DONDE ME PERDÍ
El cuerpo desangelado.
El alma con la mirada perdida en el horizonte.
Recordando, olvidando.
Nubes vienen y van…
De paso, siempre de paso.
¿Qué hay más allá?
Quizás nada,
puede que todo.
¿Quién sabe?
¿Tú lo sabes?
¿Lo sé yo?
No basta creer…,
alcanzar la línea y cruzarla.
Un paso más y seguir,
hasta llegar donde me perdí,
donde tú estás
y yo no comprendí.
COMO TU PADRE
Nací en las entrañas de mi tierra,
milenios hace.
Crecí con el calor del Sol.
Mis raíces en ti, Madre.
Con tus elementos me adornaste,
mas un día,
me revelaste,
un tesoro escondido en mi interior,
joya de diamante.
Me susurraste:
“Susténtalo, un día serás como tu Padre”.
LA BÚSQUEDA DE KAMALINI
Caminaba Kamalini por las intrincadas callejuelas de la gran urbe, a la que entraba por primera vez. Le hablaron de un yogui que había trascendido su alma del mundo de maya, quería ver y escuchar de primera mano el mensaje de un buda viviente. Al contrario de lo que pensaba, y a pesar de su insistencia, nadie sabía darle indicaciones de dónde se encontraba tan singular personaje, como mucho le referían sobre diferentes templos con imágenes budistas, pero nada sobre un Buda viviente. Hasta llegó a pensar si todo habría sido el fruto de un sueño.
Pasaron varios días de búsqueda infructuosa. Había recorrido la urbe palmo a palmo y nada, ni rastro del ser que buscaba.
Una noche, dormida Kamalini sobre el banco de un parque, se le acercó un mendigo.
―Por favor –le dijo con voz pausaba y cansada–, ¿puedo pasar la noche aquí? Señalando con su mano, arrugada por el paso obligado de los años, el banco en el que reposaba Kamalini.
Ella, un tanto sorprendida, miró a su alrededor y vio que otros bancos estaban vacíos, algunos incluso tenían pedazos de cartones abandonados por algún vagabundo. Se sentó y le cedió parte del banco, dejando aún calientes los cartones sobre los que había dormido. El mendigo se tumbó dándole las gracias. Dejó una bolsa desvencijada y vacía a sus pies, quedándose profundamente dormido.
Kamalini no consiguió cerrar sus ojos, pasó la noche observando al mendigo. Su cuerpo estaba enjuto, marcado posiblemente por una vida dura; su pelo, canoso y escaso, le llegaba a los hombros, y junto a una exigua barba le daban un porte algo singular.
Debía de tener al menos setenta años, por las arrugas de su semblante –se decía Kamalini.
¿Qué hace que una persona pase, quizás sus últimos días, abandonado en un lugar como este parque? ¿Habría encontrado el sentido de su vida o, ésta sería un auténtico fracaso? ¿Acabaré del mismo modo mis días? Y así, con estas y otras preguntas semejantes de Kamalini, el alba de un nuevo día llegó.
El mendigo abrió sus ojos. Mirando a Kamalini, metió sus manos en la pequeña bolsa que portaba y sacó un pedazo de pan, partió dos pedazos iguales.
―Toma –le dijo el mendigo–, comparto contigo aquello que he encontrado en mi bolsa.
Ella un tanto sorprendida, pues vio claramente que en la bolsa antes no había nada, aceptó con agrado el pan. En silencio, ambos, sin ninguna prisa, acabaron su ligero desayuno…, quizá fuera lo único que saborearían a lo largo del día.
El mendigo preguntó a Kamalini el porqué de su estancia en la ciudad, pues por sus facciones sabía que no era del lugar. Ella le contó sus motivaciones, él escuchaba atentamente sin pestañear. Kamalini se dio cuenta que la expresión del rostro del mendigo no correspondía a la que había visto minutos antes, su piel se encontraba tersa y el brillo de sus ojos desprendían una serenidad sin igual. Casi sin darse cuenta, el mendigo extrajo de su bolsa un saquito con semillas de trigo y puso un grano en la mano de Kamalini. Ella miró su mano y le miró a él, no comprendía.
El mendigo sonrió.
―¿Buscas a Buda vivo? –le dijo.
Kamalini asintió con la cabeza.
―Guarda el grano de trigo en esta bolsa –continuó el mendigo–, ofreciéndole la suya.
Siguió hablándole el mendigo:
―Todo aquello que pides con humildad, busca en la bolsa y lo obtendrás; más antes has de dar, compartir con los demás, algo tuyo hasta que ya nada poseas. Todo deseo lleva consigo el apego y la posesión. Querrás defender aquello que crees que te pertenece llegando incluso a hacer daño al prójimo razonando con argumentos “válidos” tal actitud. Nada justifica el más mínimo daño a tu hermano.
El mendigo se levantó, miró a los ojos a Kamalini.
―Recuerda –le dijo–, que la energía nunca ha de detenerse, de hecho nunca se detiene. Todo es energía viva, luz, tú y yo, todos. Le sonrió y se alejó dando la espalda a Kamalini, con un “volveremos a vernos”.
Ella se fijó en el rastro de luz que el mendigo iba dejando tras de sí. En un instante, todo su ser se convirtió en un haz luminoso hasta, poco a poco, hacerse imperceptible en la lejanía.
Kamalini se levantó abrumada por lo acontecido. Abrió la bolsa. Metió la mano sacando el grano de trigo y, cuál fue su sorpresa, al ver que éste brillaba con una luz que no era de este mundo.
Una paloma se acercó a Kamalini, con un giro de su cabeza parecía pedirle un poco de comida. Kamalini sonriendo se arrodilló, posó su mano junto al suelo, la abrió y la paloma suavemente con su pico tomó el grano. Retrocedió y se marchó volando, dejando una estela de luz en el aire.
Kamalini continuó su marcha, esta vez alejándose de la ciudad, sin deseo y con una bolsa vacía. Sin darse cuenta, su cuerpo brillaba como el Sol que nos alumbra cada día.
LA ROPA
En el armario tengo alguna ropa, de invierno, de verano, de entretiempo... Según considero necesario me pongo una u otra. Alguna ya se quedó inservible y estoy pensando en adquirir una nueva con la que estar más cómodo, pues al lugar al que voy, con lo viejo, no puedo permanecer largo tiempo, sólo una breve visita de cortesía. ¡Ah, y está confeccionada con hebras de luz!
DEL HOMO SAPIENS AL HOMO SPÍRITUS
¿Fuimos nosotros mismos los que vivimos entonces luchando simplemente por sobrevivir? ¿También los mismos que decidieron formar grupos, clanes, tribus… para en común, uniendo fuerzas y, por qué no, inteligencia, poder perdurar como una familia, donde ancianos, jóvenes, mujeres y niños convivían en paz? ¿Quizás también fuimos los que un día exploraron tierras inhóspitas buscando respuestas que en la tribu no encontrábamos?
¿Fuimos nosotros los que nos preguntamos si la vida es algo más que sobrevivir, algo más que vegetar… hace, también, millones de años?
¿La vida es sólo una sucesión de vidas y muertes a lo largo de las edades? ¿Trascendemos a tal destino? ¿Hay algo que une todo cuanto ha acontecido, acontece y acontecerá en este mundo?
¿Procedemos originariamente de esta tierra o somos semilla de estrellas? ¿Estamos aislados, desconectados, de la realidad de cuanto acontece en el Universo?
En el desarrollo de nuestra capacidad de pensamiento hemos encontrado muchas respuestas encaminadas a hacernos la vida más placentera. Si miramos atrás, ha habido un gran avance tecnológico en muy poco tiempo. Objetivamente, es un milagro lo que estamos viviendo si lo comparamos con sólo, doscientos años atrás. ¿Qué pensaría uno de aquellos habitantes con lo que encontraría hoy, caminando por las calles, entrando en una vivienda de una gran cuidad…?
Hay algo que no parece haberse desarrollado a la par: las respuestas a las preguntas esenciales… ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?
Desde el albor de los tiempos estas preguntas nos acompañan, generación tras generación. Muchas respuestas, pero, ¿cuántas han convencido a todos? ¿Cuántas han degenerado acabando siendo grandes mentiras que han servido para que una casta se haya erigido en los únicos intérpretes y poseedores de la “verdad” manteniendo a la inmensa mayoría en la ignorancia, por no decir también oprimidos socialmente?
Hoy, el ser humano, está capacitado para encontrar por sí mismo respuestas. Hoy no necesitamos que nadie nos lleve de la mano. Hoy, tras muchos fracasos, errores, callejones sin salida, podemos encontrar, no la gran verdad, sino, si somos capaces, una pequeña verdad que nos sirva para dar un paso, un gran paso, en nuestro desarrollo espiritual.
Cuando hemos tenido la muerte ante nosotros, no hay uno solo que no se acongoje, no se inquiete y seguramente sienta temor. ¿Cuántos hemos tenido alguna experiencia que trascienda esta realidad cotidiana? Muchas y muchos. Hay una realidad que convive con nosotros desde que el tiempo es tiempo y nos toca, ya es hora, darle nuestra interpretación sin temor a equivocarnos.
Nos toca, con humildad, del mismo modo en que nuestro cerebro se ha ido incrementando y siendo más inteligente, desarrollar más nuestra “alma”, nuestra capacidad de sentirnos unidos a toda la vida que nos rodea, empezando por lo más cercano y abarcando la más lejana estrella.
Quizás sea dentro de cada uno donde encontremos la senda de nos une al Universo. Quizás nuestra alma no tenga un órgano donde residir… porque abarque la totalidad.
Quizás, solo quizás, seamos los artífices de cuanto existe. Pero es algo que cada uno debemos descubrir, que nadie nos puede enseñar.
La espiritualidad, posiblemente, sea el camino. Como dijo alguien hace unos dos mil años: “Ama al prójimo como a ti mismo”. Suena a palabras sencillas, lógicas. ¿Por qué complicarlo?
Empezamos hace eones a pensar, nos autoproclamamos “homo sapiens”, toca ahora sentir, convertirnos en “homo spíritus”.
FRAGILIDAD
Unas manos eligen varias piedras,
en su mente una idea: unirlas de algún modo.
¿Por qué no en vertical?
Frágil equilibrio.
¿Cuánto tiempo durarán en pie?
Minutos, quizás horas...
Una ola, antes o después, las volverá a diseminar,
puede que acaben enterradas bajo la arena de la playa.
Demasiadas preguntas.
No más interrogantes.
Ahora, sólo contemplo una forma que antes no existía,
eternamente cambiante... como la vida misma.
Mañana, al alba, las mismas piedras se unirán.
Otra figura efímera será una realidad.
EQUILIBRIO FUGAZ
Piedra sobre piedra.
Un instante de difícil equilibrio.
Una ola las tumbará.
Volveré otra vez a colocar una sobre otra,
ya no será igual,
nunca lo es.
Tampoco yo soy el de mañana ni el de ayer.
Simplemente soy fugaz.
RECUÉRDAME
Te alejas.
Tu paso acompasado me lleva a otro tiempo, otro lugar.
Sabes que no es una despedida,
ni siquiera un ¡hasta pronto!
Siento, tú lo sabes,
que algo de ti
permanece vivo en mí,
como el primer día.
Fuego que aviva mi alma
en el crepúsculo y al alba.
No, no mires atrás.
No dejes que mis lágrimas sea lo último que veas.
Recuérdame como yo a ti...
Hoy te tengo un poco más...
Como tú a mí.
MI AMADA
Te alejas,
tiempo,
como el horizonte en lontananza.
De niño qué deprisa pasabas,
ahora quiero retenerte,
vana esperanza.
Dame un hora,
o un solo minuto.
Quiero abrazarte
como el rocio al alba.
Amarte.
Sentir tus labios,
tu boca callada,
como la primera vez,
en esta última jornada.
Ven,
dime que me amas,
luz de mi alma.
-Te amo.
Hasta siempre...
mi Amada.
QUIZÁS
Una voz,
una ventana abierta,
y tú mirándome sonriente.
Dijiste mi nombre.
Sonreíste.
Sonreí.
Fue el primer día de muchos,
henchidos de gozo.
Rompimos muros
forjados entre tu alma y la mía.
Fuimos uno en un instante de eternidad.
Hoy,
un recuerdo,
puede que algo más.
¿Recuerdas?
Quizás.
SIN RUIDO
Me voy como llegué,
sin hacer ruido.
Susurros al alma fueron mis palabras,
esparcidas por el viento,
rumbo al Sur, al Este,
al Norte y al Oeste...
A tu corazón.
Cuando amanecí anhelé el atardecer.
Contemplo la última puesta de sol.
Es más que un deseo,
una necesidad vital.
Cumplí mi papel,
fiel al eslabón de una cadena sin fin.
Vuelvo al océano de la vida,
en silencio.
Tal como llegué, partí...
Sin hacer ruido.
EL MONASTERIO
Una larga jornada llegaba a su fin. En el horizonte ya podía contemplar el monasterio al que me dirigía. Tras él, imponentes montañas colmadas de nieve perpetua, su visión me trasladaba al pasado, cuando siendo aún joven traspasé las puertas por última vez creyendo que nunca más volvería al que fue y sigue siendo mi hogar.
Un alto en el camino hasta el alba… Junto a unas rocas, que me servían de protección ante el viento reinante, decidí pasar la noche. El Sol había desaparecido y poco quedaba para que el silencio nocturno fuera sobrecogedor, como siempre lo es aquí. Pocos caminantes se atreven a atravesar los desfiladeros que te sumergen en esta incógnita región del Himalaya, y aún menos saben de la existencia del monasterio. Éste nunca ha acogido a peregrinos y pocos han sido los monjes que han traspasado sus puertas; no es un centro de aprendizaje al uso, sino más bien el corazón, el alma, de un entramado que se extiende por los confines del mundo de un modo que pasa desapercibido a los ojos humanos.
Abrí los ojos ante un nuevo amanecer. Buitres revoloteaban en un cielo raso oteando el terreno, esperando que algún animal moribundo les sirviera de festín…, son pacientes. Tras un frugal desayuno emprendí la marcha. Aunque es primavera, el frío calaba los huesos y caminar es un buen modo de calentar el cuerpo. El corazón palpitaba con intensidad. Hacía tiempo que no sentía en mi ser esta agitación. Aceleré el paso, pues quería llegar antes del atardecer, aún quedaba un escollo por salvar y pretendí solventarlo con la luz del día. Llegué, tras horas de marcha, ante una bifurcación que a cualquiera confunde. Por un lado, una ladera escarpada y al fondo un valle que incita a recorrerlo, llevándote nuevamente a la civilización; por otro un muro de piedra infranqueable cuya inmensidad impone. ¿Quién se atrevería en su sano juicio a escalarlo? Nadie… salvo unos pocos locos o quienes saben qué se esconde detrás… Sólo un pálpito hace que uno se arriesgue a intentarlo. Lo hice hace ya tantos años que casi no recuerdo que casi me cuesta la vida y, sin embargo, fue la mejor decisión que tomé. ¿Locuras de juventud? Quizás algo más…
Ahora mi cuerpo ya no es el mismo, está enjuto, gastado por los años… Parado frente a la pared tomé aliento. Miré hacia arriba, parecía un guardián receloso ante cualquier forastero. Me senté, mi respiración jadeante poco a poco fue calmándose. Cerré los ojos y esperé…
La barrera dejó de existir. Ante mí, dos pilares sostenían un portón con dos hojas colosales policromadas con distintas tonalidades de ocre amarillo, anaranjado y rojizo. Se abrieron de par en par, con un chasquido que helaba la sangre. Nada podía ver excepto la oscuridad. Me incorporé lentamente, como quien se encuentra ante un lugar sagrado, no por reverenciarlo, sino por la pequeñez que mi alma sentía ante lo que escondía. Con paso decidido me adentré, las puertas se cerraron tras de mí. Nada podía contemplar y aun así seguí caminando en línea recta entre tinieblas. Es como adentrarse en las profundidades del alma, en los rincones donde lo inconfesable se manifiesta y… ¡vaya si lo hace!
Paré. Volví a percibir cuanto aconteció en mi larga existencia como si estuviera ocurriendo ahora mismo. Esta vez, fue diferente: me sentí como un observador impávido. No, no me dejé arrastrar por las emociones, ni las de otros ni las mías. Comprendí que los hechos no son relevantes, ya que éstos son humo que el viento lleva lejos hasta desaparecer; queda la sabiduría que la experiencia lleva implícita si somos capaces de captarla, o seguir sumidos en la ignorancia de uno mismo hasta una próxima ocasión.
La luz fue haciéndose dueña del lugar, si es que puede llamarse de este modo al espacio donde me encontraba. Pudiera parecer fruto de la mejor novela fantasiosa -el alma sabe-, mas no lo es. Mi cuerpo dejé de sentirlo, aunque no es el término más adecuado, ya que “mi cuerpo” en este momento de eternidad es todo cuanto haya podido existir, existe o existirá. Duró un segundo tal estado, para nuevamente “recuperar” la forma con la que me identificaba, o eso creía… Toqué con mis manos mi rostro, mis piernas y, aquí estaban.
Un patio empedrado ante mí me acercaba a una edificación modesta, hecha de madera y piedras, artesanalmente encajadas. Entré en su interior, parecía que todos sus habitantes habían desaparecido, o quizás estaban afanados en otras labores lejos de aquí. De pronto, escuché mi nombre, era una voz lejana que me hizo sonreír. Giré la cabeza y ahí estaba él, mi viejo maestro. Se aproximaba dando grandes zancadas. Estaba contento de verme… Nos abrazamos como sólo lo hacen los amigos de verdad, los hermanos del alma. Una lágrima caía de mi mejilla, de pura alegría. Respiré profundamente queriendo eternizar el tiempo.
Estaba igual que entonces. No sé cómo lo conseguía, o tal vez sí…
‒Voy a preparar un poco de té, ‒me dijo.
‒Gracias, aún tengo helado el cuerpo, ‒sonriendo le contesté.
Un destello de luz atrajo mi atención. Me acerqué. Era un espejo y, cual fue mi sorpresa al verme reflejado en él. ¡Mi rostro no era el mismo y, aun así, me reconocía!
Llegó él con dos tazas. Me invitó a sentarme.
‒¿Te pasa algo? ‒me dijo.
Me costó pronunciar palabra. Tomé un poco de té y le contesté con una pregunta:
‒¿Qué me ha pasado, lo sabes?
‒¡Claro! Eres tú, el que siempre has sido, eres y serás. Tienes una apariencia, pues estamos en el universo de las formas. ¿Por qué ésta y no otra?, me dirás. Pues porque es con la que te sientes más identificado, aunque se remonta a un tiempo remoto es la que vas construyendo día a día, existencia tras existencia. Recuerda que todo es cambio y en éste permanecemos inalterables.
‒¡Claro! Eres tú, el que siempre has sido, eres y serás. Tienes una apariencia, pues estamos en el universo de las formas. ¿Por qué ésta y no otra?, me dirás. Pues porque es con la que te sientes más identificado, aunque se remonta a un tiempo remoto es la que vas construyendo día a día, existencia tras existencia. Recuerda que todo es cambio y en éste permanecemos inalterables.
Me guiñó un ojo y siguió tomando el té en silencio. Yo hice lo mismo.
‒Ahora descansa. Ha sido un largo día, mañana verás a los demás monjes. Saben de tu llegada y están deseando verte. Hay mucho que hacer… ‒me aseveró.
Sí, mucho, me dije en silencio.
TENGO MIEDO
Aquí al lado escucho las bombas caer.
Cada vez más cercanas.
El sonido es atronador.
Mi hermano llora temeroso,
sin comprender por qué.
Yo tampoco lo entiendo.
Acaba de estallar una en la casa de al lado...
Mi hermano me abraza,
le protejo con mi cuerpo.
Tengo miedo... Él aún más.
Escucho un largo silbido.
Presiento lo peor...
¡No oigo nada!
¡No veo!
¡Mi hermano!
¿Dónde está?
¡Khalîd¡
No responde.
No puedo describir lo que siento.
A tientas le busco entre los escombros
de lo que era nuestro hogar.
A tientas te encuentro, Khalîd.
Un inenarrable escalofrío recorre
mi cuerpo y mi alma.
¡Muerto! ¡Está muerto!
¿Por qué?
Siria, mi pueblo se desangra y no sé por qué.
Tú, que lees estás líneas,
¿tienes la respuesta?
¿Puedes hacer algo por mí?
¿Por ti?
Las bombas caen,
cada vez más cercanas...
Y ya no sólo en Siria...
EL NUEVO MUNDO
¿Qué futuro queremos?
Los árboles se agitaban violentamente. Por el horizonte se aproximaban nubes, intensamente negras, que hacían presagiar una tormenta. Los pájaros comenzaron a volar como si hubieran visto al diablo. Los lobeznos corrieron a refugiarse junto a la loba que les miraba con inquietud, no comprendían pero intuían que algo terrible estaba a punto de suceder.
En las calles de una gran ciudad la vida cotidiana transcurría con “normalidad”. Por las aceras era imposible caminar. Todos andaban sumidos en sus pensamientos, con las bolsas repletas de regalos. Se acercaba la navidad. Los coches iban de un lado a otro del asfalto como si llegaran tarde a su cita con el semáforo siguiente.
En el parque, el bebé disfrutaba del calor
Los árboles se agitaban violentamente. Por el horizonte se aproximaban nubes, intensamente negras, que hacían presagiar una tormenta. Los pájaros comenzaron a volar como si hubieran visto al diablo. Los lobeznos corrieron a refugiarse junto a la loba que les miraba con inquietud, no comprendían pero intuían que algo terrible estaba a punto de suceder.
En las calles de una gran ciudad la vida cotidiana transcurría con “normalidad”. Por las aceras era imposible caminar. Todos andaban sumidos en sus pensamientos, con las bolsas repletas de regalos. Se acercaba la navidad. Los coches iban de un lado a otro del asfalto como si llegaran tarde a su cita con el semáforo siguiente.
En el parque, el bebé disfrutaba del calor
COMO AYER
Tocaste mi alma, etérea.
Te quedaste para nunca más partir.
Imaginarte,
desearte cada mañana,
al amanecer.
Y en tus ojos contemplar el universo,
una vez más...
como ayer.
ESTE INSTANTE
No,
no nos separa la tierra
ni el mar.
Cierro mis ojos
y ahí estás tú...
Tus manos,
las mías.
Tus ojos,
los míos.
Un solo cuerpo,
el nuestro.
Calla.
No digas nada.
Cierra tus ojos
y siente la brisa...
Mi caricia.
Este instante,
un eterno crepúsculo...
El de nuestro despertar.
MI SOLEDAD Y YO
Decidí unos días de soledad, la montaña de mi infancia me esperaba. Cargué mi macuto a la espalda con lo imprescindible.
El tren blanquiazul, tras muchas paradas, me dejó en mi estación de destino.
¿Cuál camino tomar? No importaba, sólo sabía que debíamos de dirigirnos a la cumbre… mi soledad y yo, viejos compañeros que nos llevamos bien. La verdad es que nunca nos sentimos solos, en los peores momentos siempre estamos para ayudarnos en lo que haga falta.
Tomé la ruta de la izquierda, unas casas de piedra daban paso a un camino entre zarzas y moreras, delicia del campo que no desaproveché.
Comienzo a subir la pendiente saliendo del camino trazado. El olor de las jaras y pinos perfumaba el aire, la paz llegaba a mis pulmones y la repartí a cada célula de mi cuerpo; la alegría me hacía dar pasos más grandes y decididos.
Canturreaba alguna melodía escuchada en algún tiempo atrás.
Los mirlos me silbaban: “¡Qué tal montañero!” Les devolvía el saludo con un silbido, cada uno seguíamos en nuestros pensamientos.
No había prisa por llegar a ninguna parte, en realidad no iba a ninguna parte, la cumbre era solo un pretexto para engañar a mi cerebro para que no me dejara tirado de cansancio, unas chocolatinas y algunas almendras le servían. La belleza estaba en caminar, en la sensación de sentirme arropado por la naturaleza, percibir todo lo que me rodeaba como una extensión de mí mismo, y yo como su propia prolongación. En mi diálogo con la soledad no dejábamos títeres con cabeza y al final siempre acabábamos hablando de lo mismo: ¿a quién se le ocurrió la brillante idea de la Vida?
Unas horas de caminata nos llevaron a la cumbre de la montaña. Majestuosa la vista, por un lado inmensas montañas aún más altas y, por otro, una puesta de Sol de las que quitan el hipo.
Mi soledad y yo nos sentamos a contemplar el espectáculo sobre una inmensa roca de granito. Le dije: “Qué, esto no se ve todos los días”. Me sonrió con su complicidad acostumbrada y siguió contemplando los rayos de luz entre las nubes perdiéndose en el horizonte.
Unas vacas rumiaban apaciblemente ajenas a mi presencia, sabidas de que no había ningún peligro.
Seguí canturreando feliz. Mi soledad le daba el silencio necesario para que fuera armónico el sonido. Saqué mi pequeño libro azul, palabras de un viejo amigo que nunca quiso escribir Él, por algo sería.
Noche cerrada, los grillos parecían bastante alegres esa noche, debían sentirse un poco menos solos al tener un espectador de su concierto. Una cena sobria repartida con las hormigas del lugar y… a sentarme a admirar las estrellas. ¿Algo más que hacer? Era más que suficiente, todo un privilegio. El sueño me fue venciendo, así que le di las buenas noches a mi soledad y me sumergí en el saco de dormir, el mejor techo que se puede desear estaba pintado ante mis ojos.
Unos ligeros toques sobre el saco me arrancaron de un dulce sueño, al parecer el techo tenía gotera y me invitaba a beber las gotas de lluvia que se colaban por ella. No tenía más refugio que a mí mismo, así que cambié la postura de tumbado por la de ”tienda de campaña”, o sea, sentado estilo monje budista. Un viejo plástico, que siempre me acompañaba nos cubrió, a mi soledad y a mí. Y así pasamos lo que quedó de noche sentados sobre una roca, sintiéndonos Uno con todo lo que nos rodeaba: las hormigas, los grillos, los pájaros, las vacas, las rocas, la vegetación…
Todos, empapados de la Vida, amanecimos dando gracias por ver salir el Sol un día más.
Mi soledad y yo continuamos nuestra marcha, como siempre… Nunca solos.
LA LLAVE
Pasado, presente, futuro.
¿Qué sois?
¡Nada!
Viajo por el tiempo como ave enjaulada.
¿Cómo romper estos barrotes?
Me ahogo,
necesito respirar... Volar.
Mis alas quebradas están.
¿Quién tiene la llave de mi ansiada libertad?
¿Tú?
¿Yo, quizás?
¿Soy un sueño,
nada más?
Anhelo despertar.
¿Qué sois?
¡Nada!
Viajo por el tiempo como ave enjaulada.
¿Cómo romper estos barrotes?
Me ahogo,
necesito respirar... Volar.
Mis alas quebradas están.
¿Quién tiene la llave de mi ansiada libertad?
¿Tú?
¿Yo, quizás?
¿Soy un sueño,
nada más?
Anhelo despertar.
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