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AL OTRO LADO DEL TÚNEL



  Sabía que faltaba poco para abandonar el cuerpo que me sirvió con fidelidad durante décadas. En ocasiones te dejaba mas siempre volvía, mi alma anhelaba mi Hogar, aquel en el que reposaba y tomaba nuevo aliento ante las dificultades que conllevaba fusionarse con la densa materia.

  Mi corazón palpitaba agitado queriendo enviar con celeridad la savia de la vida hasta la última de mis células. Sentí una punzada en mi pecho, el ritmo cardíaco desaceleraba hasta ser imperceptible. Es la hora...

  De pronto oscuridad, silencio, abandono, el mismo de la hoja mecida por el viento con rumbo incierto.

  Me dejé llevar, libre, sin atadura. Miré por última vez a mi viejo traje. Gracias, le dije.

  Mi atención se centró en comprender dónde estaba. Una luz tenue me 'llamaba'. No tenía intención de ir hacia ella, quería explorar mi nuevo mundo...

  Sin saber cómo la luz me rodeaba, mi voluntad poco ha podido hacer para impedirlo. Parece que un poder inconmensurable guiaba mi ser. Dejé hacer...

  Nuevamente la negrura más absoluta. Paz, sólo paz. Sin cuerpo, sin forma. Nada me preocupaba. Necesitaba descansar y entré en un profundo sueño.

  No sé cuanto tiempo transcurrió, ¿un segundo, siglos? Me hallo ahora en un túnel  pegajoso, donde mi piel se adhiere. Estoy despertando, percibo luz al fondo, está vez es distinta. No me llama, no es necesario. Quiero ir. 

  Una fuerza tras de mí me empuja hacia la luz. Ahora soy consciente de que estoy en un cuerpo, sin darme tiempo a más me siento absorbido por algo. Mi alma la siento empequeñecer y escucho un palpitar, ¿un corazón? Sigo su ritmo. Ahora otro...

  El llanto de un niño. El mío. ¿Dónde estoy?

  Una voz me susurra: “Estás al otro lado del túnel. Bienvenido de nuevo al mundo terrenal. Has olvidado todo lo ocurrido al otro lado del velo, tu Hogar. Así lo has decidido".

  Pero, ¿si hace un instante que abandoné mi viejo cuerpo?

 - “Ya sabes que el tiempo no es nada al otro lado. Aquí han pasado varios años. Ha habido cambios drásticos y el mundo está sumido en una disyuntiva existencial. Es necesario que todo el potencial espiritual disponible se ‘embarre' para elevar las almas encarnadas hasta un punto de no retorno. Que las viejas leyes humanas caducas se diluyan como un azucarillo en agua y sean sólo un recuerdo, uno más. Que algo más que esperanza se materialice ante el desánimo. Has olvidado, mas llevas grabado a fuego qué has de hacer. Mira dentro de ti. Ahí está cuanto necesitas para conseguirlo.”

  ‘Olvido'. Otra vez. Difícil permanecer en este mundo si la nostalgia nos acecha. Entiendo y sé que el Fuego Eterno anida en cada alma. Si todas sintiéramos su calor qué fácil sería que éste ascendiera por nuestro cuerpo. Sólo el Amor lo puede conseguir...

De esto se trata: llevar Amor, nada más. Todas las almas estamos llamadas y el potencial es tan grande... La ocasión es única. Escuchar en el silencio... está al alcance.

   Miré fijamente a mi madre. Ambos corazones entonaban al unísono un canto de Amor. Tomé mi primer sorbo de leche materna.

  A éste y el otro lado del túnel el Fuego Eterno alimenta nuestras almas. Es hora de compartirlo. El tiempo es Ahora.

 


HADA

 



Mis ojos admiraban el lugar al que no sabía cómo había llegado: un frondoso bosque con árboles inmensos que no dejaban pasar más que unos pocos rayos de luz, ardillas saltando de un lado a otro, pequeños arbustos, grandes piedras cubiertas por la hiedra y el musgo. Un paisaje espectacular cubierto por una ligera niebla que daba al lugar un aspecto de cuento de hadas; aunque parecía que el silencio estaba presente no dejaba de escucharse el canto de los pájaros, muy distintos de los que estaba acostumbrado en la ciudad.

Di unos pasos vacilantes entre los arbustos, frente a estos pareció moverse fugazmente una figura humana, pero no podía ser, nadie puede vivir en un lugar como éste, tan alejado de la civilización. Unas risas parecían provenir de todas partes a la vez y la figura rápidamente desapareció, caminé unos pasos en dirección al lugar en que creí ver a ésta, pero nada encontré.

Me senté sobre una piedra observando el singular paisaje. El canto de un ave que me resultó conocido me atrajo la atención, creí reconocer a un ruiseñor. Miré al lugar del que provenía el sonido y contemplé con gran asombro a una niña cubierta con un corto vestido que parecía confeccionado con hojas de árboles. Su rostro, con una sonrisa que le remarcaba los pómulos; unas orejas puntiagudas que le sobresalían del largo pelo color castaño caído por los hombros. Me fijé en su piel, de un ligero tono verdoso; brazos y piernas desnudas, y sus pies descalzos que parecían fundirse con el suelo del lugar. Aquello que me atrajo la atención de una manera particular eran sus ojos, grandes, negros, ligeramente rasgados, con una mirada que parecía atravesar cuanto observaba; se quedaron fijos en mí, parecía examinar mi mente. Me quedé por unos segundos petrificado sin poder mover un solo músculo del cuerpo.

Instantes después comenzó a hablar, aunque no le vi mover un solo músculo de la cara, ni los labios, sin embargo le escuchaba con gran nitidez. Dio un paseo por mi infancia, deteniéndose en ciertos momentos que conservaba con cierta nitidez. Sacó a la luz un viejo temor que aún conservaba: no podía ver y menos tocar ciertas muñecas de porcelana, siempre me parecía que se iban a mover.

Me dijo:

«Ese temor en cierta manera no es infundado, sino producto de los temores que tus ancestros te habían inculcado sobre terribles seres que vivían junto a ti y querían llevarte a no se sabe que terrible mundo. Pero la realidad es muy diferente. ¡Mírame! ¿De verdad provoco miedo en ti? Cuando de pequeño jugabas, en tus horas de aparente soledad, me veías y compartías tus mejores momentos conmigo y yo te hablaba del reino del que provengo. Estamos por todas partes, con niñas y niños, con los adultos que no han perdido su inocencia; muchos de nosotros nos dedicamos a conservar la naturaleza: los ríos, los bosques, los mares, el cielo. Nos habéis puesto muchos nombres: ninfas, sirenas, ondinas, duendes…, hadas. Somos los Elementales de la Naturaleza, llámame simplemente… Hada.

»Lo más importante es que sepas que somos reales como tú. Que nuestro reino está viviendo en el mismo mundo que el tuyo y, deseamos tanto como tú que sigamos progresando juntos. Hacemos todo lo que podemos para arreglar los estropicios que estáis ocasionando con vuestra inconsciente manera de tratar la naturaleza. Si seguís por ese camino acabaréis con toda la vida y la riqueza del planeta. También estamos limitados como vosotros, pero si colaboráis, juntos podremos resolverlo; hay otros reinos que crees que no tienen vida que están dispuestos a ayudarnos. Todo depende del esfuerzo que en común pongamos en marcha, pues, juntos lo lograremos.

»Terminó diciendo: Y recuerda no existen esos malignos seres, éstos sí son producto de tu imaginación y de los que quieren que no avancéis y consigáis ser felices. Muy pronto muchos otros nos verán, no importa cómo nos presentemos, somos la vida misma en una de las múltiples apariencias en que el Amor se presenta. Hasta muy pronto.»

El canto del ruiseñor volvió a resurgir con fuerza, me distrajo y. cuando volví a mirar Hada había desaparecido.

Hada, nunca te he olvidado, lo sabes muy bien.

A los pocos días ―esto ocurrió hace unos años―, paseando por una calle comercial, mirando un escaparate vi, sorprendido, la figura de un hada… era la base de una lámpara. Sin dudarlo la compré… sin lámpara.



RADIO AMOR

 



-No entiendo el por qué de este olvido. Estar aquí, entre vosotros, viejos amigos, debería ser noticia y, sin embargo parece que somos miembros clandestinos de no sé qué grupo desestabilizador, -así abrí lo que mi alma sentía, sin adornos.


-No, amigo, hermano -dijo uno de ellos-, no somos clandestinos. Es mucho más sencillo: simplemente no existimos para el mundo porque no nos ven ni creen siquiera en la posibilidad de que sea posible. Vibramos a una frecuencia que ninguno de sus aparatos es capaz de sintonizar y, lo más gracioso es que estamos presentes en la misma Tierra que ellos pisan.


-Entonces, ¿por qué os veo y, por qué estoy aquí?


«Nos ves y estás aquí por tu sintonía. Has girado el dial lo suficiente para sintonizar ‘Radio Amor'. Como sabrás no eres el único. Sois muchos los que vais y venís con cierta asiduidad.

»Si hoy, ahora, estás aquí es para dar testimonio de nuestra realidad. Los que han abierto lo suficiente los pétalos de su alma buscan aún fuera lo que llevan dentro. Es ahí donde somos reales en vuestro plano de la realidad hasta que por la fuerza de un intenso amor de la humanidad se rasgue el velo que nos separa. Entonces sabréis que siempre estuvimos ahí, aquí, en una misma Realidad.»


-Entonces, ¿por qué está separación? ¿Sabes la sensación de sentirse huérfano, de faltarte algo vital y de vagar por el mundo tras perderlo?


-¡Claro que lo sé! No nací ayer, ni anteayer… Como tú he sufrido la misma ausencia. Sentir que la vida no tiene sentido cuando ves tanto sufrimiento, tanta sinrazón. Me rompí en mil pedazos, no una sino varias veces… Y me reconstruí, átomo a átomo, célula a célula. Así supe que tenía la posibilidad de crearme y recrearme. Tal poder no vino de fuera sino de la voluntad de amar a cuanto me rodeaba. Verlos sufrir, morir y desaparecer para ‘siempre' me mataba estando vivo. Ese amor rompió literalmente mi alma y, entonces contemplé quien era yo. Supe en mi ignorancia de mi eternidad. Existo sin existir, Soy sin ser… Soy el que ES, sin principio ni fin. Todo cuanto ves, cuanto fuiste y serás… SOY YO. 


-¿Cómo puedes tener un cuerpo, un rostro que no es el mío, si tú eres yo y yo soy tú?


-Tú me has creado a tu imagen y semejanza. ¿No lo recuerdas? Tú has creado todo, y cuando digo todo, es TODO. Yo soy tu creación como tú la mía. Por eso me buscas y nos buscan. Soy, somos, vosotros en vuestro futuro, el que estáis imaginando con el Amor que eres, sois, capaces de crear.


-Mi mente estaba confusa…


-¡Aquieta la mente!


Sus palabras las percibí como una orden y… callé mi mente. Al instante me miré los pies… ¡No los tenía! ¿Y mis manos? No estaban. Ni Él, ni ellos… Todo había desaparecido.

Y vi bombas caer… ¿Dónde estaba?


-Estás viendo lo que tú eres. Aunque de un modo algo brusco, estás desintegrando lo que fuiste… Nada temas, porque YA has creado un mundo nuevo, una Tierra virgen donde tú y todos los que tú eres, somos, habitaremos. Ya estamos habitando. Millones de rostros son tu rostro, el mío. En la Realidad YA ES.


Y así como lo viví os lo transmito. No espero que creáis mis palabras. Escuchaos a vosotras, a vosotros, porque tenéis la respuesta.

EL NUEVO MUNDO




¿Qué futuro queremos?

Los árboles se agitaban violentamente. Por el horizonte se aproximaban nubes, intensamente negras, que hacían presagiar una tormenta. Los pájaros comenzaron a volar como si hubieran visto al diablo. Los lobeznos corrieron a refugiarse junto a la loba que les miraba con inquietud, no comprendían pero intuían que algo terrible estaba a punto de suceder.

En las calles de una gran ciudad la vida cotidiana transcurría con “normalidad”. Por las aceras era imposible caminar. Todos andaban sumidos en sus pensamientos, con las bolsas repletas de regalos. Se acercaba la navidad. Los coches iban de un lado a otro del asfalto como si llegaran tarde a su cita con el semáforo siguiente.

En el parque, el bebé disfrutaba del calor

SINFONÍA



Otros nombres, otros rostros. Muchas tierras pisaron nuestros pies. Alentados por un deseo innato grabado a fuego, acordamos un nuevo encuentro y aunque nuestras personalidades sean hoy completamente diferentes y aun bañadas por la amnesia, un hilo conductor haría posible lo que nuestras almas anhelan. Nos planteamos nuevos retos, sabríamos que viejos conflictos podrían aparecer, más también conocíamos la fuerza que nos habita y los acabarían disolviendo. Somos capaces de comprender la singularidad de nuestro proyecto: un instrumento diferente a otros tocando en una sinfonía, una sinfonía inacabada que espera nuestra aportación creativa. Puede que con sonidos estridentes mientras ensayamos, descompasados… Posiblemente tardemos tiempo en alcanzar un sonido mínimamente aceptable, pero, ante todo, es y será el nuestro, nacido de nuestras entrañas. 

En cada una, en cada uno, está la melodía inscrita, tiene el ritmo que nuestros corazones quieren imprimirlo. Dejemos que siga fluyendo y nuestras personalidades dancen al compás, cada una diferente, mas imprescindible. Aunque tenemos todo el tiempo del mundo, es ahora cuando “los astros se han confabulado para que así sea”, porque nosotros lo hemos decidido así.

Ofrezcamos la singularidad de nuestra alma, dejemos que nuestra personalidad esté en sintonía con ella. Trabajemos en la cotidianeidad, donde nuestros pies tocan tierra, pues el instrumento que tocamos no sabe de barreras de tiempo ni espacio. Paso a paso, sabiendo que no estamos solos. El Sol que tú ves es el mismo que veo yo.

Yo escucho el sonido de tu alma, ¿escuchas tú el mío?

Una sinfonía está sonando. Unas palabras la acompañan: “Escucha la canción de la alegría…”


SOMOS GENTE CORRIENTE



Nos esforzamos día a día para que quienes están a nuestro cuidado tengan lo necesario para crecer y progresar como seres humanos dignamente. 
Nos levantamos cada mañana antes que el sol salga por el horizonte para traer el pan de cada día a una mesa sencilla.
Tenemos dignidad, no “vendemos” nuestro cuerpo, ni siquiera lo “alquilamos”. Nuestras manos se manchan, se hieren, encallecen, pero nuestra alma sonríe porque valoramos lo esencial de la vida: hacer todo con amor. No hablamos de amor continuamente, nos cuesta pronunciar tal palabra… preferimos una sonrisa y una mirada a los ojos de quienes encontramos en nuestro caminar; mas sabemos el fuego que arde en nuestro interior.
No pretendemos destacar, salir en las noticias. Trabajamos desde el anonimato creando unos cimientos bajo tierra, a gran profundidad, pues el edificio que estamos construyendo llegará a ser más alto que cualquiera pueda imaginar. Podemos formar parte o no de alguna organización que trabaja por un mundo mejor. Nos sentimos unidos igualmente, ya que nos sabemos miembros de una humanidad que está descubriendo la fraternidad. 
Traemos en nuestra memoria genética la acción. Somos hacedores, encargados tanto de destruir como de construir; de hecho nos encargamos de que caigan y se disuelvan aquellos organismos que impiden el crecimiento, tanto de la humanidad como de cualquier otra forma de vida en este planeta. No es por azar que salga a la luz la podredumbre, es necesario que descubramos nuestra enfermedad para dar el tratamiento adecuado, evitando así arrastrar de por vida una enfermedad larvada que pueda volver a dañarnos. Construimos donde sabemos que se está a la escucha, donde ya se ha tocado “fondo” y sólo queda “ascender”… aunque el “viaje” es interior.
Tenemos muy claro nuestro objetivo. Somos firmes en nuestro proceder, capaces de tender una mano allá donde sea necesario aun a costa de nuestra vida si fuera necesario; cada día nos entregamos al otro, porque es ya parte integral de nuestro ser. 
Nuestros rostros revelan la profundidad de nuestras almas, algunas ya muy “viejas”, otras muy “jóvenes”, mas todas amantes. Nuestras manos trasmiten igualmente el calor del fuego interno, pues sabemos que uno solo nos alimenta. Nuestros pies descalzos se funden y acarician la tierra sin dañarla.
Nos hemos forjado tanto en la alegría como en la tristeza; en la fe tanto como en la desesperanza; en la ilusión tanto como en la decepción; en el gozo al igual que en el sufrimiento; en el conocimiento del mismo modo que en la ignorancia… Somos hijas e hijos de la Tierra tanto como de otras “Tierras”. Hijas e hijos de la experiencia, de la fusión del Ser con el Ser: la Dualidad reflejo de la Unidad.
Somos únicos, importantes, valiosos, capaces, valerosos, sublimes… Dignos de existir eternamente. Somos el equilibrio en busca del equilibrio. No eres, no somos, ni más ni menos que nadie. No nos infravaloramos ni sobrevaloramos pues tú eres semejante: la Hija, el Hijo, de la Vida Una. 
No adoramos a nadie pues en cada uno nos sabemos el SER UNO. Tampoco necesitamos interlocutores entre nuestro ser y nosotros, pues hemos comprendido que no hay “dos” sino Uno en “dos”. Que el “dos” crea al Uno continuamente, que el Uno se recrea eternamente; se conoce y se reconoce en el “dos” siendo Uno. Somos nuestros propios sacerdotes.
Nacemos y renacemos continuamente, pues nunca dejamos de existir. Tan solo experimentamos las múltiples facetas del Ser. La muerte no tiene cabida en nuestro corazón y nos alegramos tanto en la “venida” como en la “ida”, pues siempre estamos en los dos lados… que son uno solo.
Nuestra historia es la tuya. Somos gente corriente y vivimos en todos los estratos de la sociedad.



GRACIAS HIJO



Mediodía.
Sentados a la mesa, mi madre nos miraba queriendo sonreír mas no pudo. 
Sin decir una sola palabra posó el puchero, un cazo colmado de caldo se paseó entre los platos dejando caer unas pocas lentejas.
A cada uno de mis hermanos le ofreció un pedazo de pan.
Nos miramos sin atrevernos a decir palabra, pero me decidí:
–¡Mamá!, ¿por qué tan poca comida?
–Vuestro padre salió a buscar trabajo y comida, todavía no ha vuelto y es todo cuanto tenemos.
–¡Mamá, pero si papá está trabajando!
–Le despidieron tras duros años de trabajo. Seis meses sin cobrar su sueldo y se han acabado todos los ahorros. Ni siquiera podemos pagar la hipoteca de esta sencilla casa. Sale todos los días a la misma hora para que no os deis cuenta y porque se hunde si se queda en casa.
–¿Nos van a echar a la calle como a los vecinos?
–Espero que no, que ocurra un milagro.
«¿Un milagro? –respondí–. Soy aun joven, pero me doy cuenta de lo que pasa: que hay unos pocos que no les basta con lo suyo, sino que quieren más y más, su ambición no tiene fin. Les han quitado todo a los vecinos y ahora vienen a por lo nuestro. Pero, ¿no hay casas para todos, comida para todos, trabajo para todos? ¿No hay suficiente tierra para trabajarla y que dé alimentos para saciar nuestra hambre? ¿Por qué los ricos tienen todo y nosotros nada? ¿Por qué si muchos como papá son los que trabajan, el dinero se lo llevan unos pocos que nada producen? ¿Les debemos algo…, la vida acaso? ¿No hemos nacidos todos siendo iguales según las leyes humanas, no dice lo mismo la religión que tanto pregonan? Nos engañan, mamá, nos engañan.
»Mamá, estoy cansado de verte llorar cuando te encierras en la habitación. Harto de ver cómo llega abatido papá estos días. Cansado de ver viviendo a la intemperie a tanta gente que ha perdido su hogar, a gente a la que conozco y aprecio. Pero, ¿es que no tienen corazón quienes pueden arreglar esto? He escuchado que son “ellos” los que han creado esta situación porque no tienen alma, en sus mentes solamente hay dinero, dinero y más dinero. Son unos infelices que nos están arrastrando a su precipicio.
»¿Un milagro, mamá? El milagro es que recuperemos la dignidad. El milagro es que recuperemos nuestra voluntad. Se las hemos regalado porque nos sentimos incapaces de administrar, dirigir nuestras vidas; incapaces de pensar, acomplejados porque no tenemos títulos, ni “nobleza”. Se las hemos regalado porque llevan siglos contándonos el mismo cuento: “La vida es así, hay que resignarse”; “Siempre habrá ricos y pobres”; “En el paraíso nos espera la auténtica felicidad”. Y mientras tanto vivimos humillados, temiendo qué nos deparará el día de mañana, si tendremos o no suficiente comida.
»Mamá, ya no somos niños a los que llevar de la mano a los que no se les pregunta nada importante. Hemos crecido, madurados en silencio, pero ya es hora de decir ¡basta!, ¡nadie es más que nadie! Por perder, hemos perdido hasta el miedo. 
»Este es el milagro: sé que soy dueño de mi persona. Mi voluntad y dignidad ni se compra ni se vende. Mamá, no viviré arrodillado como tú y papá, agradecido por un pedazo de pan. Somos muchos, cada día más los que despertamos de una pesadilla.»
Mi madre rompió a llorar, por primera vez en su vida ante todos. Entre sollozos me dijo: “Gracias hijo”.



EL LLANTO DE UN NIÑO



En la sala del olvido entré sin saber bien cómo el proceso anularía mis recuerdos, mi identidad acumulada a lo largo del tiempo. Mi “yo” quería revelarse, dar un paso atrás… pero la decisión era inapelable: volvería una vez más a “embarrarme”.
Un silencio angustioso, como una descarga eléctrica, recorrió mi ser ilimitado y, como un rayo, fui impelido a un viaje sin retorno hacia el interior. Pasé de ser consciente de la compleja inmensidad de mi existencia a constituir nuevamente una ínfima partícula “dentro” de mí mismo “casi” virginal. Solamente conservaba el propósito y la energía necesaria para materializarlo, nada más. 
“Voluntad y propósito” me repetía, mientras se completaba el paso del “Todo a la Nada”. No quería sucumbir a la colosal atracción que ejercen los instintos naturales del cuerpo que iba a habitar por largos años y que prevalecieran, como ya ocurrió antaño, ante mi objetivo. Esta vez no lo planteé como un conflicto en el que debe ganar una de las partes implicadas, sino que célula a célula trabajaría incansablemente, dejándome llevar por el ritmo, lento, pero constante, de fusión celular-estelar que había ya experimentado en una anterior proyección, aunque de modo efímero. ¿Por qué dominar cuando puedo transmutar? 
Lo que había hecho con mi cuerpo anteriormente, cómo lo traté, determinó cómo me relacionaba con mis congéneres. Vivía en un conflicto constante, intentando conquistar y someter a cuanto estaba a mi alcance, ya fuera humano o animal. Solamente conseguí formar parte de un mundo violento donde unos pocos imponíamos nuestra voluntad a los demás. No importaba el sufrimiento generado, pues seguía una ley que creía innata, la del más fuerte. La empatía se acababa cuando dejaba de verme en el espejo, reflejo de un ser que no era real, sino una caricatura de humanidad.
El mundo que nuevamente iba a experimentar, no era muy diferente al que dejé, quizás tecnológicamente más avanzado, aunque el ritmo de deshumanización aumentaba en un escenario que encogía mi ser, al sentirme causante de semejante desastre. Soy yo quien ha cambiado y no estoy, ahora, solo en este empeño: somos muchos quienes nos hemos dado cuenta de la necesidad de un cambio radical, pues está en juego la propia existencia humana. He visto algunos futuribles que podrían acontecer, espero y deseo que sólo uno de ellos se cumpla. Por eso estamos aquí, para embarrarnos.
El llanto de un niño se escuchaba en una sencilla habitación. La comadrona cortaba el cordón que le unía al cuerpo de su madre. Esta escena se repetía en los cuatro puntos cardinales. El lamento amplificado es un grito desgarrador, quizás el último. Millones de almas estamos dispuestas a que así sea y que la transformación, la boda cósmica, sea una realidad, aquí y ahora.


DE LA OSCURIDAD A LA LUZ


Comparto este relato que surgió, como casi todo, sin querer, sin buscarlo, con el deseo que aporte un poco de luz en la oscuridad. 

En la tribu 

Hace ya tanto tiempo que no recuerdo cómo empezó todo. Reminiscencias aún me quedan del instante en que comencé a percibir todo cuanto me rodeaba; mis manos palpaban cuanto alcanzaba; mis ojos se sorprendían ante el espectáculo que descubría sin cesar a mi alrededor; escuchaba sonidos incomprensibles por doquier; descubrí mi rostro al verme reflejado en el agua, era semejante al de otros seres que, como yo, vivíamos en una caverna. Nos protegíamos en ella no sólo de las inclemencias del tiempo, sino también de otros seres que caminaban posando sus cuatro patas sobre el suelo; descubrí el miedo gracias a ellos, pues contemplé cómo perseguían a uno de los nuestros y al alcanzarle, un grito desgarrador sentí en todo mi ser, que a lo largo de mi corta vida no conseguí olvidar. Le despedazaron como si de una hierba se tratase. Comprendimos que debíamos defendernos de las bestias que compartían con nosotros una naturaleza tan bella como cruel. Nos alimentábamos de los frutos que encontrábamos sin esfuerzo; otros seres, que no nos producían ningún temor, nos arrebataban, a veces, dichos frutos en medio de un juego que nos agradaba. Eran muy similares a nosotros salvo que todo su cuerpo estaba cubierto de un espeso vello. 

Me sorprendían las intensas tormentas con su espectáculo de luz y sonido. Haciéndome sentir inmensamente pequeño, me abrazaba a cualquiera de mis congéneres cada vez que escuchaba el estruendo que producían; temblaba la tierra bajo mis pies. Una vez que acababa una tormenta salíamos de la caverna saltando y gritando de alegría. Una esfera de luz inmensa volvía a aparecer en el cielo azul, dejaba que su calor calentara mi cuerpo. Sentía una paz en mi pecho, que se extendía a todo mi ser, que no comprendía y sin embargo buscaba tanto o más que la mano de mi padre o mi madre, aunque he de destacar que para nosotros cualquiera ejercía el papel protector, pues aunque nuestra comunidad era pequeña, no más de treinta miembros, nos sentíamos como una unidad, una familia, era nuestra forma de sobrevivir en un ambiente hostil. 

UNA VISIÓN



Me he preguntado sobre la realidad de la existencia de vida tras ésta. Haciendo un recorrido a vuela pluma sobre lo acontecido hasta hoy, tengo que manifestar rotundamente que sí hay vida, que la muerte del cuerpo físico no es el final. Sé que quienes están en contra exigen pruebas fehacientes, que no sirven unos testimonios sin más. Pienso que la prueba irrefutable la tenemos cuando, cara a cara, nos encontramos con la parca. Paciencia…
Pero, mientras tanto, casi de soslayo, trastocando las leyes de la naturaleza conocidas, algo acontece que nos desarma ante la evidencia. Y, uno se pregunta: ¿me he vuelto loco?
¿Cómo explicar racionalmente visiones del futuro, cuando casi siquiera presentía las horas siguientes al despertar de un nuevo día? Con dieciocho años recién cumplidos me planteaba qué hacer con mi vida, estudiaba, trabajaba, pero no llenaba mi ser. Me parecía que faltaba algo vital. Y fue así, que un día me acerqué a un centro misionero de mi ciudad, quería conocerlos con un poco más de profundidad. Nunca antes había tenido un interés especial por la religiosidad organizada, soy bastante independiente y no me gusta seguir los pasos de nadie, aunque admito que hay personas históricas que han llamado mi atención, quizás porque caminaban donde nunca otros lo hicieron. 
“Casualmente” me encontré inmerso en un retiro espiritual junto a chicas y chicos jóvenes con los que intercambiábamos dudas e inquietudes propias de la edad. Tras una charla amena y una comida generosa, nos fuimos retirando a las habitaciones individuales a descansar, antes de proseguir nuevamente con testimonios de misioneros que estaban dando su vida por los demás alejados del primer mundo. 
Sentado sobre la cama, con la mente en blanco y sin saber cómo, la habitación se transformó en una inusual sala de cine. Ante mis ojos y a unos dos metros, contemplé absorto escenas en tres dimensiones en las que me veía involucrado en primera persona. Sabía, sin comprender cómo, que se referían al futuro de mi vida y la de otros, de gentes que conocería y de otras que no y, que sin embargo, estarían conectadas. Algunas tardarían poco tiempo en materializarse y otras tendría que esperar años para ello. Unas eran explícitas y otras envueltas en simbolismo, que sólo comprendería cuando llegara el momento adecuado. Cuando acabó la “película” quedé conmocionado, sin saber qué hacer y pensar. Me preguntaba si era real lo que había visionado: yo estaba seguro de estar despierto y plenamente consciente, con los pies bien anclados en tierra. Nunca antes me había ocurrido nada fuera de lo común y tampoco conocía de ningún hecho sobrenatural que le hubiera pasado a otros. ¿Qué estaba pasando?
Tenía que compartirlo con alguien de total confianza, pero no conocía a nadie… Quería comprender. Salí del dormitorio a tomar el aire y me encontré con un misionero que estuvo dando una charla por la mañana. Su figura era menuda, de avanzada edad, y a pesar de ello desprendía una gran energía. Pasaba sólo unos días en España antes de volver a su misión en una remota zona de Méjico. Su acento mejicano unido a su origen italiano le daba un aire muy particular.
Me saludó y me preguntó cómo estaba. En cierto modo, habíamos conectado ya durante la charla. En un instante, me dije “¿por qué no él?”. Le abrí mi corazón y mi “visión”. Se quedó sin palabras cuando acabé. Sin duda, y sin yo saber por qué, me creyó. Tras el impacto inicial sólo me dijo que siguiera adelante con el “camino” que había emprendido.
Volví a mi rutina durante unos meses, pero todo cambió cuando decidí ingresar en la orden misionera. El destino parecía estar marcado y eso que yo trataba de que no fuera así, pero los acontecimientos seguían un curso trazado de antemano… ¿por quién?
Mi estancia con ellos no fue lo larga que yo esperaba. Me preguntaba cómo podía permitir un Dios justo lo que acontecía a mi alrededor… Entré en una profunda crisis que me llevó por otros derroteros durante un tiempo, uno donde viera con mis propios ojos el resultado. Estaba, a mi pesar, escrito. Con los años he comprobado cómo se ha cumplido gran parte de lo que visioné. Y, sin pretenderlo, me encontré cómo el pasado remoto, sí, aquel que acontece antes de nacer y morir, volvía al presente de un modo que no imaginaba. No supe extraerlo de la visión hasta que llegó el momento adecuado. La reencarnación es una realidad y el olvido una “gracia divina”. Lo que planeamos materializar en esta encarnación es únicamente una continuación, un paso más, en una “ascensión” hacia uno mismo.
Un día alguien me dijo: “Confía”. Confío, porque he visto.
Esta Tierra, este mundo que habitamos, está inmerso en un profundo cambio. Es un ser vivo, como tú y yo. Es más, somos tú y yo. Un cambio es sinónimo de crecimiento. Estamos creciendo y ello implica dejar atrás una adolescencia que ya no nos corresponde. Pretender alargar en el espacio y el tiempo tal estado es ir contra la corriente del Río de la Vida. Es nuestra elección que sea breve, como lo es el paso de la adolescencia a la juventud. Somos un Ser vivo que está cambiando, no solo la piel, sino que, además, está dejando ver su alma… Y, algunas y algunos lo muestran ya. 
Y, concluyo, escribiendo que, al “uno mismo” al que vamos es maravilloso. A pesar de los momentos de sufrimiento, angustia, incomprensión, duda, el camino que emprendimos y queda casi olvidado en el tiempo, merece la pena haberlo emprendido. Ahora importa el presente.



REENCUENTRO DE ALMAS


El VIEJO BAÚL


Abrí el viejo baúl en el que guardo mis recuerdos, cuesta abrirlo, parece un poco atascado; veo que hay papeles que han perdido su brillo, algunos están enmohecidos, otros amarillentos e incluso los hay agrietados.

Por casualidad recogí una fotografía en la que se encontraban antiguos amigos que ya no volveré a ver. Reaparecían retazos de tiempos de alegría junto a ellos, otros que mejor no recordar, lo que me indicaba que viejas heridas aún no habían cicatrizado. Leí antiguas

cartas escritas desde la inocencia y me preguntaba: ¿Así pensaba y sentía?

¡Cuánto nos moldea la vida!


 Una piedra pequeña que ya ni recordaba y que sin embargo apretaba en mis manos en muchas ocasiones, ¡si ella quisiera hablar, cuánto diría de mis sentimientos encontrados! Unas notas de colegio, una imagen ante mí de filas de chicos esperando una botella de leche cantando “montañas nevadas, banderas al viento…”. Sí, era mi montaña pero nunca fue mi bandera, demasiado dolor en los corazones dejó como para ser admirada por mí. Una bola de cristal gastada por el contacto con la arena; una chapa con la imagen de Re, jugador del club de futbol Zaragoza, rechazado por los niños, tenía pocas letras y cuando nos jugábamos los cromos nos hacía perder. Un mechón de cabello… je, je, alguna niña lo echó en falta, aún se acordará de ese día, supongo que ya me habrá perdonado. El carmín, en forma de labios, impregnado en un pequeño pañuelo blanco, y un “te quiero” casi imperceptible en tinta de algún “bic”, que tantos dedos mancharon. Un billete del metro, recuerdo de mis primeras salidas en solitario a descubrir otros mundos. ¡Tantos recuerdos guardados! Algunos quedarán grabados a fuego en mi alma, otros, los menos, se quedarán en este baúl olvidado en un rincón de esta casa.



Miré por última vez el viejo baúl y lo cerré… A la mañana siguiente sonó la alarma del despertador. No quería llegar tarde a mi cita, un tren me esperaba con rumbo aún desconocido. ¿Con quién me encontraré en ese tren? Salí sin mirar atrás, tarareando: “Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así, aprovecharlo o que pase de largo depende en parte de ti…”.


LA NOTA


Miré a mi alrededor, la estación estaba repleta de gente, era un día clave del año: Nochevieja. Muchos encuentros y despedidas, alegrías y tristezas. Ramo de rosas para una novia que desde el último permiso el militar no vio. Besos que nunca acaban al marido que el destino le hizo marinero, seis meses de ausencia son demasiado, a los que ninguno se acaba de acostumbrar. El grupo de estudiantes ansiosos de disfrutar de las pistas de esquí y de alguna noche loca en la discoteca. Un turista, un tanto despistado, fotografiando a los limpiadores del andén, confundiéndoles con dios sabe quién. Y en medio de toda esta multitud, me preguntaba: ¿qué demonios (dejémosles existir aunque sea sólo en estos momentos) hago yo aquí?

Sólo sabía que debía de tomar ese tren. El billete lo encontré en la mesita de noche con una nota en la que decía: "Urgente, sin falta, toma el tren, no es necesario que lleves equipaje, allí te esperan. Firmado por ´El Jefe´". Así que cuando “El Jefe” te dejaba una nota o cualquier otra señal inequívoca, uno sabía que no era el momento de hacer preguntas sino de pasar a la acción, las respuestas vendrían solas una vez que tomara el dichoso tren. Sin tiempo para largas despedidas, nunca bien aceptadas por todos, sin darme casi cuenta me encuentro ante la puerta del vagón nº 17, desde luego “El Jefe”, así le gustaba además que le llamara, tenía un magnífico sentido del humor… negro. No perdía detalle ni nada dejaba al azar, sabía lo que para mí significaba ese número, pero eso es otra historia.


Entré en el vagón deseando encontrarme a quien me esperaba según la nota. Sólo faltaban cinco minutos para que saliera el tren y quien suponía que subiría al tren no aparecía, por lo visto a alguien se le pegaron las sábanas. El silbato de la estación daba comienzo al cierre de las puertas automáticas. Este tren provenía del Este y no podía esperar ni un minuto más y los que ya venían en él deseaban más que yo que partiera. Las ruedas comenzaron a dar sus primeros giros con algún chasquido insufrible. Me asomé por la ventanilla intentando ver a alguien acercarse corriendo, pero nada, sólo pañuelos despidiendo a los que se van. Pasados cinco minutos la ciudad se perdía en un horizonte de asfalto y hormigón.



El traqueteo del tren me produjo sopor. Comencé a ver ovejitas: una, dos, tres… y entré en el mundo de los sueños. Me vi por encima del tren, contemplando la ciudad al fondo, y al otro extremo grandes montañas cubiertas de nieve eterna. De pronto me encontré en medio de ellas, acercándome rápidamente a lo que parecía ser un inmenso jardín, cerca edificios que parecían hechos de cristal. Una silueta de mujer. Parecía haberse fijado en mí. Me acerqué a ella, era luz y fuego a la vez, sonriendo me llamó por mi nombre. Al instante, sin saber cómo, nos encontramos en medio del espacio infinito. Había junto a nosotros más seres como ella, de ambos sexos y algunos que fundían a ambos. Me señaló una franja en el horizonte estelar. Me di cuenta que mis pies dejaban de pisar “algo” que sentía como metálico para encontrarme suspendido en un oscuro cielo franqueado por millones de lejanas estrellas mezcladas con galaxias que se acercaban a un ritmo vertiginoso. Sentí marearme. De pronto la escena cambió, frente a mí la mujer y alrededor… nada. Me dijo: “Fíjate en mis ojos y no lo olvides”. Más allá de un rostro - extremadamente bello- que no era de este mundo, sus ojos me impresionaron; pues mostraban lejos de cualquier duda a alguien conocido, aunque no sabría encontrar en mi memoria ningún dato que lo corroborara. Eran grandes, rasgados (otra vez), que en silencio lo decían todo.


Sobresaltado desperté del sueño, alguien agitaba mi hombro. ¡Despierta! Un poco trastornado me giré hacía quien interrumpió mi dulce sueño. Una mujer vestida con un sari hindú, me sonrió. Me fijé en la pintura que destacaba en el entrecejo, lo que me llevó a bajar un poco la vista hacia sus ojos. Extrañamente me recordaban a la mujer del sueño. ¡No me lo podía creer! ¡Sin duda era ella!


“El Jefe” nunca dejará de sorprenderme: “Allí te esperan”, decía la nota...


A lo largo del tiempo las almas nos vamos reencontrando. Hemos forjado entre todas una red, una cadena, que entrelazada está construyendo una realidad impresionando en ella lo mejor que somos capaces de crear. El amor que generamos hace que en silencio, casi imperceptiblemente, se vaya materializando. Claro que, antes, hemos de dejar en el olvido nuestro viejo baúl y ser capaces de interpretar las notas, las señales, que “El Jefe” nos deja en cualquier momento de nuestro diario existir.


Un tren nos espera, viene del Este…





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