEREGRINOS DE LA PAZ




Camino en soledad, no porque te rechace sino porque quiero que escuches lo más profundo de tu ser. Sin barreras entre tu mente y la mía, sin deseos entre tu corazón y el mío.

Te ofrezco mi mano. Puede que no la veas. Quizás percibas un viento caluroso rozar tu mano. No preguntes porqué, no lo hago para que comprendas nada, ya que es mi espíritu quien lo dicta y sus dictados van derechos al fuego que nos alumbra sin cesar.
Hablo en tu silencio porque eres tú quien ha decidido vivir en el presente y dejar, por fin, el pasado atrás.

No son mis huellas las que has de seguir, ni las de otros, pues ya es tiempo de que camines en la mar.

No te pido que tengas fe, ni siguiera esperanza: da. Da, sin esperar nada a cambio y descubrirás el gozo de la verdadera paz.

Nada temas por un futuro incierto pues es ahora cuando lo construyes. Que todo tu ser viva este instante con infinita generosidad.

Estoy, aunque no veas mi rostro. Eres como yo, soy como tú: cierra los ojos y me sentirás. ¿Te digo un secreto? Mi rostro es el de los demás.

Soy el cuenco y el agua. Soy quien tiene sed. Sin principio ni final, soy, somos, la Eternidad… Peregrinas, peregrinos, de la Paz.

¿Caminas en soledad? ¿Camino en soledad? ¡Nunca más!



ESTOY VIVO



¿Por qué me buscáis entre los muertos?
Es incuestionable que muchos me buscan y no me encuentran, pero es más cierto que hay quienes aun sin buscarme me han encontrado. Estoy vivo en sus corazones, pues estos, también como el mío, han sufrido su propia transformación, e incluso han experimentado su propia “muerte”, mas después de ésta ha seguido latiendo… Ninguna muerte puede 
con quienes son capaces de amar. Este amor ha nacido en sus entrañas, expandiéndose poco a poco, no sin dificultades, ni sinsabores; sabiendo comprender que son dignos de ser llamados hijas e hijos de Dios. No un dios lejano e inalcanzable, sino de Aquel que muestra su rostro humano; de Aquel que tiende su mano cuando la necesitas; del que ha nacido del seno de la Tierra llevando a ésta al estado de dignidad que le corresponde. Sólo quien experimenta la vida es capaz de entregarse por completo a su creación con conocimiento. No soy el dios iracundo del Antiguo Testamento sino el que se ha lanzado al mar de la vida, el que vive en cada una, en cada uno, de los seres que habitan en cualquiera de los universos imaginados o por imaginar. Vivo en ti aunque no lo sepas aún. He despertado en este mundo en multitudes y lo seguiré haciendo al ritmo de vuestros corazones. Os mostraré una y otra vez que la muerte no es nada, nada más que la ignorancia de vuestra esencia. He hablado por boca de tantos y tantos hijas e hijos… de vuestro hermano Jesús de Nazaret,  con él habéis podido descubrir el valor de vuestra dignidad… ¡Os he devuelto la libertad tras milenios de esclavitud! ¡No pertenecéis a nadie, no tenéis más dueño que vosotros mismos!
Levanta tu rostro, no para mirar al cielo esperando verme, sino para fijarte en el rostro de tu hermana, de tu hermano… de quien te necesita y desea en el fondo de su alma caminar contigo en esta senda hacia la felicidad que tanto ansiáis. Ahí estoy… ¡muy vivo!


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