HACIA MÍ MISMO



Decisiones cruciales en la vida no todos los días se toman,
menos mal,
demasiadas tensiones,
pero cuando llega el momento
no hay que darles la espalda y mirar a otro lado.

Todo el camino recorrido hasta aquí,
mirarlo da vértigo.
Cuánto esfuerzo ha supuesto ascender sólo unos metros
desde aquel día en que partimos,
ese día en que nuestros padres tomaron otra decisión crucial:
¡que naciéramos¡

A partir de ahí,
unas veces acompañados y otras en soledad frente al mundo
tomamos decisiones,
cada vez más conscientemente de las consecuencias y
responsabilidades que contraerían.

Las circunstancias empujan en la mayor parte de las veces a decidir.
Nos sentimos arrastrados por una corriente,
mas no tenemos el control,
¿o sí ?

¿Quién controla mi vida?
Soy yo
quien tiene la última palabra.
Las circunstancias condicionan pero no determinan.

Acertada o desacertadamente he ido ascendiendo,
unas veces por caminos ya trillados por otros.
Y otras,
como las cabras,
saltando de piedra en piedra,
arriesgándolo todo.
La cima es aún lejana,
pero real en mi horizonte.

No temo,
está ya grabado en mi mente con letras de fuego:
“La vida no es temor sino Amor”.
Mas este Amor lleva a veces a tomar decisiones cruciales
con consecuencias no deseadas y
aún menos comprendidas.
Miro atrás y veo que quien me ha ayudado a llegar hasta aquí
ha sido este Amor.
Él me guía y me lleva de la mano.
Confío en Él,
porque aprendí a confiar en mí.

Solamente tengo mis manos y la fuerza de mi corazón.
La vida es descubrir quiénes somos en realidad.
El dolor,
el sufrimiento,
no son más que una mera ilusión.
Sí, parece eterna a veces,
mas igual que llega se va,
la estela que deja se diluye en la nada.

Ahora me siento sobre una piedra,
a respirar y contemplar el camino andado
y el que me queda por recorrer.
Un instante más y me levanto,
tomo mi bastón de peregrino y sigo ascendiendo…
hacia el infinito,
hacia mí mismo.




SANYASIN



Desde que el tiempo es tiempo de un modo u otro seguimos los pasos de alguien, el camino que han trazado otros. Vamos, poco a poco, dándonos cuenta que llega un momento en que ya no vemos los pasos de nadie y sólo vemos nuestras propias pisadas. De un modo u otro "sabemos" que en nuestro interior están las respuestas a nuestras preguntas... Experimentamos. Nos caemos, nos levantamos una y otra vez. Creemos quedarnos sin fuerzas y ya no sabemos a quién pedir ayuda. Estamos solos. Nos decimos: ¡Puedo! Tras un titánico esfuerzo nos levantamos y una sonrisa, ¡por fin!, surge de nuestra alma. Nuestro corazón, ahora, late con intensidad. Hemos comprendido, no con la mente sino con “algo” que nos inunda, que “hemos llegado”.


Mas no es un lugar en lo alto de ninguna montaña, no está en otro continente, ni en el fondo del mar, ni en las estrellas. Es un estado del ser en el que nos sentimos identificados con Todo. Comprendemos todos los pasos dados hasta ahora, de la mano de nuestros padres, en compañía de amigos… Entendemos que hemos pisado tantas y tantas veces estas mismas tierras en otros tiempos ya lejanos, intuidos, olvidados. Todo lo construimos para que este instante llegara. Ya no necesitamos más ídolos de barro, ningún bastón de apoyo.


¿Y, ahora qué? Todo giraba antes a nuestro alrededor, no sólo el Sol, la Luna, sino también el universo entero. Ahora, sabemos, sin necesidad que nadie nos lo diga, que “todos somos el universo”, que cada rincón de él es accesible del mismo modo que nuestro cuerpo físico lo es.
Amamos. Este amor es el que ha obrado el “milagro”. Amamos a quien ahora tendemos nuestras manos, pues ya no esperamos nada, damos. Ésta es toda nuestra sabiduría. Nos hemos desprendido de todo cuanto nos ataba, nos petrificaba, nos mantenía en un temor constante. La confianza, la esperanza, la generosidad, la bondad, nacidas en nuestras entrañas, en el fondo de la tierra, son semillas que abonadas con nuestros actos de miles y miles de años han sabido germinar; brotando, rompiendo ésta, buscan la luz; creciendo y floreciendo. Ahora tenemos una nueva vestidura. Nos sabemos algo más que un cuerpo de carne y hueso: estamos hechos de la misma esencia del sol que nos ilumina cada día.


Ya no necesitamos una mano a la que asirnos, ni siquiera un dedo que nos señale el camino pues nos hemos convertido en el propio camino. Hemos comprendido que ya no vamos a ninguna parte, que hemos llegado. Y lo importante, ahora, es SER. Y el SER, todo cuando necesita es… ACTUAR. Nos hemos convertido en el tan traído y llevado “Yo Soy”. Comprendemos porque amamos, y porque amamos, actuamos.


“Yo Soy Aquí y Ahora”, ésta es nuestra sabiduría. Nos hemos convertido en sanyasin. Somos nuestros propios maestros. Y, ahora, empezamos a vivir dueños de nuestro destino plenamente conscientes en cualquier tiempo y lugar en que la Vida nos sitúe, pues cualquiera de ellos es la mejor oportunidad que nos damos para seguir evolucionando, conociendo y amándonos.



COMO LAS ESTRELLAS



Pasan los días, los años. Recuerdo lo vivido y lo que no pude o no quise vivir.
¿Volver atrás? ¿Añorar el pasado? 

Quisiera volver a sentir el calor de quienes conocí y dejaron huella en mi vida.

¿Qué ha sido de los que me quisieron y los que me rechazaron? 

¿Habrán alcanzado el objetivo de su vida?

¿Serán felices?

¿Seguirán dejando la huella de sus pies en esta Tierra o, habrán abandonado esta Escuela de la Vida?

Es curioso, al menos, cómo siguen vivos en mi recuerdo. Cierro mis ojos y ahí están: imágenes, lugares, conversaciones, sentimientos, emociones… ¿Pero son sólo eso, recuerdos?

Quienes siguen en este mundo y quienes han traspasado el velo, dejando a un lado las leyes físicas conocidas, han dado muestras de que no hay límite, barrera, que no se pueda franquear. En momentos cruciales, quienes están separados, se han encontrado y manifestado una vez más la amistad que les ha unido. No ha sido impedimento vivir en diferentes continentes; una enfermedad que obligue a estar encamado; desconocer dónde residen en la actualidad… Ambas almas saben que hilos les unen por encima de cualquier impedimento, incluso la muerte no es nada para ellas. ¿Cuántos no hemos escuchado historias sobre apariciones de quienes abandonaron su cuerpo físico, viajado a otras realidades…, a otros tiempos de nuestra historia como si fuera el presente? Quizás creamos que son “batallitas”, hasta que un día, algo que se escapa a la razón, nos sucede a nosotros. Entonces emprendemos una ruta que ya no tiene vuelta atrás. Hemos experimentado que hay algo más, algo que no nos lo han contado, pertenece ya a nuestras vivencias y… queremos respuestas. Dependiendo en la sociedad que vivamos, lo permisiva que sea, podremos hablar abiertamente o no de ello, puede que sea un tabú, “algo” que no se puede tocar… o, algo peor: ya hay respuestas, que no podemos discutir, sólo acatar sin preguntar.

Pero, el ser humano, una de sus cualidades, es que es curioso y atrevido…, los caminos trillados no nos sirven. Queremos llegar más lejos, subir más alto… donde nadie antes ha llegado.

Desde niño me he preguntado qué hay tras la muerte. La he visto muy de cerca, cómo de un instante a otro quien me miraba a los ojos, me daba la mano, dejaba de verme y su mano perdía su fuerza…, emprendía un viaje a lo desconocido. Para unos el último viaje, para otros un nacimiento a otra vida.
Nadie puede probar en una probeta la existencia de la vida tras esta vida. Nadie puede tampoco negar la existencia del amor; ni siquiera el científico, sabe que no entra en una probeta, pero sí en él. 

Aún me hago preguntas. Cuando tengo una respuesta, surge de ésta nuevas preguntas que me llevan más lejos. Lo destacable no es que haya podido ver a quienes han dejado esta dimensión, sino que toda respuesta tenía esta frase implícita: “Ama, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza”. Es a través del amor, del desapego, como he encontrado el sentido de mi vida: un sendero donde no hay límites entre tú y yo, en el que reconozco que todos somos diferentes y únicos, del mismo modo en que no hay dos estrellas exactas en el firmamento, cada una genera su propia luz y la expande al encuentro de otros astros.

Cuando observo una noche estrellada intuyo que la vida se crea y recrea continuamente y así siento que ocurre con cada uno de nosotros. Quienes he encontrado en mi vida siguen vivos, a pesar de que en este momento no oiga sus corazones palpitar, quizás lo hagan en sintonía con el mío y solamente escuche UNO.




ES HORA


Cuando la Vida me llamó y me dijo,
“Ya es hora de tu regreso”,
sentí que un fuego abrasador recorría todo mi cuerpo.
Siempre esperé este momento y sin embargo le temía.
Un salto al vacío, a la nada.
La pérdida de todo lo que soy.
Los recuerdos ya no aparecen.
Las imágenes no me dicen nada y se alejan.
Sólo siento el silencio,
la angustia del instante en que no hay nada,
peor que la más triste soledad.
Parece hacerse eterno el momento,
ni siquiera la oscuridad existe.
Simplemente… nada.
¿Qué espero?
Mi mente se agotó.
Nada espero,
ni aún siquiera desespero.
Me siento
y en mi silencio cierro mis ojos
y sólo escucho mi corazón,
mi única compañía.
¿Un instante?
¿Una eternidad?
No sé,
todo se borró,
desapareció.
Mi cuerpo ya no es mi cuerpo,
mi alma ya no es mi alma.
Soy,
sin cuerpo,
sin alma.
El Todo y la Nada.
Soy en el no ser.
Existo sin existir.
Vivo en la muerte y la muerte me da la vida.
Permanezco en la impermanencia.
Soy el Todo.
Soy la Nada.
Soy.


MI VIEJO PARQUE



Las luces del parque apagadas,
un nuevo amanecer despierta.
Cántico de los gorriones,
olor a tierra mojada.
Mi alma paseando por mi viejo parque.

Como el primer día,
aquella hermosa mañana
paseabas 
con tu vestido mecido por el viento.

Te miré,
me miraste.
Sonreíste,
Sonreí.
Silencio, 
con el mío asentí. 

Como hoy en día,
paseas por mi viejo parque.
Aún me miras,
No te pierdo de vista.
Me sonríes,
Te sonrío.
Silencio.

Como el primer día,
como hoy en día,
paseamos de la mano 
por nuestro viejo parque…
El paraíso.



LOS PAYASOS



Juan salió de la ciudad, su mirada se volvió por un instante y, tras el cristal del coche, veía como se alejaban los edificios y sus gentes.
Por su mente, en unos segundos, volvieron innumerables recuerdos y vivencias; fueron tantas las personas que pasaron por su vida, en ésta y otras localidades. Su corazón parecía resquebrajarse.
¡Cuántos quedaron en el camino! Y, qué pocos los que permanecían tras los obstáculos que fueron apareciendo.
No era momento de analizar, de pensar, sino de seguir en silencio por las carreteras, con sus curvas, sus largas rectas, desniveles, paradas, descansos, aglomeraciones…, sus paisajes.
Sabía qué se iba a encontrar por esas carreteras de Dios. Su oficio, que le llevó a conducir durante años, le fue fraguando y conociendo qué había tras tantos rostros con que se había encontrado: las ilusiones, frustraciones, temores, alegrías, desgracias…, esperanzas.
El ser humano era para él un libro abierto, había llegado al corazón de cada uno. Y sabía las dificultades con que éste se encontraba para salir airoso ante las crisis que le provocaba el crecimiento interno, al que cada uno de ellos se había comprometido a efectuar, consciente o inconscientemente.
Sereno, permaneció en el asiento, aunque unas lágrimas caían por sus mejillas. Volvió la vista al frente, leyendo el cartel anunciando la distancia a la próxima ciudad. “Cuarenta kilómetros” –le decía a su acompañante–. Se miraron y un brillo surgió de los ojos de ambos.
Conectó la radio, una canción sonaba: “Send in the Clowns”.
Buen oficio hemos elegido – le dijo su acompañante.
–Sí, –replicó Juan–. Entramos en escena, como los payasos en el circo. No es fácil que la sonrisa brote del alma, más con amor no hay nada imposible.


Dedicado a l@s payas@s,que comparten contigo su alegría.



AMOR SIN MEDIDA


¿DÓNDE ESTÁ EL REINO?



  Un día un discípulo le preguntó al Maestro: “¿Dónde está el Reino del que tanto nos hablas?” Éste le miró fijamente y tras una sonrisa se alejó por el camino, al llegar a un olivo se sentó junto a él. El tiempo transcurría hasta hacerse interminable para quien le hizo la pregunta.
  Pasó una noche, un día completo. El Maestro permanecía inmutable. El inquieto discípulo estaba no sólo sorprendido, sino que no comprendía qué estaba pasando, él sólo tenía el deseo de encontrar la respuesta a la pregunta que tanto le inquietaba.
   Una nueva noche llegó y al alba de un nuevo día el Maestro se levantó. El discípulo aún dormido no se dio cuenta, permanecía seguramente dando vueltas en sueños a sus inquietudes. El Maestro se acercó, le tocó la cabeza con su mano y se alejó.
  Cuando despertó el discípulo, al ver que su Maestro no estaba junto al olivo, comenzó a sollozar. Anduvo por los alrededores buscándole con desesperación, hasta que apesadumbrado cayó al suelo. Se reprochó el haberse quedado dormido, pues no sabía cuándo podría volver a ver al Maestro, pues recordaba sus palabras en las que comunicó a todos que iría a la “Casa del Padre” y que ellos por ahora no podrían acompañarle.
   El discípulo sin saber qué dirección tomar, se alejó de aquel lugar. Unas horas después, ya caída la noche, se paró a un lado del camino. Encendió un pequeño fuego para proporcionarse un poco de calor en tan fría noche, más que cualquier otra que haya vivido. De pronto, una Voz comenzó a percibir, al principio casi inaudible y después tan nítida que se levantó mirando a su alrededor, pero a nadie vio.
   La Voz le señaló:
«El Reino que anhelas está tanto en ti como en cada ser, siempre lo estuvo y lo estará, pero tu deseo perturbador te ha convertido en ciego y sordo. Has pasado junto a personas que te necesitaban, te pedían socorro, y tú no tenías tiempo de ayudarlos pues debías ir junto al Maestro para hacerle una pregunta muy fundamental para ti. Fue para ti más importante que el mensaje que os he transmitido: ninguna promesa ni objetivo está por encima de las necesidades de tus hermanas y hermanos.     
  »El Reino del que os hablo está en el amor con que desempeñas tus pequeñas actividades cotidianas, en como tratas y cuidas a cada uno de los pequeños que he puesto en tu camino. Ninguna circunstancia de tu vida ha sido ni es fruto de la casualidad, todo está engranado para que tú, junto a tus hermanas y hermanos, crezcáis espiritualmente a través de los tiempos.
   »No hay ninguna prisa en llegar a ninguna parte, pues todo está a vuestra disposición según lo vais necesitando. Recuerda que el ser más pequeño en el Reino de Dios es más grande que el más poderoso de este mundo y que en la Casa de mi Padre no hay primeros ni últimos.
   »Da pequeños pasos, siempre poniendo al otro por delante de ti. Tus verdaderas necesidades están siempre cubiertas, más de ti depende percibir la felicidad que está viva en la simplicidad. Valora la oportunidad que tienes de vivir este momento sin preocuparte del mañana. Es ahora el instante que tienes. Ama sin medida y siempre, siempre con Corazón y  Verdad. Que tus actos sean el fiel reflejo de tu alma.
   »La travesía del desierto es necesaria, en ella te encontrarás cara a cara con todos tus temores y anhelos. Serás tentado sin apenas darte cuenta de ello, se te ofrecerá un poder sobre la vida y la muerte. Tus deseos te dirán que con un simple “sí” estarán a tu disposición. Pero éste no es el Reino de mi Padre, es el reino de este mundo material, efímero e intangible. Pero todo esto has de descubrirlo por ti mismo.
   »Y por último, recuerda que sólo la Verdad te convertirá en un ser libre, en un habitante por derecho propio del Reino de nuestro Padre allá donde se encuentre tu alma, no importa si en este u otro lugar, si en compañía o en soledad.»

  El fuego se fue apagando a la vez que la Voz. El discípulo después de un largo silencio se dijo que nunca más desearía nada para sí, que se lo tenía merecido por su inmadurez y vanagloria.
  El viento, al mecer los árboles, susurraba una vieja canción al compás del latido de un corazón que empezaba a vivir en armonía con el Universo. El Amor y la Verdad  consiguen el “milagro”: un nuevo ser surgía del profundo mundo de los sueños a la realidad de la Vida.




NUESTRAS HOJAS EN BLANCO


Un día decidimos, cada una y uno por nuestra cuenta y riesgo, salir del rebaño; quizás no tuviéramos ni idea de qué hacer ni hacia dónde dirigir nuestros pasos. Nos habían pintado cielos que no nos acabábamos de creer, llenos de dogmas, normas... muros y más muros. Todo parecía estar ya calculado y sólo nos quedaba hacer nuestro papel en una obra que no era la nuestra.
Y nos decidimos a escribir nuestra propia historia en un libro cuyas hojas estaban en blanco. Hoy hay unas pocas hojas escritas, nos ha costado, pero sabemos que surgen de nuestro ser más profundo y auténtico. No nos mueve ninguna ambición ni vanidad, sólo el deseo de compartir tanto nuestras experiencias como ofrecer la de otros tantos que también escriben su propia obra.
No formamos, ni lo pretendemos, ningún tipo de organización, sí sentimos que formamos parte de un organismo muy vivo al que cada uno posiblemente le demos un nombre diferente, lo que no tiene ninguna importancia. Cada uno tenemos nuestra propia visión de cómo compartir. Aprendemos sobre la marcha, pues no hay esquemas prefijados, erramos y rectificamos. No pretendemos que nadie nos crea, más bien queremos que cada uno busque las respuestas en su interior, son éstas las que tienen verdadero valor.
Vivimos tiempos difíciles, todos en los que se nos plantean varias opciones a elegir lo son. Y debemos unir nuestras fuerzas, cada uno desde donde vive, aportando nuestra energía del modo que creamos conveniente para traer a este mundo real el mejor de nuestros sueños: un mundo de armonía y paz. Sabemos, sé, que los pasos que damos en este sentido se encuentran con obstáculos, mas ninguno es insalvable.
Nos hablan, escuchamos, leemos, que vienen catástrofes. No hay mayor catástrofe que ser ciego y sordo al ofrecimiento de apertura de consciencia que la Vida nos ofrece, hoy y ahora. Si nos unimos, el paso sólo será como una dulce brisa que sintamos recorrer nuestros cuerpos.
Es todo cuanto pretendemos, que el viento del Espíritu que somos nos eleve a toda la humanidad y demás seres sintientes junto con la Madre Tierra que nos acoge a una realidad más acorde con nuestra apertura de corazón.
Estamos todos invitados. Tomemos nuestras hojas en blanco y escribamos.

UNA VIDA



Cuando el día y la noche se encuentran, en mi alma quedaron grabadas estas palabras:

«Una y otra vez reaviváis mi muerte y resurrección. Unos creéis que existí, otros no.
»Morí clavado en una cruz, no por vuestras imperfecciones sino porque era un peligro para el imperio romano y aún más para la jerarquía judía. Todo aquel que hace temblar los cimientos de una estructura caduca se enfrenta a las consecuencias. Mi mérito, si queréis verlo así, es haber “vencido” a la muerte y dejaros un mensaje sencillo;  por ello costoso, para quienes han complicado su vida, lastrando su alma con el poder terrenal. 

»“Amaos los unos a los otros” es todo. No necesitáis analizarlo, sino descubrirlo y vivirlo. Cuando os dije: “Lo demás lo tendréis por añadidura”, es porque es su consecuencia natural. Buscáis mi “reino”, cuando éste no sólo vive en vosotros, sino que sois vosotros. Si  aún no lo veis es porque estáis ciegos. Una tela cubre vuestros ojos, la que os impide ver más allá de vosotros mismos. Fijaos en el otro, quien tenéis a vuestro lado y os sonríe, llora, camina en silencio o grita. No os pido que os pleguéis a sus deseos sino si tienen hambre, sed… Id con ellos donde hay en abundancia. Enseñadles con vuestro ejemplo la verdadera felicidad de quien ya nada desea para sí. Colaborad unos con otros para hacer el pan y el vino y dad a cada uno según su necesidad. Construid vuestras viviendas entre todos. Cuando hayáis cubierto vuestras necesidades básicas para sobrevivir, entonces sentiréis que hay otro hambre, otra sed… el de vuestras almas, que os daréis cuenta que al ayudaros unos a otros la estáis colmando.

»Con estos cimientos no necesitaréis más guía, más lámpara, que la voz interna de vuestra conciencia. Casi sin daros cuenta, vuestros problemas se irán disolviendo como azucarillo en el agua. Iréis percibiendo la realidad de mi reino, que es el vuestro, donde cada uno sois a la vez el rey y el mendigo. Vuestros papeles se intercambiarán una y otra vez hasta que descubráis que la vida se redescubre y llega un poco más lejos siempre. Que la muerte no es más ni menos que el alba de un nuevo día… La vuestra y la mía, ocurren una, mil, un millón de veces. Sonriendo pasaréis de un estado al otro como el agua se eleva al cielo con el calor del Sol. Y este Sol vive en cada una, en cada uno de vosotros aun antes de existir y así será por siempre.

»Sois, somos, Una Vida creando Infinitas Vidas… Un misterio que no lo es cuando veis con los ojos del alma.»



DE LA OSCURIDAD A LA LUZ


Quiero compartir con todos este relato que surgió, como casi todo, sin querer, sin buscarlo, con el deseo que aporte un poco de luz en la oscuridad.


En la tribu 
Hace ya tanto tiempo que no recuerdo cómo empezó todo. Reminiscencias aún me quedan del instante en que comencé a percibir todo cuanto me rodeaba; mis manos palpaban cuanto alcanzaba; mis ojos se sorprendían ante el espectáculo que descubría sin cesar a mi alrededor; escuchaba sonidos incomprensibles por doquier; descubrí mi rostro al verme reflejado en el agua, era semejante al de otros seres que, como yo, vivíamos en una caverna. Nos protegíamos en ella no sólo de las inclemencias del tiempo, sino también de otros seres que caminaban

UN DÍA CUALQUIERA



Te levantas un día cualquiera. Todo parece rutinario, organizado, sin sobresaltos y… sin embargo, un instante, un segundo, ¡todo ha cambiado! Ya no habrá más rutina, todo lo que estaba construido se ha desmoronado como un castillo de naipes, quedan las cartas… caídas, que hay que recomponer una a una, pero ya nada será igual. La Vida te acaba de mostrar, puede que de una forma brusca, que lo pasado es eso, pasado. A partir de ahora hay que empezar de cero, aunque con la memoria de una “vida pasada” en esta misma existencia.

"Me he quedado sin el trabajo por el que me esforcé tantos años en conseguir…" "El camión que se quedó sin frenos acabó estrellándose contra el banco, en el que casualmente me encontraba esperando el bus que me llevaría a casa a descansar un día más…" "Me ha abandonado aquella persona que creía sería quien me acompañaría toda la vida…" "Perdí todo el dinero que había atesorado debido a una desacertada decisión…" "Comprendí…"


Sea como sea, la Vida hoy es diferente. Me ha llevado a estar cara a cara ante mí, desnudo, sin adornos, ni siquiera un objetivo… ¡vacío de cuerpo y alma! ¿Y ahora qué? ¿Aún espero algo o tiro la toalla? Ahora soy como un niño, sin edad, con la mirada expectante ante un incierto futuro, viniendo de un pasado que se me escapa por segundos, son vagos los recuerdos… y a cada segundo se desvanecen aún más.

Este instante que ahora vives es el que te has regalado para sentir la Vida de un modo que nunca imaginaste, ser consciente de aquello que pasó de refilón anteriormente y dejaste escapar. Ahora puedes abrir los ojos al verdadero ser que eres y que esperaba, en silencio, el momento en que pudieras mirarte cara a cara, ya sin miedos irracionales, sin posesiones efímeras… Como un recién nacido, tienes toda una vida por delante, una oportunidad de oro que no has de despreciar.

Un día cualquiera ya no serás quien fuiste: despertarás de un largo letargo, de sueños que se esfuman cada amanecer. Un día cualquiera saldrás, cual mariposa, del capullo en el que te encerraste. Morirás al pasado y saldrás volando, conociendo de primera mano una dimensión que te llevará a explorar al ser que eres, siempre fuiste y serás.



CAMINOS



Sentado en el parque.
Sopla el viento de la tarde presagiando una noche fría.
Sin ganas consigo levantarme dando los primeros pasos hacia el hogar.
Los viejos recuerdos se agolpan una vez más.
Los alejo, disipándose entre las hojas secas caídas en este otoño del alma.
Mis pisadas acaban borrando sus efímeras huellas.
Ya nada son.
Ahora, sólo tengo por delante un futuro incierto.
Un tiempo por vivir en uno de tantos caminos a elegir de vuelta a casa.
Nada temo.
Siento que es ahora cuando ya nada espero sino vivir en plenitud.
Sin equipaje, sin pasado ni porvenir, solamente siendo.


SEMILLAS



Hace algún tiempo de tu visita. ¡Cuántas preguntas desde aquel inolvidable día! No lo tengo marcado en el calendario, sí en mi memoria intemporal. Pensaba que era el fruto de imaginaciones febriles, pero no, era demasiado para ser casual…

Todo comenzó años atrás, cuando en plena adolescencia mi alma descubrió un sentimiento hasta entonces dormido…, la primera señal que sólo comprendí mucho tiempo después.

Descubrir quién soy fue entonces explorar el mundo que me rodeaba. Mi adolescencia se debatía entre dos mundos, a veces enfrentados, la seguridad dejada en manos de otros no era nada cuando salía de su ámbito. El mundo y yo, nadie más. Y tú permanecías en silencio, en realidad no sabía de tu existencia, sin embargo tú sí de la mía. Paso a paso ibas dejando pistas…

La segunda señal, ¡cómo olvidarla! Estaba todo tan claro y sin embargo yo tan ciego. Fue necesario ir viviendo en el tiempo y el espacio lo que contemplé en un relámpago de eternidad ante mí para comprender. Un tiempo de inflexión radical en mi vida. Dejé todo lo que era mi pilar hasta entonces, familia, amigos, la tierra que me vio crecer. Empecé a escribir en las páginas en blanco de mi juventud; las injusticias sociales no me eran indiferentes, busqué cómo paliarlas pero ninguna iniciativa tomada me satisfizo al completo. Toda acción generaba una reacción… imparable. 

Y las señales continuaban. Lo vivido en el no-tiempo iba tomando forma inexorablemente. ¿Podía escapar a un destino escrito de antemano? Hay veces en que dudo de dicha posibilidad, sobre todo porque era yo quien lo había escrito ¿tiempo atrás?

Cuanto más me alejaba de ti, más cerca me encontraba sin saberlo. ¡Tanto por recomponer, por vaciar en ese tiempo!

Un día de luna llena. ¡Otra inmersión en la eternidad! Tomaste una forma con la que podría comprender… Vaciaste mi alma cómo sólo sabe hacer quien ama, quien se pone en la piel del otro, quien es uno más allá de la dualidad. Dejaste una huella imborrable: una semilla que debía alimentar no con grandes hechos, sino simplemente con los pequeños actos cotidianos de la vida, que germinaría con el tiempo.

Y los años pasaron… Y ahí estabas tú, cuando menos lo esperaba, con un ropaje que no me era desconocido… ¡Lo llevé un día muy especial en mi vida! Tu sentido del humor… Ni siquiera entonces lo comprendí, creí que eras otro. Hoy sí lo sé… ¡Soy yo! La semilla convertida en planta abriendo sus pétalos al sol.

Todo este tiempo ha sido un viaje al encuentro, de mí mismo, del Ser que soy, el que ha creado esta realidad espacio-temporal en que estoy inmerso. ¿Por qué?, por amor.

Más semillas están brotando en otras tantas almas buscando la luz de su propio Ser.



EL BUSCADOR


Un día me levanté un poco aturdido por un sueño, que aunque no recuerdo en profundidad, me dejó más que pensativo. A partir de entonces me interesé por la existencia de vida en el cosmos y, sobre todo, por la posibilidad de que alguna civilización extraterrestre hubiera entrado en contacto con la nuestra.
Días más tarde abrí el periódico, pero esta no era una jornada más…: “Avistamiento de un objeto volante no identificado sobrevolando en pleno día la capital”, acompañado el texto por una imagen del ovni. Así me vi, sorprendido, y me dije “por qué no”. Quise investigar más... 

Me encontré en el lugar donde se tomó la fotografía. Miraba al firmamento esperando que se repitiera el fenómeno. No fue así. Aunque no fue un viaje perdido, éramos unos cuantos los que pretendíamos indagar. No nos conocíamos de nada, pero sentíamos que estábamos unidos por algún hilo invisible. 
Pasó el tiempo. Las relaciones, en algún caso, se hicieron más fuertes; en otros, los avatares de la vida hicieron que nos alejáramos… Acababa entrando en liza las diferentes interpretaciones de las causas del fenómeno, lo que en algunas ocasiones provocó discusiones que casi llegaban a las manos. ¿Nos estábamos volviendo locos? ¿Qué nos motivaba a seguir haciéndonos preguntas que posiblemente nunca encontraríamos las respuestas?
Por mi parte nunca desistí del todo, sí reconozco que el desánimo me ha acompañado en muchos momentos. Curiosamente, se repetía en mi mente escenas sueltas del viejo sueño. ¿Quién era el personaje  que veía? Era como un mensaje subliminal…, “sigue buscando”.
Hoy, muchos años más tarde, ya no miro al cielo. No es que haya perdido la esperanza, es que me equivoqué de enfoque… Miraba el dedo que señalaba y no hacia donde lo hacía. Era dentro de mí donde tenía que buscar.
¿Cómo lo supe? Después de perderme en laberintos de pasiones y profundos pozos negros mentales, olvidándome incluso de la familia que se estaba formando a mi alrededor, me pregunté: ¿soy feliz? Supe que no lo era y lo peor es que no me esforcé porque lo fueran ellos. Todo giraba en torno a mí, a mi deseo insaciable, a veces hasta obsesivo, de encontrar la verdad. ¿La verdad? ¿Qué es la verdad? ¿Podría cambiarme la vida este encuentro?
Lloré, desgarradoramente me hice añicos cuando enfermó la persona que creía hasta entonces darle todo mi amor. ¿Y ahora qué? ¿La verdad le sanará? Me decía una y otra vez.
Recé, renegué, pataleé… sin respuesta ninguna.
Un día, inolvidable para mí, le tomé las manos, miré sus ojos, preocupado porque quedaban pocos días de vida juntos y… ¡contemplé como era  absorbido hacia su interior! Una escena apareció ante mí: 
Ambos, de la mano, caminábamos por una pradera, alegremente comentábamos un suceso de un tiempo indeterminado que nos llenaba de gozo. Cuando apareció ante nosotros una figura humana… ¡la misma que recordaba de mi sueño! ¡No podía creerlo!
El ser nos sonrió y mirándome, me dijo: 
«Te dije un día que buscaras. Lo hiciste recorriendo medio mundo y no encontraste una respuesta satisfactoria. Jugaste al juego de la mente. Te dejaste llevar por tus deseos hasta incluso sentir la desesperación. Y, sólo has encontrado la respuesta, la ´verdad´, cuando has sido capaz de olvidarte de ti, de tus deseos, movido por la posible pérdida de quien te ha acompañado, muchas veces en silencio, atenta y amante durante… ¿eones?  En el olvido está la respuesta, porque siempre ésta has llevado en ti; solamente tenías que dar un paso, no al frente, sino hacia ti mismo, a tu alma, al ser que en realidad eres, al que ahora estás viendo frente a ti. ¿Locura? Locura es lo que has vivido. Ahora, tú has sanado. Ahora, estáis sanados…
»Tú, compañera de viaje, dirigiéndose a mi amada –sonrío ahora al recordarlo–, también me has buscado, incluso, esperado que un día llamara a tu puerta. Mirabas los ojos que se cruzaban con los tuyos con esperanza de que apareciera. ¡Nunca podría haberlo hecho de ese modo! ¡Yo soy vosotros en una vuelta más de la espiral de la vida! ¡Soy vosotros en este instante, sintiendo el calor de ´mis´ manos entrelazadas!
»¡Olvidad cuanto creéis saber!
»Es el amor vuestra verdad. Es el amor la sanación. Es el amor quien se encuentra una y otra vez, cuando así lo deseáis… de corazón. Las demás respuestas surgen por sí solas…»

Otra vez, sin saber cómo, me encontré frente a mi amada. No dije nada. Miré sus manos enlazadas a las mías. Ambos sonreímos.
Los días, los meses han pasado y, seguimos mirándonos a los ojos… Hoy es nuestro “cumpleaños”.



SENTIR


Nada como tener sed para apreciar el valor del agua.
Nada como sumergirse en mar,
sentir el contacto del agua acariciándome;
corrientes de agua fría, caliente,
meciéndome de un lado a otro.
Sentir, sentir, sentir…
Nada como sumergirme en la vida para estar vivo.


LOS PIES DESCALZOS


No son unos pies cualquiera, son los pies de la vergüenza de quienes le han empujado a caminar miles de kilómetros huyendo del sufrimiento, la barbarie, la muerte… y del silencio cómplice de quienes miran a otro lado.
No lo ha decidido él, un niño, sino sus padres, que aun con temor de no llegar a su destino, lo prefieren a seguir siendo humillados, tratados peor de como tratamos el ganado camino al matadero. Huyen de la guerra en Siria, podría ser de cualquiera, son muchas las que hay en este mundo.
Hace siglos, otro ser humano, con los pies descalzos, fue conducido al encuentro con la muerte. Lo clavamos en una cruz con nuestro miedo. ¿No hemos aprendido la lección? ¿Seguimos tratándonos unos a otros como enemigos? ¿Quién se proclama ser superior para decidir si tenemos derecho o no a existir? No hemos cambiado tanto, seguimos guerreando por unas tierras, acallando conciencias por un pedazo de pan, matando en nombre de no sé qué libertad. Hay veces que me cuesta reconocer que hay esperanza; que lo que le acontece a este niño no es más que una pesadilla a punto de terminar.
Creo en el ser humano, en la voz de los que permanecen en silencio, en quienes valoran la verdad y la dignidad por encima de un puñado de monedas.
Creo, aunque a veces me cuesta…

Lo que le ocurre a  él, a mí me sucede.


EN EL AIRE



Como un pájaro que abre sus alas por primera vez,
aleteo comprobando que todo está bien…
Me acerco al precipicio sin miedo.
La brisa acariciando mi rostro.
Mi mirada escrutadora otea el espectáculo sin igual
de un paisaje que nunca más se repetirá.

Es ahora o nunca…
Me inclino hacia delante,
dejándome caer.
Ya no hay vuelta atrás…

¡Vuelo!
El viento me eleva alto, muy alto.
Como un pájaro,
no necesito cavilar,
sólo dejarme mecer un poco más allá.
Mi destino, ¿qué importa ya?
En el aire estoy como un ave más.
Planeo,
sabiendo sin saber que hoy no es un día más.




EL TEMPLO



Me hablaron del Templo, mas nadie me daba indicaciones certeras de cómo llegar. Yendo de un lado a otro visité a los que creía “entendidos”. Llegué a convivir con algunos de ellos, esperando aprender de sus ejemplares vidas, mas, tras escudriñar a fondo, comprobé que distaban sus actos de lo que pregonaban con tanta vehemencia. Sus palabras embaucaban a cuantos llegaban sedientos de conocimiento.
Yo solía quedarme sentado a cierta distancia cuando nos comunicaban su sapiencia, queriendo tener una visión sin contaminar por el entusiasmo. Había quienes buscaban los primeros asientos, haciéndose notar… ¡Eh, que estoy aquí!, parecía que gritaban, aunque, muy sumisos, ningún sonido salía de sus bocas ¡Cuántos pretendían entrar en el Templo con algún salvoconducto que les sorteara los peligros del camino!
Los “entendidos” regalaban  a nuestros oídos cuanto deseábamos escuchar. Parecía que cada frase era la adecuada para calmar nuestra ansia. Por mi parte requería un gran esfuerzo mental adivinar qué expresaban realmente con sus palabras. ¡Cómo iba a pensar en algún tipo de engaño! ¡Imposible! Mas, algo me decía… ¡cuidado! Fuera intuición, amargas experiencias anteriores… No sé con certeza. Necesitaba saber cómo vivían lejos de tanto boato, cuando nadie está observándoles.
Alguno moraba rodeado de sencillez, lejos de la vida mundana. Su aposento no gozaba más que de un camastro que parecía sacado de los peores tiempos inquisitoriales. ¿Se flagelaría? No pude comprobarlo, pero sí evidencié en hechos nimios cómo despreciaba su cuerpo. La simplicidad era traicionada por cierta arrogancia.
Otros, inmersos de lleno en la vida ajetreada de ciudad, pregonaban que había que convivir donde estaban los problemas. Ni siquiera querían vestir, trabajar, de modo diferente, pasando así desapercibidos… salvo cuando se “transformaban” en sus rituales.  Cada cierto tiempo se reunían. Es entonces cuando descubrí que todo era una hipocresía, se sentían especiales  ante la muchedumbre del mundo exterior. “Pocos serán los que entrarán en el Templo y sólo lo harán los que nos sigan”, –escuchaba–. No podía creerlo. ¿Estaban endiosados, delirando?
Hastiado de pequeñas verdades y grandes mentiras me alejé de los “entendidos”. Sus templos eran de barro, no aguantarían un temporal… que con seguridad llegaría.
Y seguí escuchando hablar del Templo, pero ya me parecían palabras huecas, una ficción. Me fui a vivir donde nadie le importaba dicho vocablo. ¿Desencantado? Seguramente…
Días, meses, años, pasaron…
Me concentré en los detalles pequeños de la vida cotidiana; en una mano tendida, una sonrisa; en los silencios entre palabras; en el canto de los gorriones al amanecer, una flor. Mi cuerpo, mi mente y mi alma sanaron casi sin darme cuenta. Descubrí que el Templo no es un lugar, sino un modo de entender la vida y, sobre todo, de ser, donde tú y yo, ahora, ya no sólo somos tú y yo, somos al mismo tiempo una entidad: nosotros…

Y, nosotros somos el Templo.



AGUA SOY



¿Quién maneja el timón en el océano de mi vida?
Agua soy en gran medida,
me desenvuelvo en sus profundidades aún antes de nacer.
Un sinnúmero de partículas fluyendo sin parar,
día a día, año tras año…
Soy el capitán de un barco que aún no sabe su destino.
Navego en noches sin luna,
inmerso en tempestades
sin más guía que mi alma,
con la esperanza de ver,
más allá del horizonte,
un destello de luz,
que me lleve al encuentro con el puerto soñado.
Agua soy… y qué más.


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