El amor no se jacta,
no se mide,
ni rechaza ni juzga.
El amor es generosidad,
entrega,
solidaridad
y humanidad.
El amor verdadero ES,
cuanto tú y yo somos Uno
en la diversidad.
El amor no se jacta,
no se mide,
ni rechaza ni juzga.
El amor es generosidad,
entrega,
solidaridad
y humanidad.
El amor verdadero ES,
cuanto tú y yo somos Uno
en la diversidad.
El amor es una semilla
que hay que sembrar,
con agua amamantar
y en tu regazo calentar.
Su raíz oculta,
sus frutos al Sol.
Tómalos y compártelos.
Serás Alma y Corazón.
Carta a mi madre
Mamá, te escribo por aquí porque me resulta imposible contactar contigo.
¿Sabes que te quiero?
Salí de casa hace ya unos años, tú sabes bien por qué. Ya no sé si fui una niña querida o solamente me soportabas. ¿Por qué descargabas en mí tu ira y tu odio contra mi padre? Al principio yo callaba, demasiado pequeña para alzar mi voz. Vivía en una duda insoportable, ¿era yo la culpable de vuestro desamor?
Y, fui comprendiendo… que no se puede dar lo que no se tiene. ¿Fui una niña deseada, o fruto de sexo sin amor? Eras muy joven, lo sé. Querías divertirte y rechazabas la responsabilidad de criarme. Pero llegué a este mundo y me convertí en una carga, en la ‘no deseada'.
Mamá, dirás que nunca fue así como me trataste. ¿Quieres que hable, que diga lo que llevo guardado y que me carcome?
Desde que llegó tu nuevo ‘amor' todo fue a peor. Incomodaba vuestra relación. Él no quería hijos de otro, por no querer no te quería ni a ti. Al principio, a escondidas me trataba mal, con desprecio. Aparentaba…, pero acabó haciéndolo ante tus ojos, y tú callabas y asentías dándole la razón. Acabó siendo un infierno y no pude más, estallé. Sí, alcé la voz, grité, lloré, pataleé…, pero nunca te pegué, ¡lo sabes muy bien! Él le dio la vuelta a lo que pasó y urdió el plan perfecto para deshacerse de mí. Y tú, mamá, la que me pariste, me vendiste al mejor postor. Gritaste al mundo que era una mala hija, me denunciaste, y con tu testigo falso, me condenaste.
Hoy, mamá, no te guardo rencor. Lo he superado porque he conocido lo que es el verdadero amor. Espero que un día abras los ojos.
Espero noticias tuyas.
Te quiero, mamá.
Tu hija
Hoy amaneció gris, entristecí.
Paseando a la orilla del mar
miré al horizonte.
Un rayo de luz
me devolvió la esperanza.
Humanidad,
aún creo en ti.
Sonreí.
Cuando niño, al pasear por la plaza, recuerdo a las abuelillas y algunas mujeres aún casaderas, sentadas en corrillo, comentando la noticia del día: “fulanito se está viendo a escondidas con menganita". ¡Qué poca vergüenza! Era lo más repetido.
Cuando bajaba el Sol y el frío llegaba, la plaza se quedaba vacía. Sólo el bar tenía vida. Me asomaba a buscar a mi padre, la cena ya estaba preparada. Algunos discutían acaloradamente sobre la subida del pan, ¡dónde vamos a parar! Otros sólo les importaba quién iba a ganar la liga, si el Barça o el Madrid. Todo muy normal.
En casa, Elena Francis aconsejaba cómo superar una crisis matrimonial. La radio siempre estaba conectada, radio España, Intercontinental, Cadena Ser… Con facilidad se cambiaba de dial.
Por fin la cena, preparada con esmero por mi madre. ¡A la mesa! El mantra de cada noche. Entre cotilleos, alguna regañina de última hora, preocupaciones sobre la situación del país -en voz baja, que las paredes oyen-, y la última del famoseo, acabó la jornada. A la cama que mañana será otro día.
Han pasado los años, muchas cosas han cambiado. La plaza está irreconocible, ya no hay abuelas, los coches ocupan su lugar. La fuente no está, no hay cántaros que llenar. Ni sucursal bancaria, sólo un cajero que casi nadie saber utilizar, con él no se puede hablar. ¡Ay banqueros qué poca empatía, no todo es ganar pasta, un mucho de humanidad!
En casa, ya casi nada es igual. Ni madre, ni hermanos, ni visitas al bar. Otros ocupan su lugar.
La radio suena de fondo, una emisora musical, canciones de ayer y de siempre…
Pongo el televisor. Sí, es en color, lo habéis adivinado -antes todo era gris-, incluso con acceso a internet. Las noticias, las opiniones, la información, el entretenimiento… ¡Cuántas diferencias! Ya no hay un monotema, se puede elegir, incluso apagar.
La plaza se ha trasladado a un universo virtual donde se habla, se escribe, se visiona, de todo lo humano y lo divino. Se forman corrillos afines, algunos inocentes y otros mejor no nombrar. Se defiende lo indefendible e incluso causas justas, la guerra y la paz. Se crean opiniones a base de talón. En definitiva, convive lo mejor, lo mediocre y lo peor de esta sociedad.
Y uno decide en qué silla sentarse, con quien dialogar, debatir, opinar, compartir…, lejos de la manipulación y el lavado de cerebro virtual.
Los tiempos han cambiado, quizás no tanto como cabría esperar.
Abuelillas, os hecho de menos.
Cuando crees todo perdido.
Cuando el pozo parece no tener fin.
Cuando te sientes señalado.
Cuando sólo deseas gritar ¡basta!
Escucha tu corazón.
Su tic-tac te recuerda que estás vivo,
muy vivo.
Sonríe.
Otros te sonríen y te quieren sin juicios,
por puro Amor.
Dejé atrás mi tierra,
la bandada.
¿Dónde vas? Burlándose, me decían.
Cansado de la monotonía,
de sólo vivir para comer. Respondí.
Emprendí mi primer vuelo en soledad,
elevándome donde nunca antes pude llegar.
El inmenso océano por hogar.
Cansado,
con sueño,
planeando,
me dejé llevar.
Estoy aprendiendo a vivir
sin ninguna tierra tocar.
Soy hijo del viento,
nadie me puede domar.
Una voz acabó con mi aislamiento.
-¿Dónde vas, casi sin aliento?
-Practicando técnicas de vuelo.
-¿Te puedo acompañar si no molesto?
-¿Por qué no? Vayamos.
-¿Y por qué sola vas?
-No estoy sola,
voy al otro lado del mar.
Allí está mi bandada,
gaviotas solidarias.
Somos pocas mas vivimos en libertad.
-¿Me aceptáis?
-Conmigo ya estás.
¡Vamos, más allá!
Me desperté sobresaltado al escuchar unos gritos desgarradores. Aturdido salté de la cama y vistiéndome con celeridad salí de casa. No había duda de donde provenían al identificar la voz, es mi vecina.
¡Mi hija, mi hija! Entre llanto y pavor escuché. Golpeé con fuerza la puerta. Me abrió. Nunca olvidaré su rostro desgarrador.
Me abrazó. No supe como consolarla ni entendía bien el por qué. ¿Mi hija…? ¿Pero qué ha pasado? Unos pasos atrás y corrió a la habitación de su hija, la seguí.
Recostada en su cama, un charco de sangre empapaba el edredón. Su cabeza ladeada. Ni rastro de vida… No supe qué hacer. Sacando fuerzas de las entrañas reaccioné. Me acerqué comprobando su pulso, ya nada se podía hacer.
¿Por qué? Me pregunté.
Como si me hubiera escuchado, María, así se llama mi vecina, dijo: “Ayer llegó del instituto llorando. ¡No puedo más, no puedo más! No dijo más. Y se fue al baño. No quiso comer y se acostó”.
En la mesilla junto a su móvil una nota. La cogí.
“Te quiero mamá. Tu siempre me has aceptado como soy. Gracias por ser quien eres. Siento que los demás no me comprendan ni me acepten. Te espero en el cielo, donde puedo ser quien soy".
No pude aguantar las lágrimas…
Me duele tu dolor.

