LA VIDA ES GOZO Y SIMPLICIDAD



No sé si sucedió realmente o únicamente es fruto de mi imaginación, de los sueños no vividos. En este instante me llegan sensaciones acaecidas en algún momento de mi existencia donde la inocencia era la bandera de mi vida; donde a mi alrededor fluía sin sobresaltos la cotidianidad de otras gentes, el ir y venir de rostros alegres. Recuerdo correr en el campo colmado de espigas de trigo doradas y cómo me sentaba a desgranar alguna que otra; me entretenía machacando las semillas divagando sobre su destino en la mesa tras pasar por las manos que las convertirían en el ansiado pan de cada día. Puede que la pobreza fuera también la compañera de banco y de plato. Sonreía y reía a carcajadas sin motivo aparente. Corría gritando, dando gracias a la Vida por ser y sentir. No deseaba nada más que disfrutar de cada instante; contemplar el atardecer sentado sobre alguna roca, unas veces en el llano, otras sobre la más alta cumbre, impregnándome del calor de los rayos de sol que habían penetrado en su interior. Y esperar expectante la llegada de un nuevo amanecer. Rodeado de la naturaleza aprendí lo que la palabra escrita es incapaz de expresar, ésta me decía: “La Vida es gozo y simplicidad”.
Un día, en una de tantas inmersiones en el océano de la materia, dejé mis campos sumergiéndome en las profundidades más sombrías, donde la luz es una quimera. Encontré tristeza por doquier, hasta tal extremo me influyó que olvidé mi origen e incluso temí perder mi identidad. Los pensamientos, las emociones, estaban impregnados de una sustancia semejante al alquitrán  que lo abarcaba casi todo: no era visible a los ojos de nadie, mas impedía que los movimientos fueran gráciles, haciendo la existencia pesada e incluso insoportable. Quería huir de allí, sin encontrar la salida, ni siquiera mirando hacia arriba. A veces me venían a la mente imágenes de un campo dorado y un cielo azul, aunque no tardaban en verse envueltos por la oscuridad de una noche que no parecía tener fin. 
Sin saber cómo, en el crepúsculo de mi alma, cerré los ojos, el silencio era lo único que distinguí durante un largo espacio de tiempo hasta que acabé percibiendo una ínfima luz que surgía del fondo de mi ser. Latía como lo hace el corazón, su sonido me hizo olvidar donde estaba, hasta hacerme sentir que flotaba; no ascendía hacia un cielo exterior, sino que me adentraba absorbido por una espiral hacia lo que creí ser su centro. Todo estaba inundado de luz, y yo supe que era la misma luz. Contemplé mi cuerpo, ya no era el mismo que ocupaba un momento antes. Podía tocarlo y ver cómo, de pronto, se transformaba una y otra vez, como si fuera una noria de rostros girando sin cesar: todos ellos eran yo y, a su vez, ninguno lo era. Vislumbré un universo donde las galaxias giraban a diferentes ritmos, acercándose y alejándose unas de otras, respondiendo a un orden que desconocía. Este universo dio paso a otros, donde la grandeza y la insignificancia se confundían… Y cuanto veía era yo. Como vino, lo vivido, se fue. 
Amanecía y los primeros rayos de sol atravesaron la ventana de mi dormitorio. 
Y en las profundidades del océano vi por primera vez seres que emitían luz propia. Abrí los ojos y recordé lo que en un momento de mi existencia la naturaleza me enseñó: la Vida es gozo y simplicidad. 
Sonrío.




MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO



No poseo la tierra que piso, ni la brizna de hierba que se arquea bajo mis pies. Ni el rocío del alba me pertenece. 
El Sol me regala su luz y no es mi siervo, ni siquiera nos podemos mirar cara a cara… Soy yo quien aparta la vista achicándome, mientras él se crece por momentos.
Los días y las noches se suceden, no se detienen ante una orden mía. 
¡No puedo parar el tiempo! Ni siquiera mi cuerpo respeta mi pretensión de ser eternamente joven, sigue un ritmo que escapa a mis deseos. 
Observo cómo todo cambia a mi alrededor, ni yo soy ahora el mismo que fui…
Definitivamente… mi reino no es de este mundo.




DE LA FUENTE... SUSURROS


De la Fuente Eterna, origen, causa y fin de todo lo conocido y lo cognoscible no dejan de llegarnos susurros que golpean suavemente nuestras conciencias. Nuestra realidad cotidiana está siendo sacudida, nuestros pilares cuestionados. Nuestras manos se están vaciando, toda posesión y estabilidad alejándose. Nos estamos atreviendo a levantar la voz como nunca antes lo hicimos. Nuestros pensamientos son conocidos al instante en cualquier rincón de nuestra madre Tierra. Y el susurro está convirtiéndose en la Voz de los “sin voz”. Escuchamos, estamos alerta, trabajamos casi en silencio. Extendemos nuestra inquietud, sumándola a la de tantos y tantos que están comprendiendo que… algo está pasando. Buscamos comprender qué es. Indagamos hasta el hastío. Toda información nos parece poca, hasta acabar con nuestra mente saturada. Entonces necesitamos un poco de silencio, quietud, soledad. Las palabras escritas, las que hemos escuchado en tantos medios revolotean sin cesar, hasta que decimos ¡basta! Y todo parece desaparecer.

Nos encontrábamos encerrados entre cuatro paredes, solos ante el Universo y de pronto sentimos que las paredes, las barreras, han desaparecido y surcamos libremente por nuestra mente, pero no una mente limitadora, esquemática, lineal, sino una mente que trasciende nuestros cinco sentidos y nos conecta con otras mentes. En tal estado los susurros provenientes de la Fuente son ahora perceptibles, no sólo en palabras sino en imágenes, símbolos, sensaciones, que nos dicen que… todo está bien, que somos los artífices de nuestro destino y como tales debemos mostrar que la adversidad es sólo pasajera, irreal, ilusoria, efímera; que nosotros tenemos en nuestras manos la potestad y la voluntad de crear cuanto deseemos; que el dolor es consecuencia de una mente que se cree separada de otras mentes; que la llave que abre la puerta de la felicidad está en nosotros mismos con solo… desearlo. ¿Una quimera? Tal vez lo sea para algunos, para otros, entre los que me incluyo, estamos despertando a una conciencia global que está trascendiendo la esfera de nuestra Tierra. El Cosmos se está convirtiendo en nuestro Hogar y de Él nos llegan energías, que como gotas de lluvia, limpian nuestro planeta y que además están cambiando la velocidad, el ritmo y la frecuencia vibratoria a todo cuanto en él se encuentra. La sanación está ya a disposición de tod@s.


LA NATURALEZA DE BUDA



Caminaba Buda ensimismado en la contemplación de un pajarillo intentando sacar una semilla de la vaina, cuando se le acercó un joven discípulo. Buda le miró y con un gesto de su mano le rogó silencio y quietud. Señaló al pajarillo. El joven miraba intentando comprender qué debería aprender de tal acontecimiento.
Buda y el joven, sentados, esperaron que el pajarillo acabara de extraer la semilla. Tras los movimientos insistentes de su cabeza, de un lado a otro, consiguió sacarla y ponerla en su pico. Mirando a su alrededor, extendió sus alas y emprendió el vuelo rumbo al nido en el que se encontraban sus crías. Repitió el proceso varias veces hasta que todas sus crías saciaron su hambre.
Buda  le dijo al joven: “Así es la naturaleza de Buda”.
“No entiendo”, –dijo él.
–“Buda es la semilla que te alimenta, en su germen lleva ya al Buda realizado en la forma que sueñas, sólo has de dejarla crecer. Si eres una cría de pajarillo, llevas en ti al gran pájaro-Buda; si eres un niño, llevas en ti al hombre-Buda. Buda existe desde siempre, únicamente has de dejar que sea en ti lo que desde siempre ES”.
El joven se levantó agradeciendo a Buda su enseñanza. 
Buda hizo lo mismo. Según se alejaba su cuerpo envejecía tan deprisa que el joven se asustó al ver cómo, a poca distancia, se convirtió en polvo. Tomó éste, lo apartó del camino dejándolo en tierra; alcanzó una semilla de un árbol y la posó junto al polvo, enterrándolo todo en un pequeño agujero. Trajo un poco de agua que dejó caer suavemente en él.
Se alejó por el camino y, al volver la vista atrás, vio un brote surgir donde antes no había más que una diminuta semilla. Unos pasos más y sus ramas se alzaban por encima de la copa de otros árboles. Unos pajarillos revoloteaban posándose y anidando en él.
“Así es la naturaleza de Buda”, –pensó.


AL FINAL



Paseábamos por una amplia avenida de nuestra antigua ciudad, un día de septiembre. Todo estaba aparentemente en calma. Era un día más, en el que dos viejos amigos se reúnen, salvo por una pincelada: nuestros cuerpos chocaban una y otra vez al caminar. Nos mirábamos y sonreíamos  sin comprender. Seguimos dando pasos sin un destino concreto, simplemente por el placer de pasear; distraer nuestras mentes de los problemas cotidianos hasta que éstas quedaran vacías y, quizás, flotar sobre los adoquines y elevarnos dejando abajo la ciudad. No, no ocurrió. Nuestros cuerpos seguían rítmicamente siendo atraídos y despedidos como si siguieran las notas de una canción que resonaba en mi interior: “Al final de este viaje”.
Sin saberlo, estábamos viviendo un momento esperado desde hacía tiempo, planificado donde las almas sin edad son libres de ser y de amar. No lo supimos en ese momento. Nuestros corazones seguían latiendo cálidamente. Nuestras manos se rozaron, siguiendo una voz silenciosa, hasta enlazarse…
Nuestras miradas se encontraron y, por primera vez vi en tus ojos una profundidad que me hizo perder el equilibrio. Fue como viajar a otra realidad: tú y yo siendo dos fuegos que se funden en uno, un instante de eternidad…
Han pasado un año, dos, quizás mil o ninguno. Hoy seguimos paseando juntos, de la mano. Ahora lo sabemos: lo que nació sin edad no tiene fin y, al final de este viaje, estaremos, tú y yo, intactos.



SOY TÚ, SOY YO



Soy el fuego que abraza tu alma cuando sientes frío.
Soy la mano que toma la tuya cuando estás perdido en la oscuridad.
Soy el viento que sopla la vela de tu vida cuando no tienes rumbo.
Soy la semilla enterrada que riegas con tus lágrimas,
unas veces de tristeza, otras de alegría,
que brotará y crecerá hasta alcanzar la cumbre de tus ojos.
Soy la vida en busca de la Vida.
Soy Tú cuando tú ya has dejado de serlo.
Soy Tú, soy Yo... 


ALGO ME DICE



Todo principio implica un final. ¿Y si tú y yo no hemos tenido tal principio?
Algo me dice, ¿intuición?, que mi existencia está más allá del juego de la dualidad. No dudo que este cuerpo, al que llevo unido ya algunos años, tiene fecha de caducidad. No me quita el sueño el momento del desprendimiento, es sólo un tránsito más, uno de tantos de los que he tenido y de los que pueda tener.
Algo me dice que no estoy limitado por un conglomerado de materia, que ésta asociación es únicamente consecuencia de un pensamiento que tuve un “día”, donde el tiempo y el espacio no son más que la argamasa con la que construyo mis sueños. 
Despierto una y otra vez, de un sueño, otro; me sumerjo en tantos que ya he perdido la cuenta… Y en cada uno de ellos me creo y me recreo. 
Y sé que tú también sueñas…
Y sé que tú también despiertas.


AMISTAD


Me pregunto qué es la amistad: ¿compartir un poco de nuestro tiempo, dos tiempos, tres… con otras personas? Cuando utilizamos medidas mal asunto. La amistad en la que creo no usa ninguna matemática, se siente o no y… basta. 
Estoy cansado de tomas y dacas; de… “si yo he hecho por ti, tú has de hacerlo por mí”. Sólo conozco una amistad: darse sin esperar, porque sólo fluyendo mi vida cobra sentido. Puede que no se entienda. Yo tampoco, la siento y sigo mi intuición. Siento a quienes se quedaron en el camino, o tomaron otros; a quienes me tachan de asocial. Lo que no soy es hipócrita.
Mi amistad nace del alma y no de convencionalismos, costumbres. Tengo un hilo que me une a ti mientras ambos lo deseemos, nada más.


VINE, VI Y ME FUI



Ni recuerdo, ni creo que sea importante, pero un día me vi envuelto en una vorágine de vaivenes, prisas; en un sin vivir en el que encontrar un lugar donde estar un poco centrado, donde descubrir una mínima razón a tanta sinrazón es un esfuerzo colosal y del que ni siquiera sabía que tuviera alguna recompensa. No es que la buscara, pero toda acción implica una reacción…
Y puede que no sea en el sentido deseado, dado que por lo general nos gusta que todo esté en su sitio, el futuro planificado sin grandes sobresaltos: nacer, crecer, envejecer y morir. Todo dentro de un orden, pero ¡ay!, no creo que tengamos una idea mínimamente realista y objetiva del “orden” que gobierna nuestras vidas. Pretender asir algo, y que perdure es un trabajo inútil. Antes o después tendremos que soltarlo y dejar que siga su camino, aun a nuestro pesar. Querer apoderarnos de algo, o de alguien, puede que nos proporcione cierta estabilidad, mental, emocional y hasta física, pero es lo mismo que pretender que el agua del río fluya hacia la montaña y no hacia el océano del que surgió. Vivimos en un caos casi permanente debido a nuestra obstinación por retener la Vida, cuando ésta es fluir libremente y de la que nosotros somos una ligera partícula en la que el cambio constante es nuestra permanencia en un “orden” que no requiere de ningún esfuerzo, sino de la placidez de dejarse mecer por un viento que sopla desde que el tiempo es tiempo y aun… antes.
Vine, vi y me fui… con viento fresco.


TRAS LA AUSENCIA



Después de este tiempo de ausencia escribo mis primeras palabras, aunque mejor dejaría un espacio en blanco. No sé por dónde empezar, si recapitular o mirar sólo hacia delante, quizás sea esto lo mejor, y si algo quiere salir a la luz, que lo haga, sin acritud y sin apego…

Tras una intensa batalla del alma sólo queda la impresión de que todos hemos perdido algo en el camino. Puede que perder sea todo cuanto necesito para en el vacío encontrar sentido al sinsentido del comportamiento humano en algunas ocasiones. Siempre he creído en el ser humano, en nuestra capacidad de resurgir una y otra vez de nuestras cenizas y de que la maldad innata no existe, sino actitudes que se mueven entre los extremos del egoísmo y el altruismo, hasta encontrar el punto exacto de paz interior. Pero me cuesta, por la fuerza de los hechos, cómo algunas personas han entregado su alma y cuerpo a la actitud más egoísta que jamás haya conocido hasta extremos inimaginables y que ni siquiera quiero recordar. Puede que el infierno no exista, pero hay quienes lo han materializado en sus vidas y pretenden que este mundo se mueva a su antojo.
Me niego con todo el dolor de mi alma a seguir un juego del que no he sido creador ni corresponsable. Con seguridad dicha decisión implica tomar partido y decir ¡no! Alargar el sistema dual de “tú y yo”, en vez de alcanzar mi anhelado “nosotros”. Siento haberme creado enemigos, pero yo sólo me debo a mi alma, y es a ésta a quien debo lealtad.
Lo siento, siento que el infierno viva en algunas personas. Que su fuego se consuma a sí mismo… hasta que un día despierten, sin llama, y, a pesar del daño que han hecho, encuentren la paz más allá de su egoísmo y maldad.


¿QUIÉN ES DIOS?


TODO



Luce el Sol,
no me quema,
al contrario,
siento su manso calor envolviendo mi ser.
Paz.
Serenidad.
Confianza…

Presente,
TODO se vuelve presente.
Es todo lo que tengo,
es todo lo que soy.
En mi pecho,
en mi alma,
luce el Sol…



AMAR LA VIDA



Nacemos sin conciencia de qué es la vida. Pasamos nuestros primeros años viviendo en el momento, sin preocuparnos por el mañana. Pero el tiempo no se detiene, nuestro cuerpo va cambiando, aumentando su tamaño; nuestra consciencia del entorno y de nosotros mismos no se queda atrás. Hay un momento en que nos hacemos una pregunta: ¿qué es la vida? Parece que no hay que preocuparse por ella, hasta que nos encontramos con la muerte, ya sea de un familiar, un vecino, amigo… Normalmente éstos han vivido largos años y lo consideramos natural, pero… les ocurre a otros, como si nosotros estuviéramos exentos. La enfermedad nos puede llegar en cualquier instante, sin previo aviso, y mostrarnos nuestra futilidad ante la maquinaria del gigantesco universo en el que vivimos y, entonces, conocemos de primera mano el temor, sí, el que nos muestra que esto que llamamos “vida” tiene fecha de caducidad. Puede que no haga falta dicho instante para darnos cuenta del valor de vivir, o puede que tengamos que vernos cara a cara con la parca para amar la vida. Quizás sea el último sentimiento que tengamos antes de que la luz se apague, o sea el primero que valoremos en nuestro reciente descubrimiento… 
Amar la vida es lo que necesitamos para que tras el “apagón” volvamos a dar al interruptor que nos lleve nuevamente al primer día en que pisamos esta Tierra, esta vez “sabiendo”. Para renacer no es necesario morir, solamente ser capaces de amar, y primero a uno mismo, los demás… a la par.



EN SILENCIO


En silencio pleno.
Siento,
permanezco,
vivo,
suspiro,
me alejo.
Más en mí, no me encuentro.

Buscando,
siendo,
sufriendo,
gozando.
Más  en ti,
me hallo.

Ascendiendo,
llegando,
permaneciendo,
desapareciendo.
Más en ti, estando.

Saltando,
gritando,
corriendo,
cayendo,
levantando.
Más en ti, alegrando.

En silencio pleno,
de tu vacío me lleno.

Fuente manando,
eternamente estando.
Más en ti, amando, amado.
Más en mí, amada, amando.




HIERBA MOJADA



Hay veces en la vida en que nos encontramos desnudos. Desnudos de recuerdos, proyectos… solos ante un instante que oculta cuando sabíamos o creíamos saber; los pilares se han hundido en arenas movedizas y aun así creemos estar vivos… Sentimos cómo palpita el corazón agitadamente intentando recobrar la calma que parece tan lejana y únicamente hace un instante estaba aquí. ¿Qué hacer, qué pensar, cuando te comunican que el final no es una posibilidad sino una certeza? En algún momento hemos podido desear acabar con todo, liberarnos de momentos de intensa angustia que parecen eternos… Pero, ¿y si nuestros deseos son escuchados y ponemos sin saberlo, en marcha, una maquinaria imparable?, ¿no querríamos volver atrás? Ya no se puede… Pero sí reconducir nuestro presente… Volver a amar la vida; el olor de una flor; la hierba mojada bajo nuestros pies descalzos empapándonos; mirar a quienes van de un lado a otro con prisas como si hubieran perdido algo. ¡Qué bello es vivir! Recuperar las ganas de levantarse por la mañana y escuchar ¡buenos días! acompañado de una sonrisa.
Hay noticias que parecen hundirnos y sin embargo puede que lleguen para que volvamos a sentir la vida y empaparnos de ella.
Mañana llegará, mas es ahora cuando todo puede cambiar y, quizás, la máquina se atasque por un tiempo más y, hoy, llegue a ser un gran día.



CALMA


Vientos cruzados creando tornados que arrasan cuanto encuentran a su paso.
El barco, pequeño, ante la inmensidad de las aguas, asciende y desciende al ritmo que marcan las olas. No hay capitán, sólo marineros acostumbrados a la mar, cada uno sabe qué hacer para a buen puerto llegar, y un pasajero asustado ante un funesto porvenir. ¡Ay, cuanto temor irracional! ¡Confía! Las voces no le dejan de manifestar. No importa lo que ves, sino lo que aún no distingues y sin embargo ya está, únicamente esperando que tus ojos, tu mente, nublados, puedan captar.

Calma, calma, en medio de la tempestad. Queda poco, sólo un poco más.



PURA ENERGÍA



¿Qué es pura energía?
Reflexiono sobre ello y "veo" que desde un lugar cualquiera del espacio observo cuanto me rodea: formas que se mueven, que vienen y van, como el sonido acorde de una sinfonía sin principio ni fin viajando de un lado a otro. Creo no tener forma porque soy Todo cuanto miro, pero me centro en un punto y soy lo que la "pura energía" está creando en ese instante: Tú.


LA LUZ Y LA CAVERNA



El maestro dialogaba con uno de sus discípulos que antaño ansiaba alcanzar la iluminación.
–Busca la luz y la luz te encontrará –le repetía una y otra vez–. Si deseas la iluminación vuelve a la caverna de donde saliste, habla a tus congéneres de la nueva percepción que has adquirido: la vista.
–Maestro, si mis ojos ya veían antes.
–¿Veías o creías ver? Tus ojos se acostumbraron a la oscuridad, aun así no eras capaz de percibir otros matices, faltaba luz. Tu vida era gris al igual que la de los demás. Ahora has visto colores que ni imaginabas en tus mejores sueños. Has visto una estrella brillar donde
nunca la buscaste, siempre mirando fuera lo que ya tenías dentro. Es ese sol el que en verdad ilumina la noche más oscura del alma, en la que estabas acompañado de… la soledad. Sólo contigo mismo, a oscuras, cansado de ver pasar ante ti toda una vida, todos los pensamientos, deseos, turbaciones… que nada han podido hacer por sacarte de tu aislamiento. Hastiado, has dejado a tu mente a un lado, la has serenado, silenciado. Y ahora, ¿nada, vacío? Has conseguido apartar tu mente pensante de ti, y sin embargo, ahí estabas ¡vivo! Cuando crees morir, dejas tu cuerpo, tu “pequeña” mente, pero tú ¡sigues! Ves tu antigua vestimenta deslucida y… ¿piensas? No tienes cerebro donde alojar los pensamientos y ¡ahí estás! Luz, ¡eres Luz! Vibras en una frecuencia que no imaginabas que existía…, como no imaginabas en la caverna que existían los colores. La Luz que ahora ya sabes que eres puede adoptar cualquier apariencia, vibrar en cualquier frecuencia. Puedes volver a la caverna y hablarles de la Luz que nunca deja de existir y que se transforma según la cualidad de tu ser. Puedes vivir largo tiempo en un infierno mental o, por otro lado, estar en el nirvana, de ti depende, de los límites que te creas.
–Ahora, Maestro, siento lo que nunca antes sentí: compasión.
–Es tu alma quien ve ahora. La caverna o el más excelso cielo que te acoja, ningún lugar te será extraño pues has sabido que la Luz lo es todo, incluso la oscuridad…, incluso tú. ¡Ah! Y no me llames Maestro, somos simplemente luz en la Luz. Ahora vuelve en tu cuerpo de Luz junto a quienes amas.




LA MONTAÑA



Cuanto más ascendía por la montaña, más tenía la sensación de ir hacia el interior, pero de qué. Miraba el imponente paisaje, montañas cuyas cumbres lucían nevadas, impolutas. ¿Quién podría sobrevivir en estas tierras?
Hacía largo tiempo que había iniciado este viaje, pero nada sale como uno desea, quizás algo en mí me guiaba, y yo, ya sin objetar nada, me dejaba llevar.
Cuando niño, uno imagina una vida de adulto donde todo está en orden, siguiendo las estelas dejadas por los antepasados, dando sólo un paso más en la supervivencia de la especie humana. Quizás no haya grandes pretensiones, salvo algún sueño que uno siente que nunca se hará realidad, un destino anodino. Pero en lo más profundo de mi ser algo se revela y se niega a aceptar tal existencia…
Casi sin darme cuenta me vi envuelto en una espiral de situaciones que derrumbaron mi estatus mental. Acontecimientos, que sin pretenderlos, me “hablaban” de otra realidad que convivía con ésta. No ha sido obra de un día ni dos, sino de años, décadas… Un hecho inexplicado llevaba, no a otro, sino a un “acoso y derribo” y cuando todo parecía volver a la estabilidad, vuelta a empezar. Ocurrían en días y fases lunares concretas, queriendo decir que hay una inteligencia tras ellos, que la casualidad nada tiene que ver en todo esto. Me negaba una y otra vez a encajarlo, de nada me servía.
De este modo emprendí un viaje precedido de un extraño sueño, en que mi muerte parecía ser  el eje central, me equivoqué…
Me llevó a rincones del planeta, que más bien eran mis propios “rincones”. Pude ver cara a cara toda la podredumbre que se escondía agazapada, esperando el momento propicio para ver la luz y apoderarse de ella. ¡La luz! ¡Qué palabra…! La luz que parecía guiarme se apagaba, de tal modo que durante un tiempo sólo percibía sombras, las mías. No me dejaban vivir en paz…, el mundo se había convertido en mi enemigo y luché contra él. Y éste me tragó.
Era necesario emprender este peregrinaje a la fuente pasando por las cloacas. Me resistía a vivir una agonía perpetua y saqué fuerzas de mi flaqueza. Supe el valor de la voluntad, había vivido demasiado tiempo sin conocerlo, guiado por fuerzas ajenas a mí, por la inercia de una civilización que vive su propia tribulación, que también era la mía.
Cuando toqué fondo, en la noche más oscura, en que mis propios demonios se presentaron cara a cara, antes ocultos tras una apariencia angelical, supe que iba a morir. Mi muerte fue sólo el comienzo. Un chasquido, un fogonazo de luz, hizo que todo cambiara… Un acto de voluntad… ¡la mía!, determinó el giro inesperado. Y las sombras desaparecieron como si nunca hubieran estado. Mi inconsciencia, mi existencia dormida estaba despertando a otra realidad y ésta estaba aquí, donde siempre estuvo.
Así es como me encontré ascendiendo a la cumbre de mi montaña interior.
Y en este paisaje, aparentemente inerte, supe que estaba y está lleno de vida. Esperas que la experiencia de la ascensión sea tan personal que en ella no haya nadie, quizás por la fuerza de la costumbre, de la “vieja costumbre”, pero no fue así. Ni siquiera iba sólo, pues otras y otros peregrinos estaban, un tiempo, como yo, caminando por estrechas sendas, y cuando éstas desaparecían, escalando con las propias manos, siempre con la mirada puesta, no en la cumbre, sino compartiendo con quienes estaban al lado, viviendo su propio ascenso, su metamorfosis. Ya no importaba el destino, el trayecto en la montaña se había transformado en el propio fin. De este modo experimenté en mí el renacimiento, me convertí en la misma montaña, me fusioné con ella y comprendí que estaba formada y habitada por quienes emprendieron su propio peregrinaje a la fuente tiempo atrás.
La Luz ilumina el interior de la montaña, fuera, en su cumbre, la nieve perpetua refleja los rayos del sol como un faro que nos guía en la noche oscura del alma. Tras ésta, hay un amanecer colmado de vida, la muerte ha quedado atrás.







EL ERMITAÑO


Después de una larga caminata llegó Bernardo a la cueva donde se encontraba el ermitaño. Llevaba consigo el alimento que éste necesitaba para dos semanas. Nadie más se acercaba allí, apartado de cualquier camino. Muy pocos conocían el acceso a este recóndito lugar, sólo los monjes del monasterio al que pertenecía sabían de su existencia.

 Desde la entrada se divisaba el valle. El Sol lucía en su cenit y el calor era agobiante. Gracias a los árboles que casi ocultaban el acceso se hacía soportable. Las rocas reflejaban el calor como si de fuego se tratase.


 El ermitaño se encontraba al fondo de la cueva, no era muy grande. La luz que entraba dibujaba la silueta del monje y dejaba intuir sus rasgos. Su calvicie y su larga barba le daban un aire de solemnidad. Vestía, si se puede decir así, un hábito pardo con  agujeros que debían de acompañarle durante ya largos años. Era de pequeña estatura. Sus ojos, redondos, permanecían casi ocultos tras la profunda oquedad en que se alojaban. Una leve sonrisa  dibujó al ver al joven monje.

–¿Cómo está, maestro? –preguntó Bernardo.

–Bien, –contestó el ermitaño–. Y no me llames maestro, soy como tú, un simple monje.

Aunque ambos eran parcos en palabras, se estableció un diálogo entre ellos. Al principio, Bernardo, le puso al día de la situación de la comunidad, sobre todo de las penurias económicas por las que atravesaba ésta, dado que sólo vivían de su esfuerzo y el campo últimamente no era muy generoso con ellos. Gracias al voto de pobreza que profesaban llevaban sin dificultad dicha situación.

 Bernardo le preguntó al ermitaño el porqué de su retiro, que ya le parecía muy prolongado en el tiempo, pues se encontraba en este lugar después de la última guerra que asoló el país, hacía ya quince años.

«Permanezco –le dijo el anciano–, en este lugar porque quería comprender el porqué del sufrimiento. Viví desde muy joven los golpes de la vida en mi cuerpo y en mi alma. Vi a mi familia destrozada por la codicia, la avaricia y la ambición; los malos tratos psíquicos que día a día vivía junto a mis hermanos y hermanas determinaron nuestro futuro, de estampida se podría calificar la salida de aquel infierno. Cada uno se salvó como pudo, las relaciones eran cada vez más esporádicas, quizás porque  nuestro subconsciente no quería despertar aquellos recuerdos que nos marcaron para siempre.

»Busqué infructuosamente respuestas satisfactorias. Nadie sabía responderme a una pregunta tan sencilla: ¿cuál es la causa de tanto sufrimiento? Hablé con filósofos, eruditos, líderes religiosos, pero ninguno supo responderme, se perdían en laberintos intelectuales sin salida. Y mirándoles a los ojos comprendí que no tenían una respuesta, la felicidad no estaba entre sus cualidades.

»Dialogué con obreros, estudiantes, madres, padres..., pero ellos estaban aún más sumidos en el sufrimiento.

»Así que, decidí retirarme. Mi búsqueda de la verdad me llevó un día al monasterio. No buscaba un lugar para esconderme, sino el recogimiento necesario para obtener una respuesta y así se lo propuse al abad del monasterio, él comprendió mi necesidad.

»Al principio me ocupaba de mantener limpio el monasterio. Todo el día con la escoba a cuestas y en la noche, en la soledad de mi celda, le pedía a Dios que me iluminara y lograra respuesta.

 »Un día me ofreció el abad la posibilidad de ir a una cueva por un corto periodo de tiempo. Y el tiempo se fue alargando… Yo le pedía seguir aquí y él accedió.»


Después de un largo silencio, Bernardo volvió a preguntarle:

–¿Encontraste la respuesta?

–¡Sí! –dijo el ermitaño, categórico.


Continuó:

«En la soledad y el silencio, en el frio y el calor, en el paso de las estaciones, en el canto de las aves, en el lento transcurrir de los días y las largas horas de la noche, en el contacto directo con la naturaleza… he ido apaciguando mi alma y mi cuerpo. Al principio mis deseos me perseguían con pesadillas, luchaba contra ellos y ese era mi error. Aprendí a no enfrentarme a ellos sino a verlos como un espectador va al teatro, transcurre la obra y después te vas, ahí se quedan. No son tuyos, no te pertenecen. Aprendes de lo visto y experimentado, eso es lo que queda y nada más.

»Aprendí el valor de lo que de verdad importa para subsistir. Supe que los deseos nos esclavizan o nos liberan, que todo dependía del enfoque que les dábamos y dónde nos situábamos nosotros ante el deseo. El deseo hace que desarrollemos la inteligencia pero para obtenerlo podemos poner en peligro la relación con aquello que nos rodea, el daño que podemos causar puede ser irreparable.

»El deseo y la inteligencia, dos instrumentos a nuestra disposición para progresar, pero no para ser sus esclavos. Dejarnos llevar por el deseo sin freno, nos convierte en seres neuróticos, sin control; cuando no son satisfechos hace que nos sintamos vacíos, sin vida, enfermos. Y morimos de insatisfacción. Y renacemos nuevamente, entrando en la rueda del deseo. El deseo nos ennoblece o nos envilece.

»El deseo más noble nos eleva como seres humanos y es aquel en que el otro está por delante de uno y en uno. Deja de ser un deseo para convertirse en una forma de vida. Ya no deseo nada para mí. He canalizado mis deseos y los he transformado en compasión, no en el sentido vulgar de apiadarme, sino de sentir con el otro, ser uno solo.

»Mi conciencia ya no me pertenece a mí sólo, sino que abarca a todo cuanto me rodea. Me importa lo que le ocurre a cualquier ser existente.»


 Bernardo estaba entusiasmado, pero una duda le asaltaba la mente: ¿cómo es posible amar al mundo viviendo en soledad? Y así se lo transmitió al ermitaño.

Él le miró y sonriendo, añadió:

«Al trascender mi ego, también trascendí mi cuerpo, estos ya no me limitaban. Mi conciencia se expandía cada vez más. Quiero decirte que los árboles y yo éramos uno, también los pájaros que cerca anidaban. Poco a poco fui abarcando más: el día, la noche, el espacio, no eran un obstáculo para mí. En la quietud y el silencio viajaba a través de mi cuerpo, que ya no era sólo este que ves, se expandía a toda la tierra; todo lo que en ella se encontraba era yo. Y me conocí. Y me hablaba en la noche, en la calle, en la oficina, en el colegio; oía los susurros del mundo que eran los míos; les aconsejaba… me aconsejaba; les ayudaba a percibir con claridad los  diferentes caminos a tomar, a distinguir el de su pequeño ego y el de todo su ser, mi ser.»


No tenía Bernardo palabras, su alma se llenaba de gozo ante la sabiduría que ante él tenía.


El ermitaño volvió a tomar la palabra:

–Ya es hora que deje este retiro, he de encontrarme con otros hermanos que he conocido hace poco tiempo.


–¿Bajas al monasterio? –preguntó Bernardo.


–No, estos hermanos están muy lejos, o demasiado cerca según lo enfoques. Hay mucho que hacer aún por ésta, tu Tierra, mi Tierra.


El cuerpo del ermitaño comenzó a iluminarse, parecía una explosión de colores y después un blanco intenso absorbió todos los colores. La luz se fue haciendo más tenue hasta que desapareció… y el ermitaño con ella.

 Bernardo quedó petrificado. En su mente escuchó: “No te equivoques, no estoy muerto y recuerda siempre: el amor es quien nos salvará de nosotros mismos. Hasta siempre, Bernardo”.

En silencio, comenzó a desandar el camino hacia el monasterio.



Dedicado a l@s inquiet@s




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