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AQUÍ Y AHORA




  Te veo como entonces, un instante que persiste en la memoria. Te acercabas con ímpetu y determinación, dejando que el viento meciera tu cabello cobrizo y tu vestido azabache. Pasaste a mi lado como un torbellino, no dejaste nada en pié. Mi alma fue descolocada para nunca más volver a ser lo que era.

  Seguí tu estela. Alejándote por la callejuela te perdiste entre la multitud. Corrí como nunca lo hice. Creí que nunca más volvería a verte...

  Una tarde, al bajar los escalones del Metro, te vi. Mi corazón estuvo a punto de estallar, no podía ser cierto y sin embargo...

  -Has tardado mucho, me dijiste sonriendo.

  No comprendí, mas asentí impulsivamente.

  -Milenios, respondí.

  Los dos reímos a carcajada.

  Subimos los peldaños hasta llegar a la superficie. Miré el cartel con el nombre de la estación, "Pueblo Nuevo". Quizás un presagio...

  Nos dimos la mano, sintiendo el calor que trasmitíamos ambos. Nos miramos. Los edificios dejaron de serlo para, en un instante, encontrarnos paseando junto al mar.

  El viento mecía las olas como si no hubiera un mañana. Quizás todo cuanto exista sea aquí y ahora.

LAS ABUELILLAS

 Cuando niño, al pasear por la plaza, recuerdo a las abuelillas y algunas mujeres aún casaderas, sentadas en corrillo, comentando la noticia del día: “fulanito se está viendo a escondidas con menganita". ¡Qué poca vergüenza! Era lo más repetido.

  Cuando bajaba el Sol y el frío llegaba, la plaza se quedaba vacía. Sólo el bar tenía vida. Me asomaba a buscar a mi padre, la cena ya estaba preparada. Algunos discutían acaloradamente sobre la subida del pan, ¡dónde vamos a parar! Otros sólo les importaba quién iba a ganar la liga, si el Barça o el Madrid. Todo muy normal.

  En casa, Elena Francis aconsejaba cómo superar una crisis matrimonial. La radio siempre estaba conectada, radio España, Intercontinental, Cadena Ser… Con facilidad se cambiaba de dial. 

  Por fin la cena, preparada con esmero por mi madre. ¡A la mesa! El mantra de cada noche. Entre cotilleos, alguna regañina de última hora, preocupaciones sobre la situación del país -en voz baja, que las paredes oyen-, y la última del famoseo, acabó la jornada. A la cama que mañana será otro día.

  Han pasado los años, muchas cosas han cambiado. La plaza está irreconocible, ya no hay abuelas, los coches ocupan su lugar. La fuente no está, no hay cántaros que llenar. Ni sucursal bancaria, sólo un cajero que casi nadie saber utilizar, con él no se puede hablar. ¡Ay banqueros qué poca empatía, no todo es ganar pasta, un mucho de humanidad!

  En casa, ya casi nada es igual. Ni madre, ni hermanos, ni visitas al bar. Otros ocupan su lugar.

  La radio suena de fondo, una emisora musical, canciones de ayer y de siempre…

  Pongo el televisor. Sí, es en color, lo habéis adivinado -antes todo era gris-, incluso con acceso a internet. Las noticias, las opiniones, la información, el entretenimiento… ¡Cuántas diferencias! Ya no hay un monotema, se puede elegir, incluso apagar.

  La plaza se ha trasladado a un universo virtual donde se habla, se escribe, se visiona, de todo lo humano y lo divino. Se forman corrillos afines, algunos inocentes y otros mejor no nombrar. Se defiende lo indefendible e incluso causas justas, la guerra y la paz. Se crean opiniones a base de talón. En definitiva, convive lo mejor, lo mediocre y lo peor de esta sociedad. 

  Y uno decide en qué silla sentarse, con quien dialogar, debatir, opinar, compartir…, lejos de la manipulación y el lavado de cerebro virtual.

  Los tiempos han cambiado, quizás no tanto como cabría esperar.

  Abuelillas, os hecho de menos.








VOCES SOLIDARIAS



Dejé atrás mi tierra, 

la bandada.

¿Dónde vas? Burlándose, me decían.

Cansado de la monotonía,

de sólo vivir para comer. Respondí.

Emprendí mi primer vuelo en soledad, 

elevándome donde nunca antes pude llegar.

El inmenso océano por hogar.

Cansado, 

con sueño,

planeando,

me dejé llevar.

Estoy aprendiendo a vivir

sin ninguna tierra tocar.

Soy hijo del viento,

nadie me puede domar.


Una voz acabó con mi aislamiento.

-¿Dónde vas, casi sin aliento?

-Practicando técnicas de vuelo.

-¿Te puedo acompañar si no molesto?

-¿Por qué no? Vayamos.

-¿Y por qué sola vas?

-No estoy sola,

voy al otro lado del mar.

Allí está mi bandada, 

gaviotas solidarias.

Somos pocas mas vivimos en libertad.

-¿Me aceptáis?

-Conmigo ya estás.

¡Vamos, más allá!


QUIZÁS



Una voz,
una ventana abierta,
y tú mirándome sonriente.
Dijiste mi nombre.
Sonreíste.
Sonreí.

Fue el primer día de muchos,
henchidos de gozo.
Rompimos muros
forjados entre tu alma y la mía.

Fuimos uno en un instante de eternidad.
Hoy,
un recuerdo,
puede que algo más.
¿Recuerdas?
Quizás.



MI SOLEDAD Y YO



Decidí unos días de soledad, la montaña de mi infancia me esperaba. Cargué mi macuto a la espalda con lo imprescindible.
El tren blanquiazul, tras muchas paradas, me dejó en mi estación de destino.
¿Cuál camino tomar? No importaba, sólo sabía que debíamos de dirigirnos a la cumbre… mi soledad y yo, viejos compañeros que nos llevamos bien. La verdad es que nunca nos sentimos solos, en los peores momentos siempre estamos para ayudarnos en lo que haga falta.
Tomé la ruta de la izquierda, unas casas de piedra daban paso a un camino entre zarzas y moreras, delicia del campo que no desaproveché. 
Comienzo a subir la pendiente saliendo del camino trazado. El olor de las jaras y pinos perfumaba el aire, la  paz llegaba a mis pulmones y la repartí a cada célula de mi cuerpo; la alegría me hacía dar pasos más grandes y decididos. 
Canturreaba alguna melodía escuchada en algún tiempo atrás. 
Los mirlos me silbaban: “¡Qué tal montañero!” Les devolvía el saludo con un silbido, cada uno seguíamos en nuestros pensamientos. 
No había prisa por llegar a ninguna parte, en realidad no iba a ninguna parte, la cumbre era solo un pretexto para engañar a mi cerebro para que no me dejara tirado de cansancio, unas chocolatinas y algunas almendras le servían. La belleza estaba en caminar, en la sensación de sentirme arropado por la naturaleza, percibir todo lo que me rodeaba como una extensión de mí mismo, y yo como su propia prolongación. En mi diálogo con la soledad no dejábamos títeres con cabeza y al final siempre acabábamos hablando de lo mismo: ¿a quién se le ocurrió la brillante idea de la Vida?
Unas horas de caminata nos llevaron a la cumbre de la montaña. Majestuosa la vista, por un lado inmensas montañas aún más altas y, por otro, una puesta de Sol de las que quitan el hipo. 
Mi soledad y yo nos sentamos a contemplar el espectáculo sobre una inmensa roca de granito. Le dije: “Qué, esto no se ve todos los días”.  Me sonrió con su complicidad acostumbrada y siguió contemplando los rayos de luz entre las nubes perdiéndose en el horizonte.
Unas vacas rumiaban apaciblemente ajenas a mi presencia, sabidas de que no había ningún peligro.
Seguí canturreando feliz. Mi soledad le daba el silencio necesario para que fuera armónico el sonido. Saqué mi pequeño libro azul, palabras de un viejo amigo que nunca quiso escribir Él, por algo sería.

Noche cerrada, los grillos parecían bastante alegres esa noche, debían sentirse un poco menos solos al tener un espectador de su concierto. Una cena sobria repartida con las hormigas del lugar y… a sentarme a admirar las estrellas. ¿Algo más que hacer? Era más que suficiente, todo un privilegio. El sueño me fue venciendo, así que le di las buenas noches a mi soledad y me sumergí en el saco de dormir, el mejor techo que se puede desear estaba pintado ante mis ojos.
 Unos ligeros toques sobre el saco me arrancaron de un dulce sueño, al parecer el techo tenía gotera y me invitaba a beber las gotas de lluvia que se colaban por ella. No tenía más refugio que a mí mismo, así que cambié la postura de tumbado por la de  ”tienda de campaña”, o sea, sentado estilo monje budista. Un viejo plástico, que siempre me acompañaba nos cubrió, a mi soledad y a mí. Y así pasamos lo que quedó de noche sentados sobre una roca, sintiéndonos Uno con todo lo que nos rodeaba: las hormigas, los grillos, los pájaros, las vacas, las rocas, la vegetación… 
Todos, empapados de la Vida, amanecimos dando gracias por ver salir el Sol un día más.
Mi soledad y yo continuamos nuestra marcha, como siempre… Nunca solos.



MI TIEMPO



Siete de enero, cinco de mañana.
El frío atenaza en el exterior.
Un grito desgarrador rompe el silencio.
Carreras a uno y otro lado de la habitación.
Se acerca el momento.
Quiero salir, lo necesito, por ella y por mí.
Demasiado tiempo atrapado mi cuerpo en otro cuerpo.

Ya llega la comadrona y el doctor.
Todo está listo, sólo falto yo.
Intento salir pero no puedo.
Veo luz al final de un túnel.
Necesito un empujón.
¡Madre! Grito sin voz.
Un cordón me une a ti...
¡Aprieta! Oigo tras la coraza que me aisla del mundo exterior.
No vengo para quedarme,
ni siquiera para sufrir.

¡Madre! ¡Ya es la hora!
Mi alma desciende el último peldaño.
Doy un paso y... la luz ciega mis ojos.
El primer llanto...
Que no será el último,
presagia el "doc".

¡Olvida! ¡Olvida!
Esta vez la voz sale de mi interior.
Y yo, olvido... quien fui, soy y seré.

Han pasado muchos años,
escribo páginas en blanco,
casi gastado mi tiempo.

Padre, hace frío.
¡Madre, necesito tu calor!

Ahora veo otro tunel...
Doy un paso.
Subo un escalón.
Miro atrás y quien fui no recuerdo.
Al fondo la luz.



¡BAILAD!



Una noche de un día, cuya fecha quedó en el olvido, viniste a darnos un mensaje, unas palabras que entonces carecían de sentido y que sólo años más tarde comprendimos en toda su dimensión: “Bailad juntos”. Tu hija me contó el extraño sueño, no parecía que se refiriera a que nos pusiéramos a bailar en ese momento. Fue años más tarde, cuando, sin ningún tipo de “presión mundana” decidimos firmar un papel que confirmara el compromiso que nuestras almas se dieron tiempo atrás. 
Unas horas antes, noche de luna llena, nuestros cuerpos bailaron al son que nuestras almas les marcaban. No, no hubo testigos, o así lo creímos. Y llegaste tú, amiga de nuestras almas, a poner la “guinda” en el pastel. Cuando el cuerpo reposa y el alma se libera por un momento de su opresión, llegaste ante nosotros y contemplaste, en silencio, cómo nuestras almas, una frente a la otra, abrazadas, bailaban sin cesar, girando como dos derviches en una danza que parecía no tener final. Y sin embargo la tuvo: un reloj marcando las doce y los cuarenta grados de un termómetro, colgados de la pared de una realidad distinta, era cuanto se distinguía aparte de nuestras almas; los dos desaparecimos sin dejar rastro tras una implosión que oscureció aún más la morada. El universo nos recibió, al otro lado del velo, como Uno más.
Horas más tarde dijimos ¡Sí!, rubricando lo que el espíritu unió para siempre en un instante de eternidad.


A MIS HERMANOS



Al parecer me quedan “dos días” –me lo dijo un ángel–, no sé si es mucho o poco tiempo y, ya que no es posible un encuentro físico, quiero que sepáis que a pesar de lo vivido, mi alma sigue preguntándose por qué hemos llegado a esta situación de silencio y alejamiento.

Nacimos en el seno de una familia que se estaba construyendo sobre los escombros de una guerra civil. Crecimos con el hambre llamando a la puerta, nuestros padres hicieron lo que pudieron y supieron, ni tú ni yo tenemos capacidad para juzgarlos –tendríamos que estar en sus pieles para saberlo y no es el caso–. Posiblemente no hayamos cometido los mismos errores, ni acertado en lo que ellos sí supieron.


Me queda de la infancia impresiones, dejo a un lado los recuerdos –que de todo hay–. Viví durante ese tiempo, imagino que como los demás, como tú, en un mundo alejado de la realidad siempre que podíamos… En realidad no sé si nos apoyamos unos a otros por sentido familiar, o pura supervivencia, pues según crecíais ibais “desapareciendo”, quizás de la “quema” en busca de una felicidad que no habíais encontrado. El contacto siguió de un modo formal entre unos y otros, yo siempre creí que era sincero y no consecuencia de un automatismo que desconozco.

Crecí, como todos, en el momento oportuno, desperté de un sueño que a veces se convertía en pesadilla, enfrentándome a los mismos demonios que vosotros conocisteis. Quizás por eso asimilé rápidamente la crudeza de una realidad que nunca hubiera elegido libremente y me comprometí conmigo mismo en hacer lo posible para que desapareciera un mundo de oscuridad y miedo. Creí oportuno dejar un buen trabajo prometedor por la incertidumbre. Sentí la existencia de un Dios que llamaba a mi puerta. Le preguntaba y esperaba respuestas. Quería comprender por qué tanto sufrimiento, su causa. Un día subí a un tren entrando en el primer peldaño de mi madurez y me di de bruces con otra realidad, pronto me di cuenta que ese no era mi camino. ¿Rezar mientras el mundo tiene hambre? ¿Prepararme para ser un fiel ejecutor de quienes decían servir al amor y servían a sus propios intereses? No podía esperar a que llegara el paraíso o nos fuéramos a él. Volví a casa, pero ya no era el mismo y ninguno lo entendisteis, tampoco os preocupaba, estabais viviendo vuestras vidas, no es un reproche, yo vivía la mía. Aquí me di cuenta que éramos como muchos animales, que cuando se valen por sí mismos salen del nido para no volver ni recordar lazos pasados. Con una salvedad, si hay algo que podáis acaparar que no os pertenece entonces sí existe la familia, triste pero real, y no lo neguéis. Os creíais con el derecho de recuperar parte de lo que habíais aportado a la familia, eso os ha hecho y hace aún que os miréis con recelo. Dejé claro que no iba a participar en tal insensatez. Os vino bien, menos a repartir. Consideraba y aún lo siento así, que hay valores más importantes en la vida.
La revolución que necesitábamos, aun siendo consciente que era necesario un cambio interno, creí, ya no, que era necesario un “empuje” externo. Y volví a ver cara a cara un rostro humano, que aunque viejo, no conocía bien: la codicia, la ingratitud, la mentira, la soberbia, el egoísmo llevado a sus extremos. Nada vale más que una vida humana, ni el mejor pensamiento. Comprendí que el medio y el fin han de ser uno: sólo el amor llama al amor oculto en cada uno.

Por entonces nuestras vidas seguían su propia ruta. Supe de vosotros aunque no lo supierais. Siempre “la abuela”, puro corazón, se encargaba de ello. Con ella todo era un bálsamo de paz, un oasis entre tanto desierto… Separaciones, secretos no confesados… Nuestros demonios parece que seguían trabajando en cada uno aflorando cuando así sentían necesidad. Habéis criado hijos, algunos ya sois abuelos. Y cada uno a su modo, buscando la paz, una paz que no encontramos en nuestra niñez y que ha marcado nuestras vidas. He aprendido a no juzgar, ni siquiera a mí mismo, el perdón sincero es la mejor medicina que uno pueda darse. Somos consecuencia de tantas confluencias en el tiempo y el espacio que únicamente en nuestro silencio más honesto podremos ver con claridad en qué nos hemos convertido hoy; si seguimos los dictados de nuestra alma o no, sólo uno lo sabe.

Os llevo en mi alma, como siempre os he llevado  y sé, con seguridad, que nuestros caminos se volverán a cruzar una vez más. Nos daremos otra oportunidad para curar viejas heridas. Elegiré no recordar, quiénes fuisteis, quién fui, pues mi mayor deseo es sentirnos amantes de un momento que supere a todos. Sentir que hay algo en vosotros, en mí, que nos hará reír a carcajadas y, por fin, ir de la mano como debimos hacer un tiempo atrás.

Y, ahora, como dijo el místico: “Muero porque no muero”.

P.D. ¡Nos vemos un día de estos, cuando así lo decidamos!




EN OTRA REALIDAD



No, no fue un sueño, cuando vi cómo te alejabas. Anduvimos juntos desde la infancia como dos hermanos. No sé si fue el destino prefijado por nosotros mismos o el azar lo que hizo que nuestros padres acabaran viviendo próximos unos de otros. Lo cierto es que compartimos los mismos juegos; asistimos a la misma clase en el colegio del barrio; reímos y lloramos juntos descubriendo un mundo que nos abría sus puertas, nos integramos en la pandilla de amigos como si fuéramos uno solo, incluso nos llamaban “los gemelos”. Fui tu confidente en muchas ocasiones, así como Clara, la chica que te gustaba y con la que deseabas en unos pocos años formar una familia. Soñabas despierto un futuro ideal… Todo era idílico hasta que se cruzó en tu vida aquel ser inmundo. No sabíamos la causa de la inquina, ya que era nuevo en el barrio y un completo desconocido para todos. Le recibimos con los brazos abiertos en la pandilla, pero, desde el primer día, mostró señales inequívocas de rechazo hacia ti. Percibió el aprecio un tanto especial que todos te teníamos y, al parecer, no podía soportar no ser él el centro.  

Aquella noche, llegabas a tu casa, cansado de una larga jornada de trabajo. Era tu primer día en la fábrica de coches y te sentías dichoso ya que tus sueños se estaban fraguando. Bajaste, tras una frugal cena, al parque donde solíamos encontrarnos la pandilla. No llegaste a encontrarnos. El destino tenía otros planes. Al cruzar la calle, donde las farolas apagadas eran habituales, alguien decidió que tu felicidad se quebrara. Sin tiempo de respuesta recibiste tal paliza que diste con los huesos en el hospital. Recuerdo cuando fui a verte, quedé horrorizado y tragué saliva, apreté los dientes y una ira como nunca tuve recorrió mi ser. ¿Cómo un ser humano es capaz de semejante acto? ¿Qué hay en su mente? ¿En su alma? –Me preguntaba con lágrimas en los ojos‒. No podías verme, ni escucharme. Tu cuerpo estaba inerte, casi sin vida, atado a este mundo por una máquina que respiraba por ti.

Pasaron los días, los meses, y mi “gemelo” seguía esforzándose por vivir en una habitación de la séptima planta. Los médicos no daban esperanzas de su recuperación, ni siquiera sabían si en caso de salir del coma podría articular palabra, pensar, sonreír. Clara no faltaba un solo día. Tomaba su mano fundiéndola con la suya y, callada, me miraba. Yo les miraba sintiendo lo que sus almas sentían.

Puede que sus cuerpos no pudieran expresarse abiertamente, pero ellos no estaban en este mundo, vivían en uno donde vislumbraban otra vida, una donde ambos recibieron la bendición del cielo el día que se casaron. En el que, ya ingeniero, desarrolló un vehículo alimentado con energía solar, desde niño lo estuvo concibiendo. Ya dos hijos alegraban los días de los enamorados. A ambos les encantaban los atardeceres violáceos…

Clara salía del hospital pletórica, colmada de felicidad. Yo estaba admirado de su entereza en las circunstancias por las que estaba pasando. Ella, me contaba, cómo “hablaba” con él y le trasmitía sus vivencias en otra realidad.

Una mañana, bien temprano, recibí una llamada de teléfono que me sobresaltó. Una sensación desagradable recorrió todo mi cuerpo, de la cabeza a los pies. Clara estaba al otro lado, sollozando y, de un modo casi ininteligible me comunicó que él estaba a punto de abandonar este mundo. No supe, ni pude decir nada. Salí corriendo hacia el hospital intentando no llegar demasiado tarde. No quería que se fuera sin estar a su lado. Como una visión recorrí todos los momentos de nuestras vidas en común. Él es el hermano que nunca tuve y… ¡estaba alejándose para no volver! No podía soportarlo y rompí a llorar cuando salía del ascensor rumbo a su lecho. Como pude enjugué mis lágrimas. Clara estaba sentada, apretada a él. Los rodeé con mis brazos y, ocurrió algo inesperado: mi “gemelo” abrió los ojos, nos miró y sonrió. Dos lágrimas brotaban de éstos. No sé cómo, pero supe que estaba feliz en ese instante, que se sentía dichoso del amor que profesábamos por él. Cerró los ojos. Miré a Clara y, para mi sorpresa, estaba inerte. ¡Ambos lo estaban! ¡No! Grité. Estiré mi mano alcanzando el timbre de alarma. Estaba abatido… ¡Quería morir!

Días más tarde, tras el lance, decidí alejarme del barrio que me vio crecer para siempre. Emprendí rumbo a lo desconocido intentando comprender por qué. Soñaba con ellos: los tres corríamos alegres por una campiña, al fondo unas majestuosas montañas colmadas de nieves eternas parecían decirnos, ¡bienvenidos al hogar!

No sé cómo, pero sé que ellos están juntos y que los tres compartimos una realidad donde el tiempo y la distancia, donde la muerte, no son más que una ilusión.

Os amo, Clara y Bernardo.




TRAS LA MUERTE… ¡ESTOY VIVO!



Una trombosis le llevó al hospital, a los pocos días otra le acabó paralizando todo el cuerpo. Sólo sus ojos podían hablar. Así pasaban los días sin ninguna mejora. Sus hijos repartidos por el mundo se enteraron de modo distinto de su situación. Una hija en particular, María, no necesitó una llamada telefónica: él, su padre, apareció ante ella cuando se encontraba en el salón, lejos de asustarse se acercó a él…, entonces desapareció ante su vista. Ella supo que algo grave pasaba a unos miles de kilómetros.

Esperamos la llegada al hospital de varios hijos, entre ellos María. La situación era estable dentro de la gravedad, aunque en cualquier momento se podría producir un cambio no deseado.

La muerte no es igualmente entendida, asimilada, aceptada por todos. Para unos es un final, para otros queda la esperanza de una nueva vida aun sin saber cómo se produce ésta. Estos pensamientos rondaban en la mente de más de uno, también las vivencias del pasado en común. Demasiados sentimientos se estaban acumulando haciendo que las lágrimas cayeran en silencio… Llega la noche, un “Hasta mañana” se escucha…

Nos quedamos dos con él, como otra de tantas y tantas noches, acompañándole. El calor de una mano se unía a otra. Qué se puede decir cuando habla el corazón… Nada. Sólo sentir y aceptar. Cuando los pasillos están vacíos, las habitaciones habitadas por mundos dentro de un mundo mayor, el silencio de adueña de todo y de todos. Pasan los minutos, las horas… ¡Cuánto da de sí la mente hasta que ésta también se aquieta!

Una fuerte respiración nos saca del sopor. Todo el cuerpo entra en alerta máxima preguntándose: ¿qué va a ocurrir? Sus ojos nos miran queriendo decir tantas y tantas cosas… No era necesario. Tres corazones empezaban a latir al unísono hasta que uno de ellos cambió el ritmo lentamente. Se fue apagando hasta que dejó de latir. Las manos seguían entrelazadas. “No estás solo” –decían.

Y no, no estaba solo. Sabía su alma qué debía hacer: recorrió los kilómetros que le separaban de sus otros hijos que en ese momento descansaban preparándose para un nuevo día. Ella, María, despierta, nuevamente vio a su padre ante ella. No necesitó palabras, sus miradas se cruzaron diciéndolo todo. Supo que su alma había abandonado definitivamente el cuerpo que tantos años le sirvió de posada. Con su presencia le había dejado el mejor de los mensajes: “Estoy vivo”.

Un instante después llamo por teléfono para comunicar lo sucedido. Cada alma, cada ser, supo que no era por azar lo que estaba pasando. Cada uno aprendimos ese día algo que nunca olvidaremos.

Quizás la duda, el miedo, vuelva a surgir de muchas maneras ante la pregunta: ¿qué hay tras la muerte? No pretendo nada más que dar un testimonio real, que seguro no te dejará indiferente.




UNA VISIÓN



Me he preguntado sobre la realidad de la existencia de vida tras ésta. Haciendo un recorrido a vuela pluma sobre lo acontecido hasta hoy, tengo que manifestar rotundamente que sí hay vida, que la muerte del cuerpo físico no es el final. Sé que quienes están en contra exigen pruebas fehacientes, que no sirven unos testimonios sin más. Pienso que la prueba irrefutable la tenemos cuando, cara a cara, nos encontramos con la parca. Paciencia…
Pero, mientras tanto, casi de soslayo, trastocando las leyes de la naturaleza conocidas, algo acontece que nos desarma ante la evidencia. Y, uno se pregunta: ¿me he vuelto loco?
¿Cómo explicar racionalmente visiones del futuro, cuando casi siquiera presentía las horas siguientes al despertar de un nuevo día? Con dieciocho años recién cumplidos me planteaba qué hacer con mi vida, estudiaba, trabajaba, pero no llenaba mi ser. Me parecía que faltaba algo vital. Y fue así, que un día me acerqué a un centro misionero de mi ciudad, quería conocerlos con un poco más de profundidad. Nunca antes había tenido un interés especial por la religiosidad organizada, soy bastante independiente y no me gusta seguir los pasos de nadie, aunque admito que hay personas históricas que han llamado mi atención, quizás porque caminaban donde nunca otros lo hicieron. 
“Casualmente” me encontré inmerso en un retiro espiritual junto a chicas y chicos jóvenes con los que intercambiábamos dudas e inquietudes propias de la edad. Tras una charla amena y una comida generosa, nos fuimos retirando a las habitaciones individuales a descansar, antes de proseguir nuevamente con testimonios de misioneros que estaban dando su vida por los demás alejados del primer mundo. 
Sentado sobre la cama, con la mente en blanco y sin saber cómo, la habitación se transformó en una inusual sala de cine. Ante mis ojos y a unos dos metros, contemplé absorto escenas en tres dimensiones en las que me veía involucrado en primera persona. Sabía, sin comprender cómo, que se referían al futuro de mi vida y la de otros, de gentes que conocería y de otras que no y, que sin embargo, estarían conectadas. Algunas tardarían poco tiempo en materializarse y otras tendría que esperar años para ello. Unas eran explícitas y otras envueltas en simbolismo, que sólo comprendería cuando llegara el momento adecuado. Cuando acabó la “película” quedé conmocionado, sin saber qué hacer y pensar. Me preguntaba si era real lo que había visionado: yo estaba seguro de estar despierto y plenamente consciente, con los pies bien anclados en tierra. Nunca antes me había ocurrido nada fuera de lo común y tampoco conocía de ningún hecho sobrenatural que le hubiera pasado a otros. ¿Qué estaba pasando?
Tenía que compartirlo con alguien de total confianza, pero no conocía a nadie… Quería comprender. Salí del dormitorio a tomar el aire y me encontré con un misionero que estuvo dando una charla por la mañana. Su figura era menuda, de avanzada edad, y a pesar de ello desprendía una gran energía. Pasaba sólo unos días en España antes de volver a su misión en una remota zona de Méjico. Su acento mejicano unido a su origen italiano le daba un aire muy particular.
Me saludó y me preguntó cómo estaba. En cierto modo, habíamos conectado ya durante la charla. En un instante, me dije “¿por qué no él?”. Le abrí mi corazón y mi “visión”. Se quedó sin palabras cuando acabé. Sin duda, y sin yo saber por qué, me creyó. Tras el impacto inicial sólo me dijo que siguiera adelante con el “camino” que había emprendido.
Volví a mi rutina durante unos meses, pero todo cambió cuando decidí ingresar en la orden misionera. El destino parecía estar marcado y eso que yo trataba de que no fuera así, pero los acontecimientos seguían un curso trazado de antemano… ¿por quién?
Mi estancia con ellos no fue lo larga que yo esperaba. Me preguntaba cómo podía permitir un Dios justo lo que acontecía a mi alrededor… Entré en una profunda crisis que me llevó por otros derroteros durante un tiempo, uno donde viera con mis propios ojos el resultado. Estaba, a mi pesar, escrito. Con los años he comprobado cómo se ha cumplido gran parte de lo que visioné. Y, sin pretenderlo, me encontré cómo el pasado remoto, sí, aquel que acontece antes de nacer y morir, volvía al presente de un modo que no imaginaba. No supe extraerlo de la visión hasta que llegó el momento adecuado. La reencarnación es una realidad y el olvido una “gracia divina”. Lo que planeamos materializar en esta encarnación es únicamente una continuación, un paso más, en una “ascensión” hacia uno mismo.
Un día alguien me dijo: “Confía”. Confío, porque he visto.
Esta Tierra, este mundo que habitamos, está inmerso en un profundo cambio. Es un ser vivo, como tú y yo. Es más, somos tú y yo. Un cambio es sinónimo de crecimiento. Estamos creciendo y ello implica dejar atrás una adolescencia que ya no nos corresponde. Pretender alargar en el espacio y el tiempo tal estado es ir contra la corriente del Río de la Vida. Es nuestra elección que sea breve, como lo es el paso de la adolescencia a la juventud. Somos un Ser vivo que está cambiando, no solo la piel, sino que, además, está dejando ver su alma… Y, algunas y algunos lo muestran ya. 
Y, concluyo, escribiendo que, al “uno mismo” al que vamos es maravilloso. A pesar de los momentos de sufrimiento, angustia, incomprensión, duda, el camino que emprendimos y queda casi olvidado en el tiempo, merece la pena haberlo emprendido. Ahora importa el presente.



RECUERDOS VIVOS



Hace ya unos cuantos años una amiga me contó un hecho que, si no fuera por la sinceridad y honestidad que desprendía por todos los poros de su piel no la hubiera creído. Ya nos conocíamos de antaño y, aunque nos habíamos perdido la pista, la causalidad hizo que el reencuentro tuviera lugar. Llegó muy afectada por las consecuencias de una relación amorosa rota. Se desahogó, pero había algo que se quedaba en el tintero… Pasó el tiempo.
Tras contarle unas experiencias vividas por mí se atrevió a abrir su alma un poco más. Habló, mezclando las lágrimas con un sosiego que no era de este mundo. Sabía que no la tomaría por loca.
Quizás deba compartir primero algo que le conté y dio pie a que ella hablara…
Era el año 1987. Verano. Unos días de descanso y desconexión me llevaron junto a mi esposa y unos amigos a Valencia. Decidimos ir a visitar Morella, ciudad amurallada al norte de Castellón. Tras una agotadora y encantada visita, como colofón y un poco de reposo, entramos en la iglesia de Santa María la Mayor. Nos sentamos junto al altar, a su izquierda. Miré alrededor y me llamó la atención una efigie a tamaño natural de Jesucristo, y sobre su cabeza una aureola dorada con una cruz en su interior. Seguí ensimismado con la mente en blanco, los demás se fueron levantando y saliendo, y yo esperé un poco más… Eso creía. De pronto, mirando la cruz, ésta se transformó en una paloma blanca, era como si todo lo demás hubiera desaparecido… Ella se acercó, posándose en el respaldo del banco que tenía delante. Me miró. Sentí que tenía que soltar el “lastre” que me acompañaba desde mi nacimiento. Todo aquello que me impedía avanzar en la vida lo tenía presente. “Escuché” cómo ella me decía que el “lastre” lo pusiera sobre mi mano. Vi unos granos de trigo en ella. Y la paloma, si más, se los comió. Lo que estaba sucediendo no era de este mundo; yo estaba bien despierto… Sólo dejé hacer. Ella, en unos segundos, puso un pequeño huevo, indicándome que me lo comiera. Veo que tienes sentido del humor, pensé, pues soy vegetariano. Aun así, lo tomé con mi mano, lo puse en mi boca y lo tragué. “Escuché”: “Ahora dale calor para que eclosione dentro de ti”. Vi, después, cómo se alejaba volando hacia la efigie, posándose sobre su cabeza y desapareciendo, y en su lugar, volvía a ver la aureola.
¡Ángel! ¡Ángel! Escuché. Mi esposa me llamaba. ¡Van a cerrar! Llevas media hora aquí solo. Me quedé extrañado, pues para mí no pasó más de uno o dos minutos.
A veces, "El que Es -somos-", nos habla en un lenguaje simbólico que podemos desentrañar con el tiempo...
Este relato hizo el “milagro” de que mi amiga hablara, por cierto, se llama Paloma.

Con la intención de acabar con su vida se encerró en su habitación una noche de verano. Bajó la persiana y en la oscuridad quiso dar el triste paso a otra realidad, cuando de pronto, ante ella y viniendo de la ventana, un rayo de luz formó una pequeña esfera que se fue agrandando hasta tener la altura y la forma de un ser humano. La luz que en un principio la cegaba aminoró, mostró el rostro de un ser que ella definió como andrógino, de una belleza que nunca había visto antes, sus ojos rasgados; su cabello castaño, le caía a los lados hasta los hombros. Una túnica blanca le cubría el resto del cuerpo sin dejar traslucir sus pies, que no tocaban el suelo.
―¿Qué vas a hacer, Paloma? Escuchó sin que el “Ser” moviera los labios.
―¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres? —contestó ella.
―¿Has pensado en las consecuencias que tendrá tu acto en aquellos que te aman, en tus padres cuando por la mañana abran la puerta de tu habitación al ver que no sales? ¿El sufrimiento que innecesariamente les vas a ocasionar, lo has pensado?
Sin dejarla reaccionar, continuó con voz dulce y afectuosa:
«Yo soy tu creador, tu Dios. Yo… habito en ti. Eres un eslabón de una cadena que no debes cortar pues tu vida no es fruto de la casualidad. Debes irte cuando sea el día señalado y no antes. No es la primera vez que vienes a este mundo, ya has estado aquí antes. Ama. Ama. Ama. Volveré.»
El Ser de Luz fue disolviéndose y, como vino se fue. Ella, Paloma, vio el amanecer de un nuevo día en este mundo.
Antes pensaba que las casualidades existen, pero me he dado cuenta que no, que cuanto ocurre tiene una causa. Puede que no comprendamos, que no sepamos, que demos palos de ciego una y otra vez. Estos hechos son piezas de un puzle que escapan a mi comprensión y que ni siquiera podré desentrañar en vida, algunas respuestas y muchas preguntas me sugieren; quizás no sea lo importante y puedan ser además una trampa en la que la mente disfruta y le gusta perderse, olvidándonos del mensaje sencillo que implica y que, en el fondo, es el motor de nuestras vidas… El Amor.


EL VIENTO HABLÓ



Tanto tiempo sintiendo tu ausencia. Me sentaba, meditabundo, mi mirada perdida en el horizonte, esperando…
Pasaba los días, los años, y tú no aparecías.
Cada día, sentado en la misma piedra, seguí, confiando que tu silueta se acercaría a la mía.
¡Me faltas tú! ¡Lo gritaba al viento!
Y el viento habló…

Fue en el callejón del Gato, una tarde de otoño en la vieja villa, donde te vi… Los dos entramos en él al mismo tiempo, ambos desde el lado opuesto, como sus espejos, como fue nuestra vida hasta ese instante. Tu vestido azabache mecido por el viento atrajo mi atención, mas fueron tus ojos verdes y tu sonrisa al cruzarnos la que te delató… ¡Eras tú, siempre tú!
Me miraste como sólo el amor sabe hacer. 
Mi alma me lo decía… Te reconocí y el fuego de tu cabello lo confirmó. Tu alma te lo dijo también.

Al alba de un nuevo día ya nada era igual que ayer. 
Nuestras manos se enlazaron para nunca más soltarse.

La piedra de mis confidencias, hoy, permanece vacía…



LA MUERTE NO ES EL FINAL



La primera vez que me encontré con la muerte fue por casualidad. Vi cómo unos hombres llevaban a hombros un féretro, una fila de mujeres y hombres lo seguían en silencio por las calles del pueblo. Me uní a la comitiva, sólo por la curiosidad que un niño puede tener ante algo que nunca había visto anteriormente, hasta llegar al lugar de destino: el cementerio. Pusieron el ataúd directamente en un hoyo preparado al efecto. Observé los rostros entristecidos de quienes lo acompañaron y, giré la cabeza observando cómo destacaban cruces de metal sobre las lápidas que cubrían el lugar. Era un sitio lúgubre y, me pregunté si aquí acaba todo…

La segunda vez me tocó de cerca. Sabía que mi abuelo estaba enfermo, vivía a unos veinte metros de la casa de mis padres, y fui a verle. Esa mañana iba de excursión con el colegio al museo del Prado y quería saludarlo antes de marchar. Recuerdo asomarme a la habitación y fijarme en la cama donde reposaba, al otro lado destacaba una bombona de oxígeno, pero no estaba conectada a él. Le miré y vi su rostro pálido y su nariz afilada. No me atreví a entrar y me fui camino del colegio, tenía una cita que ya no me importaba en absoluto.
El dolor que sentía me acompañó todo el día sin poder expresarlo, hasta que, por la noche, en el silencio de mi aposento, rompí a llorar. Nadie se enteró ni quise que lo hicieran mis padres y hermanos… Era demasiado íntimo. Y me volví a preguntar si éste era el final.
Me prometí encontrar la respuesta…

Años más tarde me encontré acompañando los días finales de mi suegro, una trombosis le dejó en estado vegetativo. Y fue el inicio de la respuesta… Una hija suya se encontraba a miles de kilómetros y aún no tenía noticia de su estado; le llamamos por teléfono para comunicárselo, pero no hizo falta, ya sabía que algo estaba pasando con su padre. Contó que él se le apareció en el salón de su casa, sentado sobre un sillón y, cuando ella fue hacia éste desapareció. Evidentemente no era su cuerpo físico lo que vio, ya que reposaba en la cama de un hospital, inconsciente. El día que ella llegó al hospital y tras verle, fue a descansar a la casa de un hermano. Mientras tanto, otro hermano y yo le estábamos acompañando en la habitación; al anochecer su corazón se paró. Llamé para comunicarlo al resto de la familia y, nuevamente, su hija me dijo que acababa de verle frente a ella en la casa de su hermano. Tal y como lo entendí su padre se acercó a despedirse… 

¿Hay algo que vive en este cuerpo humano que puede trascender la muerte? Lo vivido me decía que sí. Y quise saber más…

Un año más tarde, en una noche invernal… Las dos de la mañana. Mi hija no se dormía y  no dejaba de llorar en su cuna. Mi esposa dormía profundamente. La cogí y la coloqué en la cama entre ambos. Se quedó dormida al poco tiempo.
Yo me quedé desvelado, era imposible dormir. De pronto, estando tumbado en la cama, comencé a incorporarme acompañado de una extraña sensación. Giré mi cabeza al lado donde se encontraba mi hija y cuál fue mi sorpresa al ver que mi brazo que se encontraba bajo su cuello comenzó a atravesar su cabeza, ¡era transparente! Me moví un poco más y vi que mi cabeza estaba sobre la almohada, en ese instante, habiendo ya pasado completamente mi brazo, éste dejó de ser translúcido. Eran dos cuerpos iguales. Una sensación indescriptible de paz como nunca he experimentado me inundó completamente.
La habitación comenzó a llenarse de una luz tenue, como de luna llena, antes estaba completamente a oscuras. Mi "otro" cuerpo, instintivamente, comenzó a moverse con intención de levantarse. Me sentía como mero observador y dejé hacer.
Miré hacia la ventana, que estaba completamente cerrada con contraventanas de madera. En un impulso lento, pero firme, comencé a "levantarme" en su dirección. Pensé: “vaya torta que me voy a dar”. Pero no, no fue así. Mis brazos los coloqué delante de mi cabeza para protegerme y cual fue mi sorpresa al sentir como se introducían a través de la madera y el cristal, como si no hubiera nada, sólo un ligero cosquilleo.
Al instante siguiente, me vi en el espacio exterior de la terraza: un patio interior de un edificio de 13 plantas. Yo estaba en el 12º... flotando, mirando hacia abajo, sin sensación de miedo a caerme, como si fuera lo más normal. Levanté la mirada hacia las paredes del patio y seguidamente atravesé éstas, en un instante me encontré en un parque que se encuentra a unos trescientos metros. El espectáculo era precioso, abajo las copas de los pinos con un brillo como nunca he visto y arriba el firmamento, completamente lleno de estrellas, brillando como nunca, difícil en una ciudad como Madrid, más en esa época del año.
Mi destino siguiente era el barrio donde pasé mi infancia, pero no llegué, "oí" a mi hija llorar. En un abrir y cerrar de ojos, me encontré sentado sobre mi cama. Poco a poco mi "cuerpo" se tumbó y quedó completamente "encajado" en el que se encontraba tumbado.

¿Este acontecimiento encajaba en la respuesta a mi inquietante e insistente pregunta? ¿Era ese “doble” lo que sobrevive a la muerte o, también se disuelve con el cuerpo físico al final de la vida?
Fueron dos hechos los que me dieron la respuesta a estas preguntas:
El primero cuando mi hija comienza a hablar nos cuenta que se acordaba de cuando estuvo en la “tripita”, y no sólo eso sino que recuerda que nos vio cuando la concebimos. “Yo estaba en el aire y os vi”. Nos contó cómo fue… ¿Cómo alguien que ni siquiera tiene un cuerpo puede ver? Su mente, desde luego no estaba aún “contaminada”.
Y segundo cuando una amiga del alma se atrevió a compartir lo que guardaba celosamente desde hacía unos años. Para ella era muy doloroso, pero dio el paso:
«Descubrí que estaba siendo víctima de una gran mentira y caí en una profunda crisis que me condujo a una situación desesperada.
Una noche de verano, sola en mi habitación, decidí acabar con mi vida. Ya nada merecía la pena, carecía de sentido seguir sufriendo. Esperé a que mis padres durmieran.
Me senté sobre la cama. Cerré la ventana. Corrí las cortinas y me sumí en un profundo silencio lleno de dolor. Cuando iba a hacer real mi triste deseo levanté la mirada atraída por un punto de luz que a unos dos metros de mí y por encima de mi cabeza comenzó a  crecer, parecía provenir de la ventana que daba a la calle. ¿Qué extraño?, pensé. ¡Si está todo cerrado!
La luz ¿ajena? a mis pensamientos continuó expandiéndose, formando la silueta de un cuerpo ¿humano?
La visión seguía pasmándome, helando mis movimientos.
La luz menguó, pero no así la forma que tenía ante mis ojos, fue “solidificándose”.
Era alta, unos dos metros. El pelo le llegaba hasta los hombros,  de un castaño reluciente. Sus facciones expresaban dulzura y a la vez firmeza y seriedad, sin translucir si era hombre o mujer, quizás los dos sexos y ninguno a la vez. Sus ojos rasgados y de mirada profunda. Vestía una túnica blanca larga que no dejaba ver sus pies y sin llegar a tocar el suelo. Permanecía suspendido en el aire.
Una imagen que parecía haber salido de una estampa religiosa, pero que era real.
 ―¿Qué vas a hacer, Paloma?  Escuché sin que el “Ser” moviera los  labios.
 ―¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres? 
―¿Has pensado en las consecuencias que tendrá tu acto en aquellos que te aman, en tus padres cuando por la  mañana abran la puerta de tu habitación al ver que no sales?  ¿El sufrimiento que innecesariamente les vas a ocasionar, lo has pensado?
Sin dejarme reaccionar, continuó con voz dulce y afectuosa:
“Yo soy tu creador, tu Dios. Yo… habito en ti. Eres un eslabón de una cadena que no debes cortar, tu vida no es fruto de la casualidad. Debes irte cuando sea el día señalado y no antes. No es la primera vez que vienes a este mundo, ya has estado aquí antes.”
Empecé a llorar desconsoladamente y decidí no cometer  tan grave error.
El Ser de Luz continuó: 
“Ama. Ama. Ama. Volveré.”
El silencio envolvió la habitación.
El Ser de Luz fue disolviéndose y, como vino se fue.»

Si no es porque la conocía desde la infancia y sabía bien de su honradez y humildad no me lo hubiera creído, pero eso fue lo que le ocurrió. Era una pieza clave en el puzle que estaba armando en mi mente. ¿Realmente nuestro origen y destino no es de este mundo, de esta dimensión? ¿Es nuestro cuerpo físico semejante a un traje que dejamos cuando ya no nos es útil?
Un tiempo más tarde, estando por la noche, despierto, de pronto me veo en el espacio, sin forma, lejos de la Tierra, en medio del firmamento. Contemplo el Universo y sé que soy el Universo, mi conciencia abarca todo cuanto existe, cualquier lugar es su centro y estoy en todo. Todo está bien, en armonía. Todo lo sabía y sentía… y volví a mi “pequeña” conciencia, en un ¿rincón? del Universo.



POESÍA ENCADENADA



De pequeño, cuando la inocencia me alimentaba más que el pan con aceite, me levantaba contento sin que hubiera más motivo que abrir los ojos con los primeros rayos del sol. Un vaso de leche con cacao, unas galletas…, y listo para salir a la escuela dispuesto a aprender algo nuevo, importante, que alimentara mi alma inquieta.
Recuerdo la mejor enseñanza de mis profesores, no lo que estaba escrito en tinta negra, sino el amor que brotaba en ellos al desentrañar entusiasmados los misterios de la vida: cómo el átomo se abre de par en par, el vuelo anual de las cigüeñas de retorno al nido que les vio nacer, los viajes de aventureros dando la vuelta al mundo, las entrañas del cuerpo humano, la diversidad de culturas, razas y animales que habitan el planeta… ¡Tanto por descubrir! Sotero, Eduardo, Bernardo, María, Cristina… Algunos de sus nombres que siguen en mi memoria como si fuera ayer. ¡Gracias!
Una inquietud se manifestaba sin cesar y de la que no podía librarme: ¿quién soy?..., me preguntaba. Me sentaba, dejando que las horas pasaran sin percibirlo, sobre una piedra de granito, tallada por las manos gastadas de un anónimo picapedrero, cuyo fin era el bordillo de una carretera y acabó siendo el banco de ancianos y niños. Miraba al cielo esperando respuestas, mas éstas no llegaban. Silencio, apartados mis sentidos de la realidad contigua. Únicamente veía al Sol desaparecer en el horizonte acompañado poco después del lucero de la tarde. La noche no tardaba en llegar y una voz reconocida de mujer, tras una ventana del tercer piso, me sacaba de mi sopor… Hora de volver, el mundo de los sueños esperaba mi llegada.
Hay veces que teniendo la evidencia ante nosotros somos incapaces de percibirla, por su cotidianidad. No, aún no era el momento.
Llega la adolescencia y con ella muchos cambios que se superponían unos a otros. Un mundo dentro de otro mundo estaba oculto esperando las primeras luces del alba. Y éste se mostró, abriendo algunos de sus pétalos como una flor, irremediablemente,  unas veces con sacudidas violentas y en ocasiones con ternura arrebatadora.
No sabía quién era aún y me fijé en ti, flor anónima, quise conocerte sin saber de tu presencia hasta que escuché tu delicada voz de adolescente pronunciando mi nombre… Otra vez desde una ventana… ¿Quién te lo dijo?
Me olvidé de mi existencia, sólo tú llenabas el vacío que arrastraba mi joven alma. El tiempo no me importaba, ni las hojas brotando de las ramas de los chopos, ni la lluvia primaveral mojando mi cuerpo, sólo tú… Sin saberlo tenías la respuesta a lo que, en esos momentos era, para mí, una nimiedad. Otra vez tenía la evidencia ante mí y no supe verla. Tampoco era el momento…
Tiempos convulsos, cimentando  una identidad que buscaba su lugar en el mundo. Intenté encajar allá donde mis pies me llevaban, sin éxito. No encontraba lugar de reposo, ni para mi cuerpo cansado ni para mi alma indagadora.
Otra vez, un encuentro, ¿fortuito?, hizo que te viera a ti, con otro rostro, otro nombre, en otro tiempo. Esta vez no dijiste mi nombre, ni estabas tras una ventana… Esperabas sentada, en el interior de la Tierra, sobre un banco de piedra, a alguien. No olvidé mi pregunta de la infancia, ni mi existencia, al contrario, todos mis sentidos estaban más alerta que nunca. Otro mundo, hasta ahora desconocido, comenzaba a mostrarse…; nuevamente, como una flor revelaba los secretos que ocultaban sus pétalos más íntimos.
Ahora, comenzaba a encajar las piezas que años atrás eran sólo “casualidades del destino”. Lo que fui viviendo desde la infancia era la respuesta, palabras que no supe, entonces, escuchar ni entender, pronunciadas desde la ventana de lo más profundo de mi alma. Tuve que “unificar el tiempo”, condensarlo, para que, juntas, las palabras, fueran un mensaje de poesía encadenada escrita colmada de sentido.

Ahora es el momento…

¿Quién soy?
Soy todas las palabras,
increadas,
manifestadas…,
eternas.
Soy yo en ti.
Eres tú en mí.
Yo soy la Vida.
Poesía encadenada.




LA VIDA ES GOZO Y SIMPLICIDAD



No sé si sucedió realmente o únicamente es fruto de mi imaginación, de los sueños no vividos. En este instante me llegan sensaciones acaecidas en algún momento de mi existencia donde la inocencia era la bandera de mi vida; donde a mi alrededor fluía sin sobresaltos la cotidianidad de otras gentes, el ir y venir de rostros alegres. Recuerdo correr en el campo colmado de espigas de trigo doradas y cómo me sentaba a desgranar alguna que otra; me entretenía machacando las semillas divagando sobre su destino en la mesa tras pasar por las manos que las convertirían en el ansiado pan de cada día. Puede que la pobreza fuera también la compañera de banco y de plato. Sonreía y reía a carcajadas sin motivo aparente. Corría gritando, dando gracias a la Vida por ser y sentir. No deseaba nada más que disfrutar de cada instante; contemplar el atardecer sentado sobre alguna roca, unas veces en el llano, otras sobre la más alta cumbre, impregnándome del calor de los rayos de sol que habían penetrado en su interior. Y esperar expectante la llegada de un nuevo amanecer. Rodeado de la naturaleza aprendí lo que la palabra escrita es incapaz de expresar, ésta me decía: “La Vida es gozo y simplicidad”.
Un día, en una de tantas inmersiones en el océano de la materia, dejé mis campos sumergiéndome en las profundidades más sombrías, donde la luz es una quimera. Encontré tristeza por doquier, hasta tal extremo me influyó que olvidé mi origen e incluso temí perder mi identidad. Los pensamientos, las emociones, estaban impregnados de una sustancia semejante al alquitrán  que lo abarcaba casi todo: no era visible a los ojos de nadie, mas impedía que los movimientos fueran gráciles, haciendo la existencia pesada e incluso insoportable. Quería huir de allí, sin encontrar la salida, ni siquiera mirando hacia arriba. A veces me venían a la mente imágenes de un campo dorado y un cielo azul, aunque no tardaban en verse envueltos por la oscuridad de una noche que no parecía tener fin. 
Sin saber cómo, en el crepúsculo de mi alma, cerré los ojos, el silencio era lo único que distinguí durante un largo espacio de tiempo hasta que acabé percibiendo una ínfima luz que surgía del fondo de mi ser. Latía como lo hace el corazón, su sonido me hizo olvidar donde estaba, hasta hacerme sentir que flotaba; no ascendía hacia un cielo exterior, sino que me adentraba absorbido por una espiral hacia lo que creí ser su centro. Todo estaba inundado de luz, y yo supe que era la misma luz. Contemplé mi cuerpo, ya no era el mismo que ocupaba un momento antes. Podía tocarlo y ver cómo, de pronto, se transformaba una y otra vez, como si fuera una noria de rostros girando sin cesar: todos ellos eran yo y, a su vez, ninguno lo era. Vislumbré un universo donde las galaxias giraban a diferentes ritmos, acercándose y alejándose unas de otras, respondiendo a un orden que desconocía. Este universo dio paso a otros, donde la grandeza y la insignificancia se confundían… Y cuanto veía era yo. Como vino, lo vivido, se fue. 
Amanecía y los primeros rayos de sol atravesaron la ventana de mi dormitorio. 
Y en las profundidades del océano vi por primera vez seres que emitían luz propia. Abrí los ojos y recordé lo que en un momento de mi existencia la naturaleza me enseñó: la Vida es gozo y simplicidad. 
Sonrío.




AL FINAL



Paseábamos por una amplia avenida de nuestra antigua ciudad, un día de septiembre. Todo estaba aparentemente en calma. Era un día más, en el que dos viejos amigos se reúnen, salvo por una pincelada: nuestros cuerpos chocaban una y otra vez al caminar. Nos mirábamos y sonreíamos  sin comprender. Seguimos dando pasos sin un destino concreto, simplemente por el placer de pasear; distraer nuestras mentes de los problemas cotidianos hasta que éstas quedaran vacías y, quizás, flotar sobre los adoquines y elevarnos dejando abajo la ciudad. No, no ocurrió. Nuestros cuerpos seguían rítmicamente siendo atraídos y despedidos como si siguieran las notas de una canción que resonaba en mi interior: “Al final de este viaje”.
Sin saberlo, estábamos viviendo un momento esperado desde hacía tiempo, planificado donde las almas sin edad son libres de ser y de amar. No lo supimos en ese momento. Nuestros corazones seguían latiendo cálidamente. Nuestras manos se rozaron, siguiendo una voz silenciosa, hasta enlazarse…
Nuestras miradas se encontraron y, por primera vez vi en tus ojos una profundidad que me hizo perder el equilibrio. Fue como viajar a otra realidad: tú y yo siendo dos fuegos que se funden en uno, un instante de eternidad…
Han pasado un año, dos, quizás mil o ninguno. Hoy seguimos paseando juntos, de la mano. Ahora lo sabemos: lo que nació sin edad no tiene fin y, al final de este viaje, estaremos, tú y yo, intactos.



DE LA OSCURIDAD A LA LUZ


Quiero compartir con todos este relato que surgió, como casi todo, sin querer, sin buscarlo, con el deseo que aporte un poco de luz en la oscuridad.


En la tribu 
Hace ya tanto tiempo que no recuerdo cómo empezó todo. Reminiscencias aún me quedan del instante en que comencé a percibir todo cuanto me rodeaba; mis manos palpaban cuanto alcanzaba; mis ojos se sorprendían ante el espectáculo que descubría sin cesar a mi alrededor; escuchaba sonidos incomprensibles por doquier; descubrí mi rostro al verme reflejado en el agua, era semejante al de otros seres que, como yo, vivíamos en una caverna. Nos protegíamos en ella no sólo de las inclemencias del tiempo, sino también de otros seres que caminaban

SEMILLAS



Hace algún tiempo de tu visita. ¡Cuántas preguntas desde aquel inolvidable día! No lo tengo marcado en el calendario, sí en mi memoria intemporal. Pensaba que era el fruto de imaginaciones febriles, pero no, era demasiado para ser casual…

Todo comenzó años atrás, cuando en plena adolescencia mi alma descubrió un sentimiento hasta entonces dormido…, la primera señal que sólo comprendí mucho tiempo después.

Descubrir quién soy fue entonces explorar el mundo que me rodeaba. Mi adolescencia se debatía entre dos mundos, a veces enfrentados, la seguridad dejada en manos de otros no era nada cuando salía de su ámbito. El mundo y yo, nadie más. Y tú permanecías en silencio, en realidad no sabía de tu existencia, sin embargo tú sí de la mía. Paso a paso ibas dejando pistas…

La segunda señal, ¡cómo olvidarla! Estaba todo tan claro y sin embargo yo tan ciego. Fue necesario ir viviendo en el tiempo y el espacio lo que contemplé en un relámpago de eternidad ante mí para comprender. Un tiempo de inflexión radical en mi vida. Dejé todo lo que era mi pilar hasta entonces, familia, amigos, la tierra que me vio crecer. Empecé a escribir en las páginas en blanco de mi juventud; las injusticias sociales no me eran indiferentes, busqué cómo paliarlas pero ninguna iniciativa tomada me satisfizo al completo. Toda acción generaba una reacción… imparable. 

Y las señales continuaban. Lo vivido en el no-tiempo iba tomando forma inexorablemente. ¿Podía escapar a un destino escrito de antemano? Hay veces en que dudo de dicha posibilidad, sobre todo porque era yo quien lo había escrito ¿tiempo atrás?

Cuanto más me alejaba de ti, más cerca me encontraba sin saberlo. ¡Tanto por recomponer, por vaciar en ese tiempo!

Un día de luna llena. ¡Otra inmersión en la eternidad! Tomaste una forma con la que podría comprender… Vaciaste mi alma cómo sólo sabe hacer quien ama, quien se pone en la piel del otro, quien es uno más allá de la dualidad. Dejaste una huella imborrable: una semilla que debía alimentar no con grandes hechos, sino simplemente con los pequeños actos cotidianos de la vida, que germinaría con el tiempo.

Y los años pasaron… Y ahí estabas tú, cuando menos lo esperaba, con un ropaje que no me era desconocido… ¡Lo llevé un día muy especial en mi vida! Tu sentido del humor… Ni siquiera entonces lo comprendí, creí que eras otro. Hoy sí lo sé… ¡Soy yo! La semilla convertida en planta abriendo sus pétalos al sol.

Todo este tiempo ha sido un viaje al encuentro, de mí mismo, del Ser que soy, el que ha creado esta realidad espacio-temporal en que estoy inmerso. ¿Por qué?, por amor.

Más semillas están brotando en otras tantas almas buscando la luz de su propio Ser.



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